“Línea de fuego”

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Toda maestría oculta su dificultad, por eso parece tan fácil el salto de gacela que da la bailarina, o el pase lento y sereno que hace el matador, o la pincelada segura que traza el genio de la pintura. Igual sucede con Arturo Pérez-Reverte, con su prosa tan eficaz y cristalina que fluye y le permite al lector ver y oír y oler y sentir la acción.

Y en esta ocasión, qué acción es. Porque la novela es Línea de fuego, una obra magistral, monumental, de casi 700 páginas y docenas de personajes. El autor describe la batalla del Ebro, una de las más duras y sangrientas de la guerra civil española, entre nacionales y republicanos, que causó más de 20.000 muertos. Pero no: miento. No la describe. La presenta entera y sin adornos, sumergiendo al lector en plena carnicería, y esa es la primera de muchas virtudes que tiene la novela. Porque aquí el autor no ha enfocado la retaguardia, como han hecho otros de la guerra civil, sino el frente de combate: el drama humano que ocurre en la trinchera, revelando el terror, el odio, el calor, los mosquitos, la suciedad, la amistad, el ansia de sobrevivir y el deseo de venganza, todos los ingredientes brutalmente humanos de quienes luchan y mueren, precisamente, en la línea de fuego.

Ahí está la segunda virtud de la novela: la dimensión humana de los personajes, que prevalece sobre la política e ideológica. Albert Camus decía que una novela es una filosofía expresada en imágenes. Y en esta obra es admirable la destreza con la que el autor trenza la filosofía, las ideas, dentro de la acción. Ese es un reto para todo novelista: presentar las tesis sin que suenen a discurso forzado e impuesto, ajeno al relato. Aquí las ideas tienen peso corporal, alientan la sangre de los personajes y huelen a pólvora.

Otra virtud es la meta deliberada del novelista de evitar la posición maniquea de buenos y malos, de separar a los combatientes entre nobles y canallas. Muchos han caído en esa trampa, incluyendo a Hemingway, ofreciendo una visión parcializada de la realidad. Es propio de la inmadurez dividir el mundo en blanco y negro, pero con los años la realidad reluce más compleja y llena de matices. Aquí, cada vez que un soldado revela su pensamiento, lo hace de manera convincente. Persuasiva. El autor no toma partido por ninguno y a todos les da la misma validez, porque en esa guerra cada uno tenía su razón para estar ahí, matando y haciéndose matar, y en ambos bandos había santos y rufianes. Aquí el lector se encariña con todos los personajes principales, sin que importe su ideología, ni si son valientes o cobardes, o si son viejos curtidos o chicos menores, y sufre con su suerte. Son seres cercanos, entrañables, que conmueven, y uno se roe las uñas viendo cómo bordean la muerte a cada paso, a cada explosión y a cada balazo.

Hay pasajes graciosos y otros que humedecen los ojos, pero los que parten el corazón son aquellos en donde los enemigos hacen una pausa en la guerra y conversan, ya sea porque hay una civil que está a punto de dar a luz o porque los combatientes se topan por error en la oscuridad de la noche. Lo que hiere es aquella familiaridad, la manera como se hablan: las bromas y los dichos y las chanzas comunes, porque reflejan la misma cultura compartida, la misma idiosincrasia. Son todos españoles, y, en el fondo, hermanos. Sin duda eso fue lo más terrible de esta guerra. Que era una lucha a muerte entre compatriotas, gente del mismo país y hasta del mismo pueblo. Y que al morir, como dice uno, llaman a la madre en el mismo idioma.

Los actores son auténticos seres humanos. Se siente en cada página. En el asalto y en el bombardeo, y en el tiroteo a quemarropa, y en la bayoneta que ensarta y en los gritos de quienes luchan. Porque en esos instantes de pánico y cólera no importan las tesis, sino la urgencia de sobrevivir y la necesidad de defenderse. Los soldados no mueren con la República en la boca, dice uno. Eso recuerda lo que decía un soldado japonés que combatió en la Segunda Guerra Mundial: aunque en teoría luchaban por el emperador, a la hora de morir ninguno lo hacía invocando al soberano sino a la esposa, a la madre, al padre o al hijo. Igual sucede aquí.

En la guerra civil española hubo pocas mujeres en el frente, pero en esta novela aquellas sobresalen y combaten como leonas. El libro comienza incluso con las mujeres de su brigada cruzando el río Ebro en la noche del primer asalto. Su papel, a lo largo de la historia, es estremecedor. En la historia de amor que resulta más lacerante porque no se consume. En la fascinación del combate y luego en el terror y en el desengaño. En el valor de las jóvenes que se arrastran en tierra de nadie. Y en la duda política que surge del choque atroz con la violencia. Porque aquí todo suena real, como si el autor hubiera estado físicamente presente en cada escena, en cada discusión y en cada combate. Es claro que él ha utilizado muchas de las experiencias que vivió durante sus 21 años como reportero de guerra para darle textura, olor y color a lo que narra. Eso incluye las veces que vio a mujeres luchar y matar y morir en batalla. Pérez-Reverte acude a ello y a tanto más, y de veras deslumbra la abundancia del material, la información de equipos bélicos, de estrategia militar, el desplazamiento de tropa, y todas las historias que se cuentan. Aparte de la investigación, que fue honda y vasta, el autor incluye recuerdos familiares, historias escuchadas de niño, relatos de amigos y de otros que sufrieron la guerra. De ahí que cada página parezca respirar y latir con el pulso de las cosas vivas.

España libró la primera contienda entre dos visiones que aspiraban a tomarse el planeta: el fascismo y el comunismo. Este país fue el primer escenario de esa batalla que llegó a ser, al poco tiempo, mundial, con ambas tesis enfrascadas en una lucha a muerte, y aquello llevó a la gente más humilde a matarse entre sí, espoleada por esas ideologías opuestas y por sus propias cuentas pendientes, sus odios y pasiones, su pasado sangriento que la llevó a la trinchera. Ninguno llega inocente a la guerra. Ni siquiera los chicos. Todos arrastran su bagaje de sangre y dolor: el padre fusilado, la hermana violada, el hermano reventado en un bombardeo, el amigo caído en un combate previo. Es una espiral de recuerdos y rencores que los lleva a matar y hacerse matar. A matar a otros españoles.

Duele la inutilidad del sufrimiento. Los soldados ganan un terreno y luego lo pierden y lo vuelven a ganar. Hay un valor estratégico que motiva la lucha tras cada palmo de tierra, pero también prevalece una sensación de futilidad, pues cada avance y cada retroceso se logra mediante cientos de muertos y heridos. ¿De qué sirve semejante costo y horror? La triste respuesta es que esta guerra fue, como todas, un enorme desperdicio de vida y de futuro, de tierra bañada en sangre y poco más.

Lo cierto es que Arturo Pérez-Reverte es un fenómeno extraño en la narrativa actual: un clásico vivo. Miembro de la Real Academia Española y autor de incontables artículos de opinión y de 31 novelas, es, sin duda, prolífico (sólo un año antes publicó otra novela excepcional, Sidi), pero ante todo está dotado de un talento asombroso, porque cada novela muestra otra faceta de la condición humana. Línea de fuego también logra esa meta, y lo hace con frescura y una acción trepidante que parece vibrar y perdurar. Por eso, al cerrar el libro, aún se percibe el rumor de la batalla, y los gritos apagados de los soldados que luchan y mueren, y las gotas de sudor que resbalan por rostros tiznados de polvo, y la sangre que cae y moja la tierra pisoteada. Aquella hermosa y sufrida tierra española.

Octavio Paz señaló: “Los grandes libros —quiero decir: los libros necesarios— son aquellos que logran responder a las preguntas que, oscuramente y sin formularlas del todo, se hacen el resto de los hombres”. Eso hace esta novela. Responde a profundos interrogantes, tanto los de la nación como otros universales. España se merecía este hermoso y feroz espejo para saber y recordar cómo fue de verdad su guerra civil. Y la literatura se merecía esta obra maestra.

@JuanCarBotero

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