No es casualidad

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Según Ernesto Macías, Duque “gobierna con humildad y busca consensos”. Su trino me deja patidifuso. Dirá el lector que eso es culpa mía, pues seguir a Macías en Twitter —o en cualquier otra cosa, la verdad— no parece tan buena jugadita. Pero me toca, por razones profesionales.

¿Dónde estarán esos consensos? ¿En decir que no hay “correlación alguna” entre el día sin IVA y el aumento de los contagios? ¿En el nombramiento de Nancy Patricia Gutiérrez como consejera de Derechos Humanos?

Bueno, el caso de Nancy Patricia por lo menos revela claramente cómo toda esta cantidad de horrores que vemos en los noticieros no han ocurrido por casualidad. No es algo que nos haya pasado como un accidente o un tropezón. Veamos: la vieja denuncia que tiene Nancy por parapolítica proviene de la confesión de un expolicía, Luis Medina, alias Cristo Malo. Cristo Malo hizo su tránsito hacia las autodefensas gracias a una Convivir, las cooperativas de seguridad creadas por el Estado colombiano a mediados de los 90, que ofrecieron al paramilitarismo una legalización de facto y una estupenda herramienta de expansión. Lo bueno de todo el asunto es que el debate sobre la conveniencia de su creación fue público, y gracias a él sabemos que todas estas gentes que las promovieron incesantemente lo hacían con los ojos abiertos de par en par: sabían cuál sería la consecuencia de sus decisiones. No les importaba. O les gustaba. Algo así como cuando nombraron a Nancy Patricia consejera de Derechos Humanos, sólo que más en grande. Líderes del gremio ganadero y bananero, así como del establecimiento de seguridad: todos estaban a la vez enterados y entusiasmados. Ah, y se me olvidaba, políticos: incluyendo a Uribe —su más apasionado y agresivo defensor, pero claramente no el único—, bajo cuya gobernación prosperaron las Convivir paramilitarizadas.

Claro: no tengo, hasta que la justicia no se pronuncie, la menor posibilidad de saber si Nancy Patricia es culpable o no. Como diría temblando de emoción Duque, “no hay (aún) correlación alguna”. Lo que sí sé es que no tiene nada de consejera de los derechos humanos. ¿Sabe alguien qué o a quién ha defendido hasta ahora?

La estigmatización también ha sido práctica corriente entre nosotros. No me refiero a críticas. Claro, la intemperancia y la brutalidad verbal pueden venir de todos los lados: derecha, centro e izquierda. Pero aquí no se debe caer en las consabidas falsas equivalencias. Leo diariamente a muchos comentaristas conservadores o gobiernistas; algunos durísimos. Varios nunca traspasan el límite que separa el juicio, o incluso la denuncia, de la estigmatización.

Esta es diferente. Está ligada a la mentira y la exclusión. Piensen, verbigracia, en la afirmación que hizo Pinzón acerca de la Comisión de la Verdad. No la criticó. La calumnió. Afirmó que la mayoría de sus miembros “registran afinidad ideológica o nexos con grupos armados”. Su respuesta, bastante miserable, a los gentiles reproches que recibió por parte de la Comisión escamoteó el fondo del asunto. En efecto, nunca contestó a las siguientes preguntas simples: ¿tiene pruebas de lo que afirma? ¿Dónde están? ¿Sobre qué se basan sus dichos?

Este diario respondió en un excelente editorial al episodio, pero aun así vale la pena insistir en que ese tipo fue viceministro y después ministro de Defensa. ¿Se imaginan esa política de la verdad y de la evidencia tomando decisiones acerca de la vida y la muerte de los colombianos?

Algo análogo puede decirse de la Fiscalía de Catón-Cantinflas, y su sugerencia de que porque alguien estudia Derecho en la Universidad Nacional tiene que estar enteradísima de cómo funciona el Eln. La vicefiscal —es decir, la segunda de a bordo del “segundo cargo más importante del país”— negó que eso hubiera pasado, pero, no muy sorprendentemente, al parecer sí pasó.

No, no es casualidad. Es lo que tenemos. A ver si se puede cambiar.

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