Soñar con los pies sobre la tierra

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Dicen que Petro va ganando. Por supuesto: es una encuesta, es decir, una especie de fotografía de un momento específico. De acuerdo con esa instantánea, un 23% de los encuestados dijeron que votarían por el líder de la Colombia Humana si las elecciones fueran hoy.

En segundo lugar quedó Sergio Fajardo, con el 12% de aceptación.

Días antes de este sondeo, la periodista Vicky Dávila, en Semana, empleó a fondo toda su artillería de prejuicios, distorsiones y falsedades para enfrentar al exalcalde de Bogotá y, en su intento, se perdió una buena oportunidad para reflexionar sobre qué podría significar para Colombia el triunfo electoral del movimiento que lidera Petro.

De entre la espesa hojarasca de preguntas tendenciosas, hubo algunas frases que valen la pena destacar: “Nosotros lo que proponemos es el desarrollo de un capitalismo productivo”; “¿Cómo puedo ser una amenaza contra la democracia si no hay democracia?”; “si yo soy el presidente de Colombia mi justicia es la justicia de Colombia, no la justicia de otro tipo de poderes o intereses económicos”; “los impuestos tienen que ir hacia donde se está atesorando el dinero y el patrimonio de una manera no productiva, precisamente para desestimular ese atesoramiento”; “¿les vamos a quitar los bancos? No. Pero los bancos no pueden ser un sistema para chupar la economía real”.

Por estos días, en Twitter, Juana Afanador —quien ahora milita en el Polo Democrático— ha planteado el debate sobre una izquierda anticapitalista que supere la economía de mercado a través de la movilización de las fuerzas sociales. En un momento dado, trinó: “Es hora de que la izquierda colombiana asuma un debate serio sobre el anticapitalismo, sin miedo y sin eufemismos”. Me comuniqué con ella, por esa misma red social, y pregunté si había la posibilidad de desarrollar un proyecto de reformas sin distorsionar la economía de mercado o, por lo menos, sin que hubiera un sabotaje por parte de las fuerzas productivas.

Hablamos de la experiencia del chavismo —régimen al que considera “totalitario y autoritario”—, un hecho histórico que les abrió las compuertas de la democracia a unos sectores populares excluidos del famoso pacto de Punto Fijo entre los partidos tradicionales, que no tenía fecha de vencimiento y que había dejado por fuera a la izquierda de ese entonces (1958), cuando fue derrocado el dictador Marcos Pérez Jiménez. Es decir, era una especie de Frente Nacional, pero a perpetuidad.

Hugo Chávez llamó su proyecto “Socialismo del Siglo XXI”. Visto en retrospectiva, el exmilitar tuvo la actitud de quien se tomaba el poder por las armas, en la euforia de una revolución triunfante, y con la idea de desalojar, tarde o temprano, a la burguesía.

Lo segundo no sucedió; Chávez en varios momentos de su presidencia defendió la existencia de la propiedad privada, pero era evidente que buscaba someterla y reducirla, para darles cabida a formas colectivas de propiedad, siempre bajo la guía de un plan económico dirigido por el Estado. Por su parte, la clase dirigente derrotada por el chavismo no buscó recuperar el poder en las siguientes elecciones, sino “tumbar a Chávez”.

En ese proceso de radicalización (intentos de golpe de Estado, paros petroleros, sabotaje económico, expropiaciones como forma de represalia política, incremento del conflicto social, represión) se distorsionó cada vez más la economía de mercado, la oposición se abstuvo de participar en las elecciones de 2005 por falta de garantías (después de perder el referendo revocatorio en 2004, en el que alegó fraude electoral pero su denuncia no tuvo ninguna resonancia internacional) y el efecto de esa abstención se vivió en los diez años siguientes: el chavismo se volvió hegemónico, controló todas las instituciones del Estado, las cortes, la Fiscalía, la Asamblea, la autoridad electoral. La oposición obtuvo importantes victorias regionales, pero su poder fue menguado por decisiones del gobierno central.

Hoy, dada la deplorable situación de Venezuela, se podrían sacar en limpio algunas lecciones históricas que deja el chavismo: en esta era digital, con una economía interconectada segundo a segundo, con un mercado de capitales supersofisticado y poderoso, con gran capacidad de manipulación, cualquier proceso de reformas es un complejo juego de negociaciones; un triunfo electoral no significa la entronización de un caudillo y la utilización de las mayorías para tratar de apuntalar de manera indefinida su poder; es explosivo, irracional, pensar que la derrota política del adversario es también la pérdida de su poder económico; es antidemocrático concebir esa derrota como el inicio del desalojo de una clase del poder y su sometimiento a unas nuevas mayorías con un poder hegemónico.

Por supuesto que cuando Lula ganó en Brasil no sucedió lo mismo. No se concibió su triunfo electoral como la llegada al poder de un movimiento anticapitalista, dispuesto a imponer su proyecto al estilo del “patria o muerte”. Igual sucedió en Chile, con los gobiernos sucesivos de la Concertación o del Partido Socialista. También en Uruguay, con las presidencias del Frente Amplio. Y en El Salvador, con las victorias electorales del FMLN.

Esos países tienen algo en común: vivieron dictaduras feroces y el trauma de una guerra civil.

La experiencia de Colombia es muy parecida, así clasifique como democracia. Un partido de izquierda fue exterminado, siguen los asesinatos selectivos, la guerra no amaina y es factor perturbador, el Gobierno no se ha comprometido a fondo con el Acuerdo de Paz, la impunidad es rampante. Al igual que la corrupción.

Por eso creo que la discusión que propone Afanador es pertinente, pero a la luz de lo que ha sido la tormentosa experiencia de Latinoamérica. Al parecer, Petro tiene claro que se trata de modernizar el país, de actualizar su estructura productiva, de poner el Acuerdo de La Habana en función de esas aspiraciones populares que han sido frustradas en medio del plomo y la alteración de los procesos electorales a través de los dineros del narcotráfico y la compra de votos.

En Colombia la utopía es muy sencilla: sepultar los vestigios de la Colonia, zanjar nuestras diferencias sin acudir a los fierros, dejarles un futuro digno a nuestros hijos y un medio ambiente sustentable. Los devaneos ideológicos, convertidos en pugnas políticas y hasta personales, forman parte de la patria boba de la izquierda de los años 70. Pensaría uno que tanta ignominia debería servir para soñar, pero con los pies sobre la tierra.

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