Permítanme irme al carajo: la llegada del COVID-19 funciona como metáfora de un meteorito que mañana viajará tan cerca de la tierra, que el peligro de desaparición para la especie humana nos tendrá en vilo frente al televisor (sí, estamos tan mal que hemos vuelto a la pantalla chica y nos hemos dado cuenta de que podemos prescindir del fútbol).
Por supuesto que la posibilidad de morir destruidos por una bola de fuego no es igual al COVID-19. Sin embargo, los dos abismos dejan sobre la mesa varios interrogantes. Me quiero pegar a uno: ¿vale la pena traer hijos a un mundo pandémico?
El coronavirus es quizás el nivel más duro del videojuego que protagonizamos. La humanidad se incendió en las guerras mundiales y, poniendo el cursor en nuestro país, Colombia ha salido herida de los carteles del narcotráfico, la corrupción de los clanes políticos y el conflicto armado. Sin embargo, la reflexión está a la orden del día. La amenaza del COVID-19 no discrimina entre ricos y pobres. Si le sumamos la calidad del aire, la (in)cultura ciudadana y la fragilidad de las democracias para combatir la desigualdad, una conclusión se escribe sola sobre vidrio empañado.
Es prematuro pronosticar los bebés que nacerán producto de la cuarentena que atravesamos. Sin individualizar cada nacimiento, resulta paradójico que un espermatozoide y un óvulo se junten en un presente que es un espejo de lo que vemos en algunas series de Netflix (También le puede interesar ¿Dejar de traer hijos al mundo sirve para detener el daño ambiental?).
La cuestión ya no es criar hijos responsables con el medio ambiente. Podrán venir en los próximos cien años muchísimas Greta Thunberg, pero el techo está agujereado y es muy difícil tapar los orificios.
Un mundo de caras cubiertas, gel antibacterial y de horarios para salir a mercar y hacer ejercicio es la herencia que nos repartimos entre los que no elegimos nacer y los que irresponsablemente están por llegar.