Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Vieja noticia: alerta naranja

La más vieja de las nuevas noticias: la calidad del aire de Bogotá es pésima y sigue empeorando. Así es y antes a nadie parecía importarle. Esta alerta naranja empieza a movilizar opinión y ahora sí se habla de organizar una marcha para defender la vida y exigir el derecho a un ambiente sano. Cuando propuse en mi columna “Descontaminación: ¡Medellín y Cali sí, Bogotá no!” que nos movilizáramos para reclamar por un ambiente sano y rescatar nuestra salud, nadie se manifestó. Ahora ya me han escrito proponiendo que nos organicemos para presionar la salida de los viejos buses diésel del SITP y su reemplazo por eléctricos, restringir las motocicletas a gasolina y pasar a eléctricas, y poner un impuesto a los autos privados según el tamaño del motor.

Mientras Bogotá padecía en silencio, los paisas, quienes ciegamente y por regionalismo apoyan manejos como el de Hidroituango, reconocían la contaminación atmosférica en Medellín. Publicaron los altos índices de contaminación que todos veían, pero nadie comentaba. La verdad es inocultable y Medellín pasó oficialmente a ser la ciudad más contaminada de Colombia. Esta herejía empezó a afectarla como capital nacional del turismo; ahora muchos evitan Medellín. Lamentablemente, los productores de motocicletas —financiadores de autoridades públicas— impiden que se tomen medidas contundentes para poner fecha límite al ingreso de motocicletas a gasolina.

En Bogotá, el problema es la precaria administración de la ciudad, que viene de mal en peor. Samuel Moreno eternizó los viejos buses del llamado transporte provisional SITP; Petro no hizo nada para renovar los buses de Transmilenio y abandonó el sistema; Peñalosa los renovará con una tecnología obsoleta en Europa, que está condenada al fracaso en Bogotá debido a la mala calidad del diésel y porque estamos a 2.600 metros de altura, lo cual hace que su combustión sea mucho menos eficiente.

No le creemos a Planeación Nacional (2015) ni al Banco Mundial (2016) cuando nos alertan sobre las muertes por contaminación —“El taxista camino a la muerte”—. También ignoramos el informe publicado por el Instituto Nacional de Salud (2019) —“Morimos contaminados y tranquilos”—: dejamos que la muerte nos aceche, indiferentes ante la violación de las normas ambientales. Los informes, como mis artículos, son reiterativos. Pero solo el despliegue de información, tras esta alerta naranja, nos hace conscientes de la necesidad de tomar medidas. Medidas costosas a corto plazo, pero baratas si las comparamos con no hacer nada. Si no hacemos nada, el costo es mayor y lo pagamos todos con la vida, no solo con gripas y días perdidos.

La ciudad tiene múltiples necesidades, pero la calidad del aire requiere especial cuidado. Las medidas del fin de semana son medidas a corto plazo que era necesario tomar, pero distan mucho de ser efectivas a largo plazo. Para evitar más muertes, debemos mejorar la calidad del diésel, mejorar el transporte público, suspender progresivamente autos y buses diésel, controlar las emisiones en las fábricas, migrar a motocicletas y autos eléctricos, poner un alto impuesto a los autos particulares de gran cilindrada y aumentar los árboles y zonas verdes. Presionemos para que ésta y la próxima administración tomen medidas. ¡Fijémonos en a quién elegimos!

 

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