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El proceso fue rápido y casi inesperado. La embajada de Colombia en Caracas está ocupada por el embajador Armando Benedetti y en Bogotá ya el embajador Félix Plasencia cumplió los trámites para acreditarse como representante diplomático de Venezuela en Colombia. Las sedes diplomáticas están abiertas y ya hay una lista de consulados que se abrirán en el lado venezolano. El gobierno de Gustavo Petro, en una palabra, cambió la postura de su antecesor y reconoció al gobierno de Nicolás Maduro. Una movida diplomática contundente y rápida. (Recomendamos leer más columnas de Rodrigo Pardo).
Y, al parecer, bien recibida. La larga ruptura entre Bogotá y Caracas en momentos críticos en las relaciones internacionales –los efectos de la pandemia, la invasión rusa a Ucrania– y las dificultades en América Latina –parálisis de las instituciones multilaterales, ruptura de consensos, debilidad de los mecanismos democráticos– componen un momento complejo. Uno de esos en los que se necesitan más –en vez de menos– instrumentos de diálogo, concertación, cooperación. El asunto va más allá de las ideologías de los gobernantes. Se trata de la construcción de mecanismos mínimos de cooperación y entendimiento para hacerles frente a los momentos difíciles. Y los de hoy lo son: ¿quién puede dudarlo?
No se trata, entonces, de una versión revivida de la historia del “nuevo mejor amigo”, como bautizó el expresidente Santos a Hugo Chávez en otro momento difícil, sino de un reconocimiento a que los mecanismos de entendimiento siembre son útiles –y deberían ser bienvenidos–, en especial en momentos de dificultades en el plano internacional. Como el actual: hay preocupaciones en el nivel global y una suerte de parálisis –o reducción en el ritmo– de la cooperación regional. No es alentador, pues, el panorama regional y tampoco lo es el del plano bilateral colombo-venezolano, a pesar de la voluntad de cooperación que mostraron, la semana pasada, los presidentes Petro y Maduro.
¿Y la democracia? Se preguntan los críticos que ayer preferían una relación más distante entre los gobiernos o un Juan Guaidó cercano. Y el punto es que la construcción de fórmulas de cooperación –de acuerdo con fórmulas aprendidas en el pasado– debe separar el tratamiento de las fórmulas de cooperación. El continente tiene mecanismos de construcción de democracia que son válidos y que deberían mantenerse en planos y mecanismos multilaterales. Y debe mantener los lazos bilaterales sobre temas que afectan a cada pareja de naciones. La lista es larga e importante: migraciones, seguridad fronteriza, comercio ilegal, crimen transnacional. Para no hablar de otra “agenda positiva” –combate de grupos y fenómenos ilegales, paz en las fronteras, protección del los recursos ambientales…– que bajo una situación de incomunicación como la de los últimos años quedan peligrosamente a la deriva. O, mejor dicho, en el olvido. Lo que se abre ahora es una posibilidad de reconstruir dos agendas –bilateral y multilateral– de una enorme riqueza para los dos países y de una notoria complementación mutua.
Porque al lado de la “nueva agenda” hay puntos de las relaciones tradicionales que requieren trabajo coordinado o, en algunos casos incluso, estrategias conjuntas. Conviene evitar exageraciones, como sería por ejemplo la intención de revivir la imagen del “nuevo mejor amigo”, que Juan Manuel Santos acuñó en los inicios de su presidencia. Pero recordar el pasado es un instrumento que suele servir para evitar la repetición de errores y para la promoción de fórmulas nuevas.
Porque lo ocurrido no se debe, exclusivamente, al cambio de visión entre Gustavo Petro e Iván Duque. De hecho, que el cambio de gobierno en uno de los dos países sirva de escenario para restablecer relaciones ya había ocurrido: Virgilio Barco y Carlos Andrés Pérez, después de la crisis de la corbeta Caldas, pusieron en marcha nuevos instrumentos de entendimiento y trabajo conjunto que rindieron frutos.
La última crisis, que está terminando, ha sido la más prolongada que se recuerde. La coyuntura es propicia para volver a poner de presente el valor estratégico de estas relaciones bilaterales y la significativa importancia que tienen para ciudadanos a lado y lado de la frontera. Para ese “tercer país” del que hablaba Arturo Uslar Pietri.
Venezuela es una contraparte especial para Colombia por la longitud de su frontera, su población y lo que significa para la economía. También, por la urgencia de reemplazar mecanismos de potencial conflicto por fórmulas de trabajo conjunto en esa nueva agenda compuesta por asuntos de la importancia de la seguridad, el comercio fronterizo, la migración y los derechos humanos.
Se abre, en fin, un periodo nuevo con oportunidades que no se veían en varios años de ruptura. Desde luego, también hay –y habrá– problemas complejos. Pero si algo deja en claro la experiencia es que cuando hay dificultades en el plano bilateral conviene reforzar –en vez de mermar– los canales de la diplomacia.
* Periodista y excanciller de Colombia.