3 Feb 2021 - 2:08 a. m.

“Cambié de partido solo una vez”: Roy Barreras

El senador y precandidato presidencial habla de su trasegar político, sus inicios en la política, su respaldo al Nuevo Liberalismo, su llegada a la U y su lucha incondicional a la paz de la mano de Juan Manuel Santos.

¿Cómo un médico termina inmerso en el mundo de la política?

Mi padre fue anestesiólogo y yo trabajé 23 años ejerciendo la medicina. Solo hasta 2006 llegué al Congreso y me cambió la vida, porque tuve que dejar mi profesión, que extraño todos los días. Lo hice con la convicción de que otra manera de salvar vidas era parar la guerra. Había conocido a Juan Manuel Santos muchos años atrás en la Fundación Buen Gobierno y supe de su deseo de construir un proceso de paz y acepté la invitación de ir al Congreso a ayudarlo.

Y me eligieron, con una votación de opinión un poco inédita y llegué a hacer la tarea que hoy, después de 14 años, marcó la creación de la Ley de Víctimas, el marco para la paz, las negociaciones de La Habana (Cuba) y lo que hemos podido hacer en la defensa de la solución dialogada de los conflictos. Confieso que extraño mis pacientes todos los días, varios de ellos colegas suyos.

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¿Cómo fueron esos inicios? Usted hacía parte de las juventudes galanistas...

En la juventud, estando en el último año de bachillerato en el Instituto de La Salle, que hoy es la Universidad de La Salle, los hermanos cristianos invitaron a la clausura a un exalumno: el expresidente Carlos Lleras Restrepo. Y yo tuve el honor de hacer el discurso final de mi generación y algo le llamó la atención a él. Me llamó, yo tenía 16 años, y me dijo: ‘Tome esta tarjetica, busque a esta persona’ y era Luis Carlos Galán. Eso fue en 1980.

Cuando conocí a Galán, que era el ícono de mi generación, quedé absolutamente prendado de su carisma y de su testimonio. Lo acompañé hasta que lo mató la mafia, en el 89. Para esa época yo estaba ejerciendo la medicina y simplemente era un simpatizante del Nuevo Liberalismo.

¿En qué momento decide dejar de ser simpatizante y lanzarse por un puesto de elección popular?

El Nuevo Liberalismo, después del asesinato de Galán, por invitación de Augusto Galán Sarmiento y Alfonso Valdivieso Sarmiento, se transmutó en lo que se llamó en ese momento Cambio Radical, que no tenía nada que ver con Germán Vargas Lleras. Yo estuve en el acto fundacional del Nuevo Liberalismo, en el teatro La Comedia en Bogotá. Perfectamente habríamos podido buscar un sitio mejor para fundar Cambio Radical.

Pero en las listas de Cambio Radical siempre incluían, en las distintas regiones, personas de opinión. Yo, por ejemplo, fui fórmula a la Cámara de Claudia Blum, que había sido concejal del Nuevo Liberalismo. Pero no fui elegido porque no tenía ninguna estructura, simplemente prestaba mi nombre porque había algún prestigio médico y era conocido.

Pero en 2006, en las listas de Cambio Radical, hubo un cambio en las reglas de juego con la cifra repartidora y me inscribí para ser uno más, sabiendo que no me elegían y teniendo a las 7:00 de la mañana del día siguiente programada sala de cirugía con mis pacientes. No tenía ninguna expectativa de ser elegido, pero el cambio de las reglas de juego y una votación muy copiosa que tuvo quien fuera el primer renglón de esa lista, el hoy senador Carlos Fernando Motoa, me eligió. El padre de él era alcalde de Palmira y sacó una votación enorme y arrastró a dos personas, entre ellas yo.

De la noche a la mañana terminé en el dilema de tener que abandonar mi clínica y mi profesión, e ir a asumir la responsabilidad en el Congreso. Traté de no cerrar la clínica, pero lo tuve que hacer. Me dediqué con alma, vida y sombrero a este trabajo de la construcción de paz. Desde entonces estoy en la actividad política. Esa es la versión corta.

Hay una más corta todavía. A mí me pasó lo que le pasó a Gregor Samsa, que una mañana, después de un sueño intranquilo, amaneció convertido en un enorme insecto, que es la metamorfosis. Yo era un médico muy prestigioso y una mañana amanecí convertido en político. De esa circunstancia no escapa nadie, es un compromiso irreversible y después de estos 14 años de acompañar a Santos, estamos en el presente en la construcción de una consulta.

Siendo un médico exitoso, como reconoce, ¿en qué momento lo pica el bichito de la política?

Cuando conocí a Galán. Yo era solo un simpatizante, pero siempre participé en las listas del Nuevo Liberalismo. Incluso, fui fórmula de Claudia Blum. En 2006 el cambio de las reglas de juego hizo que esa participación que era simbólica se volviera una curul real y tuve que asumir esta responsabilidad.

Arrancó en el 92 aspirando al Concejo de Cali...

Siempre en las listas. Fui candidato seis veces. Cada vez que había una elección en las listas de mi partido, que era el Nuevo Liberalismo, y luego Cambio Radical, fui candidato. Nunca fui elegido porque era una representación simbólica. No tenía estructura, ni concejales, ni alcaldes... aún no tengo, pero en esa época menos, porque era un desconocido. Solo tenía una votación en Cali, que era de opinión: 15.000 o 20.000 votos que siempre fueron insuficientes. Solo en 2006 fueron suficientes.

Hay una anécdota que la gente no conoce y que hablo poco de ella, porque me parece poco importante, pero las bodeguitas uribistas se han encargado de destruir la imagen de todo aquel que se atreva a contradecirlos. Y una de las cosas en las que han mentido repetidamente, hasta el punto de que se volvió una “verdad”, es que yo voté por Álvaro Uribe.

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En el 98 estábamos en la fórmula con Claudia Blum, que era del Nuevo Liberalismo (no era de derecha, como ahora). Y en el 2001, un paciente mío, Gustavo Saavedra Barberena –un industrial muy importante en el Valle del Cauca– me pidió que recibiera un amigo de él, que era el exgobernador Álvaro Uribe en mi clínica, con mis enfermos, mis médicos y todo el personal. Lo recibí para escucharlo y esa reunión, que era muy pequeña (30 personas del personal médico), sirvió como testigo para decirle ‘yo no voy a votar por usted, gobernador Uribe. Bienvenido a mi clínica, pero yo tengo muchas dudas sobre sus relaciones con Pedro Juan Moreno’. Esa fue mi primera conversación con Uribe, que es pública y hay 30 testigos. Por supuesto terminó muy mal.

Yo no acompañé a Uribe, sino que acudí a la invitación de un empresario muy importante, que se llama Carlos Arcesio Paz, que hoy es parte de la plataforma Defendamos la Paz. En ese momento era el presidente de Harinera del Valle y le hicimos campaña a Noemí Sanín contra Uribe en 2002. Pero ganó Uribe y no es cierto que yo haya votado por él.

Cuando me eligen representante a la Cámara en las circunstancias que comenté en 2006, me encuentro a Uribe ya presidente, pero además con la expectativa de que Juan Manuel Santos, a quien sí conocía, iba a ser ministro de Defensa y sabía cuál era el plan de él. De manera que me apliqué a ayudar a abrir espacio para Santos y luego para la paz. Aquí estoy, 14 años después, defendiendo la paz y el legado de Santos sin ninguna duda y sin ningún temor. Orgullosamente defiendo el legado de Santos y orgullosamente puedo decir que soy santista.

Luego de intentar lanzarse por el Nuevo Liberalismo, también apuesta por un movimiento que se llama Nuevo Liderazgo, que encabezaba el exgobernador Mauricio Guzmán...

Pero era el mismo Nuevo Liberalismo. Mauricio Guzmán fue concejal del Nuevo Liberalismo, militó con Luis Carlos Galán y su organización se llamaba Nuevo Liderazgo, pero era parte del Nuevo Liberalismo. Es como cuando en el Partido Liberal la organización de Horacio Serpa se llamaba Fila, pero era el Partido Liberal. Esto era el Nuevo Liberalismo.

Cuando matan a Galán, Gaviria recoge las banderas y nombra a Mauricio Guzmán gobernador del Valle del Cauca. Ahí se acabó el ejercicio político de él, por circunstancias penosas que el país conoció después a propósito del proceso 8.000. Pero era la misma militancia de Claudia Blum, la mía o la de Fernando Corrales, que fue director de la Aeronáutica Civil y lo mató la mafia.

¿Y Alternativa Liberal Popular, con la que intentó en 1994, también era una facción del Nuevo Liberalismo?

No, Alternativa Liberal Popular era uno de los sectores del Partido Liberal samperista y oficialista. Quienes veníamos del Nuevo Liberalismo, tras la muerte de Galán, seguimos a César Gaviria, porque Juan Manuel Galán lo nombró su heredero. Y elegido Gaviria presidente visitamos, como juventudes del Nuevo Liberalismo, al mandatario en el Salón Obregón. Éramos unos muchachos y nos dijo: ‘obviamente yo no puedo hacer política, pero si quieren continuar en esta misma línea busquen a un señor que se llama Humberto de la Calle’.

Él nos recibió en una oficina del banco Caldas y desde entonces comenzamos a acompañar a de la Calle, que era un poco el heredero de esa misma línea, con Arturo Sarabia Better, que también venía del Nuevo Liberalismo. De la Calle compitió contra Samper por la Presidencia y perdió. Y aceptó luego la Vicepresidencia. En esos acuerdos políticos él exigió que en las listas liberales, para que se uniera el liberalismo oficialista con el sector que venía del Nuevo Liberalismo, hubiera en cada departamento un delegado de él y el único en Valle era yo. Por eso terminé de suplente en la lista oficialista. En esa época se podía, porque ya no existen los suplentes.

Alternativa Liberal Popular era el nombre del principal de esa lista, que era samperista. Yo era el delacallista de la lista. Era de la tradición de la Calle, Gaviria, Galán, hacia atrás, y como eso (ser suplente) podía ocurrir durante muy breves periodos, un par de meses en el año 1995 y otros en 1996-1997, el principal me dejó entrar y fui suplente.

El principal era José Arlén Carvajal...

Un gran señor, creo que debe estar jubilado. Él me dejó entrar y tuve mis primeros pinitos como representante a la Cámara y me estrené haciendo una feroz oposición a Ernesto Samper por el proceso 8.000. Veníamos de una tradición de lucha contra la mafia y no podíamos entender que un gobierno estuviera financiado por el narcotráfico. Hicimos una oposición de la mano de Íngrid Betancourt, Santiago Castro (hasta hace poco presidente de Asobancaria) y algún otro. Éramos muy poquitos.

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Y los dirigentes conservadores Enrique Gómez y Rodrigo Lloreda también…

No, pero tal vez estaban en el Senado. Yo estoy hablando de la Cámara, los que yo conocí. Eran esos. Y estaba también un representante bogotano que dormía en un ataúd, era un personaje pintoresco. Esos éramos. Pero ese fue mi paso fugaz como suplente en la oposición a Samper con el proceso 8.000.

Luego volví a mi consultorio médico. En el 98 volví a inscribirme en la lista y ahí fue cuando fui fórmula con Claudia Blum. Ella fue elegida, yo no. Los votos no me alcanzaron. En el 2002 hicimos campaña con Noemí Sanín. De nuevo me inscribí, como hacía siempre. Tampoco salí elegido, pero le ayudé a Noemí con esa elección.

Olvidé preguntarle algo antes de todo ese pasado liberal y es, ¿qué opinaba su papá, también médico, de que usted estuviera en política?

Una precisión: fue un pasado de formación liberal en el sentido demoliberal y de creer en el humanismo, en el enciclopedismo, con las ideas liberales de la revolución francesa, incluso con el liberalismo económico, pero no con el Partido Liberal. Soy médico, pero también sociólogo y tengo una maestría en literatura. He tenido una formación humanística.

Cada una de mis apariciones, incluyendo la de suplente, fue en representación del Nuevo Liberalismo o Cambio Radical, que era su heredero. De la Calle fue simplemente una persona que recogió esas banderas. Nunca fui militante oficialmente del Partido Liberal, ni siquiera cuando Galán hizo la unión con el oficialismo liberal y compitió en la consulta con Santofimio. Nosotros teníamos claro que éramos un sector aparte, que se caracterizaba por la lucha contra las mafias.

Ahora sí le contesto. Mi padre era norteamericano, nació en Nueva York, nunca se nacionalizó colombiano. Toda la vida fue norteamericano y era republicano, un hombre muy de derecha. Nada que ver con la política. Fue jefe de anestesia y cirugía toda su vida hasta que murió. Pero sin duda estaba en desacuerdo con mis ideas. Él hubiera votado por Trump y hubiera sido hoy un buen republicano si estuviera vivo. Y no votó nunca además. Era exclusivamente un médico anestesiólogo.

Me prohibía hacer política, al punto que cuando comencé a estudiar filosofía, en la Universidad Santo Tomás y al tiempo con medicina, tenía que hacerlo a escondidas. Tenía 17 o 18 años y alguna vez mi padre me sorprendió leyendo un texto de Spinoza y tiró el texto por la ventana. Me dijo que yo ya sabía toda la medicina que tenía que saber.

Siempre conté con su oposición y simplemente la convicción de que se podía salvar vidas de otra manera fue la que me hizo mantener en la vida pública, hasta volverme militante. Como médico me formaron para salvar vidas, muchos años trabajé en servicios de urgencias, y por supuesto, entre recibir a los pacientes traumáticos (o politraumatizados, como se llama en medicina) y tratar de evitar que los hieran en la guerra, parece más eficaz parar la guerra y por eso trabajamos en ese asunto siempre, siempre.

Inclusive, durante el gobierno Uribe, estando yo en la bancada de gobierno, porque cuando aterricé en 2006 en el Congreso, el nuevo jefe era Vargas Lleras, que no tenía nada que ver con Galán en ese momento, ni con el Nuevo Liberalismo. Venía de ser samperista, oficialista y serpista, y en su juventud, por ser nieto de Carlos Lleras, había sido secretario privado de Galán. 20 años después terminó de presidente de Cambio Radical. Nunca nos simpatizamos mutuamente, al punto que meses después me expulsó del partido. Y estaba Santos, que me recogió en el Partido de la U, y desde entonces, desde eso 14 años, estoy acompañando a Santos.

Si no hubiera sido por la oposición de su padre, ¿habría tomado otra carrera diferente a la medicina?

No, probablemente si yo no hubiera conocido a Galán en mi adolescencia, que fue lo que me llamó poderosamente la atención, seguiría en mi clínica atendiendo a mis pacientes. Durante 23 años fui muy feliz y era un oficio absolutamente grato, además era medicina privada y particular. Hacíamos medicina alternativa, manejábamos pacientes con dolor crónico (cáncer o enfermedades reumáticas), y aliviar el dolor es algo muy satisfactorio. Era otra vida.

Volviendo a la faceta de representante suplente, usted obtuvo reconocimiento por la oposición al gobierno Samper. Si bien usted ya explicó que no era militante del Partido Liberal, sí estaba en representación de una curul liberal y venía de este pasado liberal...

Para ser fieles a los orígenes mi abuelo fue un campesino liberal, Tito Montealegre, a quien mataron en 1949 (un año después de la muerte de Gaitán), y mi madre fue liberal, como la mitad de los colombianos y de los campesinos liberales. Por mi lado materno soy nieto-hijo de campesinos liberales. De manera que había una tradición liberal.

Todavía me sorprende que el dueño de la curul, el congresista principal, haya tolerado la insolencia de un muchacho que tenía 30 años en esa época y que se atrevía a hacerle oposición a su presidente, que era Samper.

¿Cómo lo miraban usted siendo liberal?

Muchas veces me pidieron el favor de que no fuera tan duro contra Samper por el proceso 8.000, pero no podía ser de otra manera. Yo venía de la tradición de Luis Carlos Galán, de enfrentar al narcotráfico, que era y es una maldición que todo lo destruye. Nosotros habíamos visto morir, y seguimos viendo, a centenares de personas por cuenta de los sicarios del narcotráfico. Y habíamos visto morir a Galán y a Rodrigo Lara. Por supuesto cuando nos dijeron que el narcotráfico había financiado la campaña de Samper teníamos que oponernos a eso, que significaba la destrucción de lo que en sociología llamamos el imaginario político. Es decir, la gente tiene que tener en su imaginación y su mente la certeza de que existe el Estado de derecho y que hay una ley que todos respetamos. Cuando eso se destruye porque el que representa la ley está financiado por el narcotráfico el Estado se diluye y se disuelve, y los criminales gobiernan.

Después de 27 años, estamos en la misma circunstancia. El primer día de la posesión de Iván Duque el invitado es el Ñeñe Hernández y después empiezan a conocerse las relaciones del narcotráfico con la vicepresidenta, con el hermano de la vicepresidenta, el nombramiento del hijo de Jorge 40 pasados 20 años de la masacre de El Salado, y ahora el uribismo recolectando todos los clanes, gamonalatos y viejos partidos, sin importar si la mayoría de ellos tienen vínculos con el narcotráfico o con personas condenadas por parapolítica, o por narcotráfico directamente.

Eso implica que, igual que en el 95, no puedo hacer otra cosa que oponerme a un régimen de narcotráfico que destruye el imaginario político y hace ilegítimo el ejercicio del poder, disuelve el Estado de derecho y logra que los grupos criminales controlen el territorio, como lo hacía Pablo Escobar en su momento y como ahora lo hacen el Clan Nueva Generación Jalisco, el Cartel de Sinaloa, el Clan del Golfo o las disidencias de Gentil Duarte (que también son una organización mafiosa). El Estado está completamente ausente, porque ese narcotráfico penetra los agentes del Estado. Lo penetró en el proceso 8.000, vergonzoso. Lo penetró en el gobierno de Iván Duque, vergonzoso. Y lo penetra en el territorio. Todos los días mueren personas.

Recientemente denuncié el asesinato de dos jóvenes, hay dos desaparecidos y uno sobreviviente, en el río Patía. De lo que estamos hablando es de un régimen que permite que mueran personas o que es cómplice de los asesinatos. Esta semana fueron encontrados sin vida otros cinco jóvenes, que iban de El Bordó hasta Policarpa, en Nariño. Muchachos de 17 o 18 años. Fueron asesinados ocho en Samaniego. Cinco en Llanoverde. En Buga mataron cinco muchachos hace cinco días, en una fiesta, en una finca. Muchachos de 17 y 18 años en vendettas del narcotráfico, porque no hay Estado. Tenemos la obligación moral e histórica de oponernos a este régimen, y derrotarlo en 2022. No es una circunstancia pasajera. Es una cosa con una tradición y una historia.

¿En las elecciones del 94 votó por Samper, precisamente por ser el candidato liberal?

Recuerdo que los jóvenes del Nuevo Liberalismo entonces y para ese momento (algunos que no se conocen a nivel nacional, pero recuerdo uno que era Germán Jaramillo López, que fue presidente del Comité Intergremial en Cali), nos reunimos en una cafetería cerca del Hotel Tequendama, donde era la famosa convención de unificación del Partido Liberal, y recibimos la noticia de que de la Calle había aceptado la Presidencia.

Creíamos, y creemos hoy, 25 años después, en la integridad moral de Humberto de la Calle, que es un gran colombiano, pero no nos alcanzó esa convicción para ir a votar por Ernesto Samper. Al contrario, empezamos a conspirar al otro día. Nos llamaban “Los Conspiretas”. Y debo confesar que, entre otros, estaban quienes después empezamos a encontrarnos alrededor de una candidatura presidencial que fue la de Alfonso Valdivieso Sarmiento. No podíamos concebir que eso ocurriera.

Recuerde que los narcocasetes se conocieron por Andrés Pastrana, sino el día antes, dos días antes de la elección. De manera que cuando de la Calle aceptó la nominación, nosotros, ni él, nadie sabía del escándalo. Pero para el día de la elección ya era el rumor muy fuerte. El primer día del gobierno Samper fue el primer día de oposición.

Entre otras cosas, debo decir que fue lamentable para la política social colombiana, porque el equipo de Samper era excelente y socialdemócrata. De él hacían parte personas de altísimo nivel como Rafael Pardo, Rodrigo Pardo, Guillermo Perry, José Antonio Ocampo o Mauricio Cabrera. Personas capaces de construir un buen gobierno. Pero la sombra de esa financiación para nosotros era suficiente para hacerle oposición.

¿Y pasados 30 años sigue convencido de que el presidente Samper tuvo una responsabilidad en ello?

No, yo era un muchacho de 28 o 29 años, y mal podría tener certeza de lo que ocurrió. Conozco lo que conocen todos los colombianos y lo que confesó Fernando Botero. He visto a lo largo de estos años al presidente Samper en la tarea de reivindicar su nombre y dedicarse a la paz. Lo que conozco de Samper, porque en esa época tampoco conocimos a Samper. Nosotros conocíamos a de la Calle. A Samper lo vimos de lejos el día de la convención.

Lo que conocí después, por mi trabajo en la Comisión de Paz, es que es un hombre que ahora, por ejemplo, está dedicado a intentar un espacio humanitario en el Catatumbo y creo que está dedicado a la construcción de paz.

¿Entonces no tenía la certeza total de que el expresidente tuviera una responsabilidad directa? Es decir, ¿hacía oposición sin tener la certeza?

Tener la duda es una característica de los hombres racionales, dice Bertolt Brecht. Y por supuesto nosotros dudamos muchísimo de la integridad moral de ese gobierno y por eso le hicimos oposición. Confiábamos en que la investigación de las autoridades pertinentes tuviera resultados. Las mayorías gobiernistas de entonces, como se sabe, archivaron ese proceso. Y esa parte de la verdad quedó oculta.

Pero claro, tuvimos la convicción de que ese gobierno estaba contaminado por el narcotráfico y por eso le hicimos oposición, y por eso le hago oposición a este gobierno.

Le repito la pregunta, ¿hoy pasados 30 años cree que Samper es inocente o culpable?

Sería una irresponsabilidad histórica, 30 años después, sin haber conocido el proceso y sin tener idea de los protagonistas, condenar a una persona que la justicia no condenó por distintas razones. Sería una irresponsabilidad absoluta prestarse para la destrucción moral de una persona que hoy es un hombre que construye paz y a quien además le agradezco esa labor.

Tras ser suplente, se presenta de nuevo a las elecciones del 98 y le hace contraposición a Serpa…

Porque era heredero de Samper. Fíjese la cosa tan paradójica: siempre consideré que Serpa era el último caudillo liberal de clara estirpe socialdemócrata, con un gran compromiso con los pobres. Pero era el heredero del proceso 8.000. Era imposible acompañarlo y como veníamos del Nuevo Liberalismo, que había sido endosado a Gaviria y a de la Calle...

Confiábamos en de la Calle y él terminó recibiendo la invitación de Alfonso Valdivieso, que había sido fundador con Augusto Galán, del Nuevo Liberalismo. Entonces decidimos impulsar un proyecto que era la candidatura presidencial de Valdivieso. Ese proyecto no prosperó y él terminó adhiriendo a Pastrana en contra de Serpa. La paradoja es que hoy Andrés Pastrana está al lado de un gobierno contaminado por el paramilitarismo y fue elegido en su momento por los colombianos porque representaba lo contrario.

En esas elecciones, siendo más maduro políticamente y tras el reconocimiento de ser representante suplente, ¿qué le decían de que fuera disidente total y dijera ‘vamos a apoyar al Partido Conservador?

Siempre fui un disidente, pero toda la línea nuestra del Nuevo Liberalismo, sin excepción, acompañaba a Valdivieso en su decisión. Jamás Alfonso Valdivieso, ni Rafael Pardo (que fue uno de los impulsores de eso), se convirtieron en miembros del Partido Conservador. Ellos acompañaron, y acompañamos, la decisión de Valdivieso para derrotar lo que para nosotros era la tradición del proceso 8.000. Eso fue lo que ocurrió. Pero la totalidad de nosotros, que veníamos de esos orígenes del Nuevo Liberalismo, nos sentimos bastante cómodos acompañando a Valdivieso en esa decisión.

Eso no tuvo mucho éxito. Entre otras, solo se eligió una senadora, que fue precisamente Claudia Blum. Todos los demás perdimos la elección y nos presentamos en las listas. Ahí murió el verdadero Cambio Radical, porque luego esas banderas, en un acuerdo político que desconozco, terminaron en manos de Vargas Lleras y ocho años después, en 2006 cuando soy elegido, el presidente era él. Nunca entendí por qué le entregaron las banderas de Cambio Radical a Vargas, que es un hombre de centro derecha y que tiene profundas diferencias en su ejercicio político con lo hecho por Galán.

¿Si tanta oposición le ha hecho a Vargas Lleras por qué lo apoyaron en 2018?

Fui el último en acatar esa directriz del presidente y fundador de mi partido, Juan Manuel Santos. Había sido su vicepresidente y la totalidad de los partidos políticos tradicionales terminaron plegados a esa candidatura, a la que me opuse hasta que pude. Como me opuse a la postulación de Néstor Humberto Martínez como fiscal.

Sin embargo, se impusieron las mayorías y en ese momento ocurrió lo que va a ocurrir ahora: y es que todas las maquinarías tradicionales se sumaron a Vargas y, a pesar de ese gran poder burocrático y clientelar, quedó de último en la elección presidencial. Hoy de nuevo el uribismo está recolectando todas las maquinarías. Es un Titanic hundiéndose. Y cada vez que se sube una maquinaría más termina de hundirse más.

¿Y no podía oponerse?

Me opuse, como es público y de todas las maneras.

Pero terminó adhiriendo...

No, mi partido terminó adhiriendo. Yo no era el presidente del partido. Me opuse de todas las maneras posibles a riesgo de ser expulsado.

¿Por qué no hizo lo que hizo con el gobierno Samper?

Porque Vargas nunca fue presidente para hacerle oposición. El presidente era Juan Manuel Santos, mi amigo y lo respaldé. Me opuse a la candidatura, pero no podía hacerle oposición a Vargas sin ser presidente. Al interior del gobierno todo mundo sabe que yo me opuse a Vargas de muchas maneras, entre otras cosas porque tanto Vargas, como los sectores de centro derecha (incluyendo a Néstor Humberto Martínez, que era compañero y socio de Vargas), sabíamos desde adentro, en los diálogos de La Habana y todo mundo, que ellos estaban poniéndole palos en la rueda al proceso de paz.

Nunca fueron amigos verdaderamente del proceso y eso terminó por concretarse en el entrampamiento que denuncié hace unas semanas junto con otros senadores, y que terminó por estimular las disidencias, que les permitieron asestarle un golpe violento al proceso. Porque los alimentó en su narrativa de que nunca hubo paz y que Iván Márquez, que se acobardó con el entrampamiento, terminara traicionando la paz junto con Santrich y estimulando el discurso de que ahí están las disidencias, que son iguales que las mismas Farc.

¿Qué le decía Santos de esa oposición?

Tuvimos discusiones respetuosas, pero muy intensas. Yo le pedí en su momento que el partido de la U tuviera candidatura presidencial y le pedí que no se opusiera, no interfiera o que no tuviera alguna opinión favorable, a una candidatura presidencial mía en ese momento. Pero las mayorías del Partido de la U estaban claramente identificadas con Vargas Lleras y terminaron en lo que terminaron los demás partidos políticos: fracasando en esa elección y sumándose todos al fracaso.

En el 98, ya con Pastrana elegido, usted no dejó de ser crítico y le hizo oposición al proceso de El Caguán...

Como yo no estaba en la política activa y al otro día me devolví para mi clínica, era un ciudadano que opinaba. Era un opinador, había sido columnista del diario local El País, y a mí me pareció que El Caguán había sido un proceso tan desordenado, que terminó en el fracaso que los colombianos repudiaron. El fracaso de Pastrana fue monumental por falta de orden, de sindéresis, no por falta de coraje. Yo le abono a Pastrana dos cosas: su decisión de hacer la paz y su fortalecimiento de las Fuerzas Militares. Pero había tal desorden en esos diálogos y terminar de entregarle medio país a las guerrillas...

Años después nosotros hicimos la paz sin entregar un solo metro cuadrado a las Farc. Decidimos hacer la negociación fuera del país. El Caguán fue un ejemplo de lo que no había que hacer en un proceso de negociación. Por eso lo hicimos de otra manera. El cese del fuego unilateral del Estado, mientras las Farc seguían secuestrando en la zona de El Caguán, fue una desgracia. Nosotros, por decisión del presidente Santos, optamos negociar fuera del país y luego, negociar bajo fuego. Por eso en plena negociación y a su inicio, fue dado de baja Alfonso Cano, porque no había un cese del fuego unilateral del Estado, lo que sí había hecho Pastrana.

En el 2.000 se lanza a la Gobernación del Valle, con el apoyo de Cambio Radical y se estaba consolidando el partido. ¿Cómo fue ese proceso de afianzamiento como partido y ya no como corriente disidente?

Siempre me lancé con el apoyo de Cambio Radical. Pero no hubo tal proceso de consolidación en esa época. Fue absolutamente una aventura electoral. Como siempre pedía el aval para participar en lo que era el Nuevo Liberalismo y Cambio Radical, la única voz de opinión del Valle era yo y me daban los avales. A sabiendas de que probablemente iba a perder y de hecho, perdí esa elección también.

Me enfrentaba a dos maquinarías muy poderosas, la de Germán Villegas (el Partido Conservador y Carlos Holguín), y Dilian Francisca Toro, que quedó segunda. Yo quedé tercero porque era el independiente. Teníamos un eslogan que decía ‘Los independientes somos más’. Mi campaña se reducía a una periodista, Claudia Fernanda Bolaños, que todavía me acompaña, y un muchacho que contraté para que me ayudara a poner los pasacalles. No había más campaña que esa.

La periodista, después de que perdimos, dijo ‘nos faltó una palabra: los independientes somos más… poquitos’. Ese fue el resultado. Ahí no había ninguna consolidación de ningún partido. Quien vino a consolidar el partido y lo convirtió en otra cosa fue Vargas Lleras.

Inicialmente bien, supongo...

No, inicialmente mal.

¿O sea nació mal desde el principio Cambio Radical?

No, Cambio Radical nació muy bien, con Augusto Galán y con Alfonso Valdivieso. Le pusimos ese nombre en honor al Olimpo Radical, a los liberales de la batalla de La Humareda. Ese fue el origen del nombre. Pero eso no era un partido, éramos unos militantes como yo: Saravia en Barranquilla, de la Calle en Manizales, Valdivieso en Santander. Y perdíamos todo. Solo ganó Claudia Blum. Cuando ella le entrega la representación legal a Vargas Lleras, asunto que no sé cómo ocurrió porque yo estaba en mi clínica, Vargas arma un partido y lo consolida, pero lo convierte en otra cosa. Recuerde que la mitad de la bancada original de Cambio Radical en 2006 terminó en la cárcel por paramilitarismo.

Cuando yo llegó a Cambio Radical encuentro que hay un montón de personas que tienen vínculos con el paramilitarismo. Ahí empezaron mis discusiones, primero internas con Vargas, y luego públicas, pero Cambio Radical era una maquinaría más y se fortaleció con Vargas, que es un gran gerente, y hoy sigue siendo una maquinaría más fortalecida, solo que esta vez en manos del clan Char.

¿Por eso en 2002 se lanza a la Cámara como independiente, sin el respaldo del partido?

No, siempre con el aval de Cambio Radical y en 2006 también.

¿Por qué recibir el aval, pese a los cuestionamientos?

No conocía a Vargas Lleras, esos cuestionamientos no existían. En 2006 Vargas eligió una bancada que terminó contaminada por paramilitarismo. Nosotros veníamos, desde el año 80, acompañando al Nuevo Liberalismo.

Antonio Álvarez Lleras, tío de Vargas Lleras, era nuestro contacto en Bogotá y era a él a quien llamaba para que me diera el aval, y siempre me avaló. Nunca tuve contacto con Vargas Lleras para pedir el aval. Lo vi en una reunión de esa campaña que era de Carlos Fernando Motoa, que era cabeza de la lista. Lo volví a ver cuando ya me habían elegido en una reunión en el Metropolitan Club, donde ya, por supuesto, hacía gala de su buen humor y su buen carácter.

¿Pero antes de 2006 qué opinión tenía de Vargas Lleras?

Ninguna, no lo conocía. Yo era un médico que ejercía mi profesión en Cali. Nada tenía que ver con la política nacional. Siempre participé como militante y simpatizante con el partido. Y por carecer de estructura perdí todas las elecciones.

Vine a encontrarme con él cuando yo ya había sido elegido. Me elegí gracias al exceso de votos que sacó Motoa. Pero no tenía reparos, ni conocimiento, ni idea de la política nacional para ese momento. Lo que conocía era mi nicho, que era el Nuevo Liberalismo.

¿Y Vargas Lleras no era del Nuevo Liberalismo?

No, era samperista. Cuando nosotros estábamos en la campaña con Valdivieso, Vargas estaba con Samper. En 2001, cuando Uribe empezó su campaña, Vargas era el jefe de debate de Serpa. Y faltando pocos meses para la campaña, Vargas se volteó, abandonó a Serpa y se le pasó a Uribe.

Y en 2006 usted ya se vuelve cercano, en la bancada de gobierno, a Álvaro Uribe...

Cuando yo llegó a Cambio Radical el partido ya hacía parte de la bancada de gobierno.

Usted recordaba en una respuesta previa una reunión con Uribe, en 2001, cuando le hizo reparos por Pedro Juan Moreno. ¿Cómo es que termina luego siendo uno de los escuderos de él?

Cuando yo llegó al Congreso estaba Cambio Radical como parte de la bancada de gobierno. Juan Manuel Santos, a quien conocía de la Fundación Buen Gobierno, no estaba en el gobierno, pero esperaba entrar al gobierno y entró como ministro de Defensa en 2007. Teníamos la expectativa de la paz. Hay cosas que no he hecho públicas, pero con el paso del tiempo pueden conocerse.

Con Santos empezamos a pensar qué posibilidades había, aun en el gobierno de Uribe, de intentar la paz. Y me acerqué a Uribe con ese propósito. Dos temas le toqué: uno, que rechazó tajantemente, abrir el camino para despenalización de las drogas (yo voté siete veces en contra del proyecto de Uribe de penalización de la dosis mínima), y la otra, intentar la paz.

Para mi sorpresa Uribe permitió que tuviéramos algunos contactos de paz, que en ese momento eran secretos, en mi casa, por ejemplo. Allá estuvo Álvaro Leyva en 2007 y otras personas que no puedo comentar todavía. Pero esas personas comenzaron a plantear la posibilidad de despejar Pradera y Florida en un acuerdo humanitario para salvar a los diputados del Valle. Uribe le dio vía libre a eso en un principio. Después cambió de opinión y ese proceso fracasó.

Esa era mi tarea de construcción de paz, en ese momento secreta, al interior del gobierno de Uribe y ese era el intento que hacíamos hasta que llegó Santos al poder. Cuando él llega al Ministerio de Defensa tuvimos la esperanza de que alguien verdaderamente comprometido con la paz se hiciera presidente.

Igual que el 70 % de los colombianos en esa época, Uribe se convirtió en un referente de seguridad que era útil para fortalecer las Fuerzas Militares y hacer la paz su eco. Me quedé muy tranquilo en la medida en que nunca había votado por Uribe, pero sabía que Santos tenía la posibilidad de apostarle a la paz.

¿Por qué el rompimiento con Uribe?

Tuve el honor de ser el ponente de la Ley de Víctimas que presentó Juan Fernando Cristo y el Partido Liberal. Era el primer año del gobierno Santos y aún no había divorcio entre Santos y Uribe. Cuando yo presento la ponencia en el tercer debate y reconozco el conflicto para poder reconocer a las víctimas, hubo una reunión con Uribe, que llamó a los senadores de la U de la Comisión Primera, para exigirme que retirara la ponencia porque no podía reconocer el conflicto armado, porque destruía la narrativa de su gobierno que era la negación.

Para él no había conflicto armado, lo que había era amenaza terrorista. Lo dice todavía. Me negué a retirar la ponencia y ese día rompimos. Y ese día comenzó la persecución del uribismo contra mí y desde entonces no hubo reconciliación. Esa persecución no paró y no para. La última demanda que me pone el uribismo es en la Corte Suprema por mi expulsión de la U, o sea, además de que me expulsan, me demandan. Recuerdo que en ese primer año de gobierno, cuando rompemos con ellos, Uribe y su gente empieza a hacer lo que saben hacer: montajes, injurias y calumnias.

Organizaron para esa época una marcha de una caja de comunicaciones, que el gobierno Uribe volvió de salud y que fue un fracaso absoluto, que manejaba Óscar Iván Zuluaga: Caprecom, que ya no existe. Esa marcha no fue contra el Ministerio de Trabajo, ni de Salud, fue contra el hotel donde me estaban eligiendo presidente del Senado en representación del santismo para intentar evitarlo.

Eso les sirvió, durante una década, a las bodegas uribistas para destruir la reputación, como que hice la Ley Roy Barreras, que le dio la pensión de los jubilados a los guerrilleros, que tengo clínicas de Saludcoop y lo último era que era socio de Iván Márquez y una demanda por ser cómplice de la guerrilla. El distanciamiento con el uribismo implica exponerse a la amenaza física, jurídica y a la destrucción de la reputación. Esa es una manera muy fascista de hacer política.

Para precisar, ¿un cuestionamiento como el de Pedro Juan Moreno, que no es de poca monta, no era suficiente para hacer con Uribe lo que hizo con Samper?

Hubiera sido un buen motivo, pero había una causa más importante que el protagonismo que yo había logrado obtener de manera efímera en esa oposición, inútil por demás, porque nunca pudimos tumbar a Samper, y mucho menos íbamos a poder tumbar a Uribe con 80 % de favorabilidad. La causa más importante era lograr que Santos fuera presidente y lo logramos.

¿Y no era mejor que Santos, si tenía esa aspiración, lo hubiera hecho como independiente?

Nunca hubiera sido presidente como independiente y eso lo puede reconocer cualquier analista. Santos fue presidente gracias a que se montó en la ola uribista.

¿Y la coherencia política?

Es una buena pregunta para Winston Churchill, que le dijo a la cámara de los comunes que uno puede cambiar de partido, pero no cambiar de ideas. O una buena pregunta para Angélica Lozano, a propósito de coherencias políticas, que se eligió concejala con Petro, luego se hizo peñalosista, luego del Polo y ahora es verde.

Lo que importa es no perder de vista la causa y la causa nuestra sigue siendo que haya en Colombia un Estado de derecho legítimo no contaminado por el narcotráfico que pueda gobernar para todos y pueda aclimatar la paz. No se puede construir la paz si el gobierno está contaminado por el narcotráfico, es imposible. Y sigue siendo esa la maldición de las instituciones colombianas. Por eso hago oposición ahora.

Qué fácil hubiese sido hacer lo que hizo mi partido abyecto, que era entregarse al gobierno de Iván Duque a cambio de prebendas. Qué fácil. Lo difícil es mantener la coherencia y hacer oposición.

¿Qué pasa en su caso que no se estabilizó con el Nuevo Liberalismo, ni con Cambio Radical...?

Esa es una afirmación falsa, no está preguntando sino afirmando. Cuando usted dice que alguien que militó desde 1980 hasta el 2006, durante 26 años en el Nuevo Liberalismo, no se estabilizó riñe con la verdad. Y cuando llevo 14 años, al lado de la causa de Juan Manuel Santos, y usted dice que no me estabilice también falta a la verdad. De manera que no es cierto que no me estabilice.

Podría preguntarle a Mockus, a Peñalosa, a Uribe o al propio Vargas Lleras. Todos los que he mencionado han cambiado n veces de partido. Yo cambié de partido una vez, salvo que usted indague en las bodeguitas uribistas, precisamente cuando Vargas me expulsa de Cambio Radical y Santos me recoge en la U. Y no cambié por voluntad propia. De manera que, aunque cambiar de partido para Churchill no tiene nada de extraordinario, no es cierto en mi caso.

¿Qué pasó en la U? ¿por qué no darse la pela interna siendo el partido abanderado de la paz?

Le voy a mandar todas mis comunicaciones públicas, mis posiciones de bancada, mi votación en septiembre de 2018 a los 30 días de inicio de gobierno Duque, oponiéndome públicamente, en rueda de prensa, a que el partido se volviera de gobierno. Y creando una disidencia que se mantuvo durante todo el tiempo dando la pela, como dice usted, pero prefiero decir tratando de mantener la coherencia al interior de la U.

Fuimos una minoría, la mayoría se entregó, se vendió y se hizo socia del Centro Democrático a cambio de prebendas y traicionó las banderas de la paz. Esa situación se hizo insostenible a lo largo de los meses y mi oposición fue vertical y pública, al punto que me negué a elegir a la procuradora. La bancada tomó unánimemente esa decisión, con mi excepción y decidieron expulsarme por haber sido contrario a esa última decisión. Pero durante todos esos dos años me opuse.

Quizá usted no lo vio, pero durante todas las plenarias del Congreso defendí el proceso de paz. Me opuse a las objeciones que mi partido de manera escondida apoyó. Y fuimos una disidencia que siempre estuvo defendiendo el Acuerdo de Paz. Así que afirmar que yo no me di la pela durante estos dos años también es completamente contrario a la verdad.

Usted no me deja terminar de preguntar… A lo que me refiero es a la pela para que esa disidencia no tuviera que ser tal, sino que se fortaleciera y que no lo expulsaran...

Pero no es cierto que no me di la pela. Es evidente que lo intenté y que las mayorías nos aplastaron. Lo intentamos hasta que me expulsaron, por supuesto. No es cierto. Desde el primer momento me opuse a ser partido de gobierno. Eso se llama coherencia.

Recibió el aval para ser precandidato presidencial del movimiento ADA, que es afro, y usted se refería a las críticas de las bodeguitas uribistas. ¿Qué responderle a quienes cuestionan que esté en un partido afro?

Es otra afirmación falsa y su fuente son las bodeguitas uribistas. Y lo digo a pesar de que la torpeza más grande que tiene un dirigente es controvertir a un comunicador que, después de que el dirigente se va, queda con el poder de la pluma para destrozarlo.

No va a pasar...

Probablemente pase porque ha sido una entrevista absolutamente sesgada, pero le contesto.

Senador, yo le quiero precisar una cosa: en primer lugar toda esta conversación está grabada y si llega a haber algún cuestionamiento este audio lo puede tener su jefe de prensa y controvertirá. Mi pregunta, si me permite, es que en la opinión pública, por esas bodeguitas uribistas quizá, hay imaginarios alrededor de usted. Ante ello, hay críticas de que una persona de tez blanca termine en un partido afro, ¿qué responder?

Su última frase es falsa. Porque yo no estoy en un partido afro.

También está grabado y le repito: que recibió el respaldo de un partido afro...

Pero eso no es militar en un partido afro.

Yo nunca dije que usted tenía militancia...

Dijo “está en un partido”. Yo no estoy.

Se lo preciso entonces: recibió el respaldo.

Con orgullo lo digo. En este país hay nueve o diez millones de afros que coinciden y se traslapan con las víctimas del conflicto y las zonas más abandonadas. Me está esperando hace dos horas el alcalde de un municipio abandonado, que es López de Micay, porque dos de los desaparecidos de la masacre son de ese pueblo y está desesperado tratando de decirle a su gente quién los mató o si están vivos.

El pueblo afro ha sufrido durante años. En Colombia los cargos del Ejecutivo, por cuenta de un sistema político que en mi opinión es inadecuado, reciben lo que se llama coavales. Germán Vargas, por ejemplo, se inscribió por firmas y recibió el coaval de su propio partido y luego de todos los demás partidos. Iván Duque lo propio. Hoy mismo cada gobernador, como el de Cundinamarca, debe tener seis o siete avales.

No es nada extraordinario que cuando un candidato anuncia su aspiración un partido u otro decida apoyarlo. Bienvenidos los apoyo, los agradezco, lo que no significa que esté militando. Podría hacerlo, pero me parece que las circunscripciones étnicas tienen una prioridad: no perder su personería jurídica dirigiendo su representante afro. Cualquier otra no les garantiza su supervivencia.

De suerte que esta semana, en una carta que hice pública, le estoy pidiendo a la autoridad electoral que autorice la recolección digital de las firmas, porque personas como yo, Juan Manuel Galán, Juan Fernando Cristo, Jorge Robledo o Sergio Fajardo, tenemos que recoger firmas si queremos aspirar de manera independiente. Es imposible que se coarte el derecho democrático, mientras todo el Estado funciona virtualmente.

Impedir que se recojan firmas digitales no solo tiene que ver con el referendo que promuevo o con las revocatorias. Tiene que ver con la imposibilidad de que haya movimientos de ciudadanos independientes en las próximas elecciones y nosotros, como muchos otros, tenemos como una de las alternativas recoger firmas.

Hay otra alternativa, pero esto ya se sale del contexto y es que he venido proponiendo, también de manera pública, que la gran coalición que permita hacer una consulta presidencial en marzo de 2022, para derrotar el autoritarismo, incluya una gran lista al Senado que renueve el Congreso y que sea por coalición de minorías. Eso nos resuelve el asunto y nos evitar recoger las firmas, siempre y cuando haya dos o tres partidos con personería jurídica. Pero si eso no ocurre, la única manera de inscribirse Galán, Robledo, Cristo o Roy es recoger firmas. No pueden impedirnos la recolección digital de firmas.

¿Usted ya tiene definido que no regresará al Senado?

Es una cosa increíble mi incapacidad de comunicación y de nuestro equipo. Después de todos estos meses, que nosotros no hayamos podido comunicar que yo no volveré al Senado. Y eso deben estarlo pensando muchas personas en la opinión pública, de buena fe. No hemos sido capaces de comunicar esa noticia. Aprovecho esta amable entrevista para volverlo a decir: mi vida legislativa en el Senado terminó. No volveré al Senado.

Voy a participar en una consulta presidencial, que espero sea de todos los sectores alternativos, independientes y de oposición sin vetos y sin exclusiones. Espero que el nuevo centro se consolide y le ofrezca a Colombia un gobierno estable, seguro, confiable, que respete la vida, el patrimonio y la libre empresa, pero que haga que el Estado intervenga para que inyecte recursos a la economía por la base popular y estimule la demanda agregada, en lugar de estimular por las cúpulas del monopolio y los oligopolios.

Ahí hay un cambio en el modelo social y económico que es indispensable, y no es original mío, tiene 100 años, desde Keynes, y lo viene defendiendo hace 20 años Joseph Stiglitz, y ahora parece inevitable que el mundo entienda que si no hay un Estado que intervenga ante la gran brecha social, la misma democracia está en riesgo. Porque la gente opta por autoritarismos como el de Bolsonaro, Trump o el de Uribe aquí.

¿Por qué promover el referendo de la revocatoria de Iván Duque? Se lo pregunto porque son analistas políticos –no bodeguitas, ni periodistas–, los que advierten que, de alguna manera, ese proceso nació muerto. Señalan que todos los pasos que se deben surtir, con todo y pandemia, hacen muy difícil que se logre llegar a concretar...

Lo que nació muerto fue este gobierno, desde que el Ñeñe Hernández fue el invitado de la posesión de Iván Duque. Los referendos no son revocatorios son, como los analistas saben, reformas constitucionales. Tal como lo fue la Séptima papeleta hace 30 años, que era aún más frágil constitucionalmente. Hoy no se puede revocar a un presidente. Para eso es el referendo, para darle al pueblo colombiano el poder de revocar, pasados dos años, un gobierno que ha fracasado en indicadores objetivos como pobreza monetaria, extrema, indicadores de seguridad, violencia o empleo. Este, o cualquier gobierno futuro.

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Pero el referendo es un decálogo. Si logramos las dos millones de firmas digitales y el proceso continúa... hay que ver si el Congreso colombiano es capaz de negarle a los colombianos la renta básica universal, como un derecho constitucional que obligará a los próximos gobiernos, o si es capaz de negarse, de manera pública, a que la Constitución, con el referendo de Chao Duque, prohíba el fracking y el uso del glifosato como símbolos claros de contaminar el agua y el aire, y tener una economía extractiva que depreda a cambio de la riqueza de unos monopolios. Petroleros unos, criminales otros, que son los monopolios del narcotráfico.

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De manera que el referendo tiene unas connotaciones constitucionales que van más allá de este año y medio. Pero, inclusive, para el hecho del referendo del periodo presidencial de Duque, si las firmas digitales son autorizadas como estoy exigiendo desde octubre y hemos perdido ya tres meses por culpa de la autoridad electoral, pues es muy probable que en tres meses las recojamos y perfectamente podría surtirse el trámite congresional y constitucional, e ir a las urnas. Supongo que el mismo cronograma es aquel con el que cuenta el expresidente Álvaro Uribe cuando, un día después de salir de su prisión domiciliaria, de su hacienda de más de 1.300 hectáreas, le anunció a Colombia que iba a hacer su propio referendo para defender el modelo de Estado mínimo, que tampoco es original.

Es el modelo fascista, hiperconservador, y en el mejor de los casos de Reagan y Thatcher: Corte única, de bolsillo; eliminación de la Corte Constitucional independiente; eliminación de la JEP y la paz, y eliminación de la salud pública y de la educación pública. La eliminación de la educación pública, como decía Bourdieu, es la eliminación del pensamiento crítico. Salimos ese mismo día que si iban a derogar la Constitución del 91, que son las cortes, nosotros preferíamos derogar el régimen de Uribe-Duque. Hay una indignación ciudadana enorme, que tiene además el derecho de expresarse.

Hoy, como dice su colega y analista Manuel Castells, las redes son la calle del siglo XXI y en la pandemia, cuando las gentes no pueden salir a marchar para expresar su indignación, no se les puede prohibir que lo hagan en el mundo virtual a través de las firmas digitales. La gente tiene derecho a expresarse y por eso insistimos en el referendo como expresión democrática y pacífica.

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“Disidentes políticos”, una muestra de la crisis de los partidos

El Espectador lanza “Disidentes políticos”, una serie de entrevistas que se publicarán de forma semanal para dialogar con aquellas figuras que, tras permanecer años en un movimiento político, resolvieron dar un paso al costado y montar rancho aparte.

El fenómeno no es nuevo y, de hecho, se ha intensificado con el pasar de los años. Casos recientes como los de los senadores Roy Barreras, Rodrigo Lara, Armando Benedetti y Jorge Robledo evidencian la crisis que viven los partidos.

El boom de los grupos significativos de ciudadanos es otra de sus muestras. Si bien no son movimientos políticos con proyección a largo plazo, estas organizaciones, basadas en la recolección de firmas, se han ido consolidando. Apenas en las pasadas elecciones regionales, 1.253 candidatos apostaron por esta modalidad. En las presidenciales también se hicieron sentir y hay ejemplos como los de Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Clara López y Germán Vargas Lleras.

¿Quién más merecería estar en este espacio de “Disidentes políticos”? Escríbanos a jgonzalez@elespectador.com

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