Como la gran mayoría de temas en los que hay votos de por medio, este debate no distingue partidos o filiación política. Justo en época electoral, las calles -y ahora las redes sociales- se atiborran con mensajes de candidatos que, sin importar su orilla ideológica y con la vanidad que trae consigo la política, vociferan y reivindican su juventud o su experiencia en razón a su edad. Para ellos, basta esa condición -tener determinados años, ser joven o “veterano”- como garantía de que su labor en el maltrecho Congreso será exitosa. Estas elecciones no han sido la excepción, y desde hace meses pululan en todos los escenarios aspirantes que anteponen su edad a un sinfín de cualidades con la promesa de hacer transformaciones y asegurar una mejor Rama Legislativa.
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El discurso siempre ha sido rentable, pero ha adquirido una connotación mayor a la luz del paro nacional del año pasado, en el que -sin duda- los jóvenes y sus reclamos fueron protagonistas, pero en el que también quedó de presente la necesidad de que haya individuos (jóvenes o no) con experiencia y destreza en el manejo de crisis. Cada cual, desde su orilla y también desde su edad, trata de convencer a electorados específicos. Por un lado están aquellos que posan de notarios de los jóvenes y buscan abarcar todas sus necesidades a punta de repetirles una y otra vez su edad. Por el otro están los que, dirigiéndose quizás a un público más conservador, ratifican sus años como sinónimo de experiencia y buen manejo de lo público.
El debate se vive a flor de piel a poco más de un mes para las elecciones legislativas y en momentos en los que cada cual busca rasguñar votos a punta del augurio de renovación, frescura y resultados. Por ello, buscando abarcar una de las tantas aristas de la discusión, El Espectador se dio a la tarea de revisar, una a una, la edad de todos los congresistas que tienen asiento en el Capitolio (ver infografía). Se trata de un ejercicio que no pretende ser concluyente, sino que busca mostrar una radiografía de la edad de un Congreso que, en su gran mayoría, pretende ser reelecto.
Por un lado se evidencia que en Senado la edad promedio de los legisladores es de 53,4 años. En este punto hay que tener en cuenta que, según establece la Constitución, para poder ser parte de la Cámara alta es requisito tener más de 30 años en la fecha de la elección. A la hora de revisar por partidos, Dignidad (con un solo integrante, Jorge Robledo), figura como la más longeva, con 71 años. Al detallar en bancadas mucho más numerosas aparece la Lista de la Decencia que, aunada a la Colombia Humana, es la de integrantes con el mayor promedio de edad: 63 años, seguida del Partido Comunes (otrora FARC) con 60,5, y la Alianza Verde, con 58,6. Las colectividades con una edad promedio menor son MIRA, con 46 años; el Centro Democrático (48,5); el Partido Liberal (50,7), y el Partido Conservador (53).
Una de las conclusiones que salta a la vista es que los partidos de oposición, que generalmente han promovido discusiones de tinte más progresista y liberal en línea con los reclamos de los jóvenes (como el aborto, la eutanasia o la legalización de las drogas), son los de mayor edad en el Senado, mientras que las bancadas más jóvenes forman parte de los partidos de gobierno o de independientes que, como ha quedado demostrado a lo largo de estos casi cuatro años, están alineados con agendas más conservadoras.
Por otro lado, en la Cámara de Representantes -donde hay que tener más de 25 años para poder ser elegido- la edad promedio es de 48,3 años. Allí sobresale una particularidad: tiene asiento el congresista más longevo de todo el Parlamento (Germán Navas Talero), quien comparte curul con al menos seis jóvenes de 30 años de otros partidos. En Cámara, además, los partidos de oposición congregan no solo a los congresistas de mayor promedio de edad -Polo Democrático (80) y Comunes (55,5)-, sino también a los más jóvenes: MAIS (37,5), Decentes y los verdes (39,7).
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Si bien en Cámara los más jóvenes y los de mayor edad son de oposición, ello tampoco es garantía para poder sacar adelante iniciativas progresistas, con todo y que la Comisión Primera allí se ha destacado como una de las más avezadas cuando de discutir temas controversiales se trata. Aquí, como casi todo en el Congreso, están de por medio maquinarias e intereses que, contrario a una edad, están mediadas por mayorías y la fortaleza de bancadas.
Una discusión que trasciende la edad
Para Laura Wills, directora del proyecto Congreso Visible, de la Universidad de los Andes, especializado en hacerle seguimiento y análisis al Congreso, no es pertinente plantear el debate en términos de que alguien, solo por su edad, es garantía de un buen desempeño legislativo. “Ser más joven o más viejo no es una garantía”, explica, precisando que la verdadera discusión es sobre los temas que trata el Congreso, sin importar la edad de su promotor: “La voz de congresistas jóvenes es importante porque ponen temas novedosos en la agenda (como conectividad o tecnología), pero la voz de congresistas más viejos es importante también por su experticia, conocimiento y trayectoria”.
En ello coincide el analista Juan Pablo Milanese, profesor de ciencia política de la Universidad Icesi, quien asegura que, aunque es bueno que haya congresistas jóvenes “que renueven un poco el oxígeno dentro del Legislativo”, ello no es suficiente para asegurar que el Congreso funcione mejor: “Más allá de las edades, se requiere un equilibrio entre quienes lleven mucho tiempo allí, porque saben bien cómo funciona y se vuelven especialistas en el trabajo dentro de sus comisiones, y otros más jóvenes que puedan producir un efecto de renovación. Pero lo más importante es la renovación de agendas, que no sean estéticas, y eso se puede hacer independientemente de la edad de los congresistas”.
Sumado a ese equilibrio, Martha Gutiérrez, directora del Observatorio Javeriano de Juventud, agrega que se requiere también un trabajo intergeneracional que permita que tanto jóvenes como mayores puedan sentarse a dialogar y llegar a puntos de acuerdo que complementen visiones diferentes de la sociedad. “Lo ideal son personas con mucha experiencia en el ámbito público, pero con una mirada renovada frente a un ambiente cambiante y difícil como este. Lo que en verdad debería discutirse son los temas que deben convocar a jóvenes y no tan jóvenes, como la justicia social, la pobreza, la inequidad o la desigualdad”.
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En medio de esta discusión tercia el representante Germán Navas Talero -como se mencionó-, el más longevo del Congreso (con 80 años) y quien sale en defensa de las canas, sin que con ello desconozca a los jóvenes: “En días pasados salió información científica que decía que la capacidad cerebral está en su plenitud entre los 60 y 80 años, que es cuando mayor seguridad se puede tener conceptualmente. Si bien yo cuando tenía 22 años era juez, puedo decir que ahora analizo mejor las cosas y tengo más experiencia. Eso sí, no tiene sentido decir que por ser más joven se es más inteligente o que a mayor edad uno es más sabio. El Concejo de Bogotá es la prueba de que hay jóvenes que se tiraron la ciudad”, señala.
En este contexto, el representante David Racero (Decentes) presenta una arista de discusión adicional, pues en línea con otros congresistas ha presentado proyectos para reivindicar el papel de la juventud y que se eliminen las restricciones de edad para poder aspirar al Legislativo, de tal manera que desde los 18 años se pueda competir por un escaño. “Es una restricción que va en contravía del Estado Social de Derecho. No tiene justificación, Cámara y Senado hacen lo mismo. ¿Cómo hoy se puede mandar a la cárcel a un adolescente por un delito grave, bajo el entendido que ya tiene el razonamiento para saber lo que hace, y se le niega que aspire a un cargo de elección popular porque no es visto como lo suficientemente maduro para tomar decisiones respecto al destino del país?”.
“Si un joven desde los 18 años ya puede votar y es capaz de elegir de manera responsable y razonable, se podría suponer que también tiene las mismas cualidades para poder ser elegido. Hay quienes dicen que los 18 años es muy poquito, que lo deseable es que la mayoría de edad y, por ende, para votar sea 21 años. Ese es otro debate que tiene de por medio también el tema penal”, precisa a su turno la directora del Observatorio Javeriano de Juventud.
Para Felipe Botero, exdirector de Congreso Visible y profesor de ciencia política de los Andes, la edad para ser congresista no deja de ser un número arbitrario, por lo que insta a abrir la discusión “siempre y cuando sean el producto de un debate claro y con objetivos precisos en el que la voz de la ciudadanía sea tenida en cuenta”. Según Botero, hablar de la renovación como un tema meramente generacional es una visión estrecha. “El Congreso funciona bien cuando tiene unos partidos sólidos, organizados y disciplinados, que sean capaces de apoyar al gobierno de turno o hacerle oposición, así como discutir a profundidad los proyectos y tomar decisiones trascendentales”.
En todo caso, el representante Racero coincide en que el hecho de ser joven no es per se sinónimo de renovación: “Hoy hay jóvenes en el Congreso que son herederos de estructuras, maquinarias y familias políticas que han manejado departamentos enteros. Nos metieron un gran paquete que es Iván Duque, que lo mostraron como el presidente más joven elegido, como y si fuera el gran visionario, pero lastimosamente no es visionario, ni técnico, ni con capacidad de mando. No es un líder. Por ello las juventudes deben demostrar y legitimar su liderazgo”.
El asunto, fuera del tema generacional, pasa por la complementariedad y el trabajo en equipo para que, en lugar de que jóvenes y mayores se anulen unos a otros, cada cual pueda aportar desde su experiencia y su visión de mundo sin recurrir a señalamientos ni estigmatizaciones. Aquellos que propongan y puedan demostrar ese trabajo mancomunado, sin tener en cuenta de qué partido sean, podrán contribuir a ese anhelo de, por fin, tener un Congreso mejor y renovado.