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Los militares no pueden participar en política proselitista ni acceder a altos cargos públicos si están activos en cualquiera de las fuerzas, y eso se ha mantenido constitucionalmente incólume en las últimas décadas pese a ciertos intentos tácitos que cada tanto se ven para jalarlos hacia el debate electoral. Eso explica por qué deben colgar el uniforme antes de pasar a una medición en urnas y es el modelo en el que encaja uno de los 13 aspirantes a liderar la Casa de Nariño.
Se trata de Gustavo Matamoros, quien a sus 71 años y luego de una carrera de alrededor de cuatro décadas en las filas castrenses, está ahora encaminado a buscar una oportunidad que le viabilice como opción para suceder a Gustavo Petro en la Presidencia. Y si bien tiene una relación activa y fuerte con las tropas, en especial con el generalato con el que comparte rango, su intento proselitista llegó con aval civil.
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En efecto, fue el Partido Ecologista el que le terminó dando su firma para que se pudiese inscribir y ahora, junto a la abogada y lideresa afro del Valle Mila Paz, aparece en el tarjetón con el que la ciudadanía definirá el próximo 31 de mayo el modelo de Estado que más la convence para darle su respaldo en urnas. Ese domingo está citada la primera vuelta presidencial.
Para esa jornada, según lo ha manifestado en algunas entrevistas —incluyendo las que le ha concedido a El Espectador—, este general en retiro apuesta por un modelo en el que la seguridad es un eje fundamental para quien asuma el poder entre 2026 y 2030. Lo que dice es que se debe “recuperar” el control territorial y de paso fortalecer a la Fuerza Pública.
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De hecho, se mantiene en la línea de crítica por los más de 70 movimientos en el generalato que se han dado durante la saliente administración del presidente Petro, ya que, a juicio del candidato, eso solo debilita la estructura castrense y de ahí que los grupos criminales ligados al narcotráfico puedan sumar más de 20.000 hombres en armas, como lo advierten informes oficiales del Ejecutivo actual.
También ha dicho que se necesita que haya desarrollo ligado precisamente a la tranquilidad territorial que actualmente está debilitada, y que eso se haga con enfoque regional para atender las zonas más críticas.
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Una de ellas, de acuerdo con su campaña, es El Catatumbo (Norte de Santander), donde la guerra entre el ELN, las disidencias y en parte el Clan del Golfo, todos grupos narcotraficantes que tienen puentes abiertos con la estancada paz total, hizo que solo en un mes del año pasado se desplazaran más de 80.000 personas, como en su momento lo reportaron la Defensoría del Pueblo, Indepaz y otras organizaciones; la crisis humanitaria más grave en esa región en varias décadas.
Además, entre otros asuntos, también ha dicho que se deben normalizar las relaciones con Estados Unidos, darles de nuevo peso en el panorama de política exterior en Colombia, y de paso apuntar a una reducción más profunda de la pobreza. El cómo, más allá del qué, aún no está del todo profundizado por esta candidatura.
Pero en la medida en que construye su ruta técnica, con un alto grado de enfoque militar haciendo gala de sus 40 años de servicio activo, intenta darse a conocer en el panorama político y por supuesto electoral.
Matamoros, con el lema “se acabó el desorden”, llegó a esta contienda presidencial intentando abrirse espacio en medio de la polarización fuerte entre propuestas de izquierda y de derecha que han rezagado al centro; los punteros de las encuestas están encasillados en esas dos primeras vertientes ideológicas, aunque este general se percibe como alguien apegado a la segunda.
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Y aunque los sondeos de opinión no lo favorecen, su proyecto está enfocado en que esta medición en urnas —es la primera vez que aspira a un cargo de elección popular— le sirva para determinar hasta qué punto su nombre tiene acogida.
Si bien no ha tenido cargos públicos como la conducción de ministerios o la administración de entidades territoriales, su paso por las filas castrenses le dio una formación marcada por el orden y la disciplina. Como él mismo lo ha dicho en algunos espacios, puede que eso no sea suficiente, pero sí le da una base, ha agregado, para proyectarse como una opción política.
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Pero es precisamente esa falta de bagaje político y electoral lo que hace que su respaldo partidario esté encasillado en el movimiento ecologista, aunque eso no quiere decir que no tenga experticia ni contactos de muy alto nivel.
En efecto, antes de lanzarse a esta campaña, realizó asesoría en materia de seguridad en el sector privado y prestó servicios de acompañamiento en torno a temas como gerencia y administración, con énfasis en análisis de gestión de crisis y desarrollo de estrategias en diversos frentes.
Eso lo realizó porque durante su paso por el Ejército, del cual salió con el grado de general durante la primera administración del entonces presidente Juan Manuel Santos, pasó por varios cargos claves que le dieron ascendencia sobre la tropa y capacidad de apoyo y desarrollo estratégico en las bases que comandó y con los ministros y jefes de Estado que estuvieron en la Casa de Nariño mientras ejerció su servicio activo.
Fue agregado militar en las embajadas de Colombia en China y Estados Unidos, dirigió Indumil y fue jefe del Estado Mayor Conjunto. También se desempeñó como jefe de Operaciones del Ejército, fue comandante de la Quinta División, de la 18 Brigada de la Octava División y jefe de Casa Militar. Este último cargo coincidió con la entonces presidencia de Andrés Pastrana. Antes, incluso, fue comandante del Escuadrón de Caballería General Hermógenes Maza No. 5.
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En medio de todo esto también ha tenido cercanía con el deporte, pues practicó el salto ecuestre mientras comenzaba su carrera militar e incluso ganó medallas en Colombia y Bolivia. Su padre, Gustavo Matamoros D’Costa —quien tuvo ascendencia portuguesa—, también llegó al grado de general. Y su madre, Beatriz Camacho Leyva, descendió de presidentes en los tiempos de la guerra de independencia. Además de todo esto, su familia, tanto hermanos como primos, ha estado vinculada al sector deportivo en diversas áreas, incluyendo el fútbol profesional.
En todo caso, y con el primer reto de que las encuestas lo saquen de los últimos lugares de intención de voto, Gustavo Matamoros quiere ahora dirigir la Casa de Nariño luego de su trayectoria por los cuarteles. Sabe que el camino no es sencillo, pero medirse en urnas a sus 71 años y luego de cuatro décadas en el Ejército es una opción que el próximo 31 de mayo determinará en cuántos votos se traduce.
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