El ceño fruncido, la espalda ligeramente encorvada y uno de los lapiceros recostados hacia abajo en la pantalla del computador. Sergio Fajardo repuja las líneas con las que hace unas horas dibujó el edificio Coltejer, en Medellín, construido por su padre entre 1968 y 1972. Esta es la última reunión del día, se levanta varias veces de la silla, da un par de vueltas por el apartamento y se vuelve a sentar. Pinta más garabatos en las libreta rosada donde planeó las intervenciones que tuvo hace unas horas.
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La reunión es programática, sobre salud. Se leen preguntas demasiado técnicas para su gusto: “quieren hacernos sentir que ellos saben más”; son preguntas “ridículamente técnicas”, reprocha. En la reunión, de acuerdo con lo que atestiguó El Espectador cuando acompañó hace unos días una jornada del candidato, hay espacio para algunos chistes, pero rápidamente hace llamados al orden: “Bueno, continuemos que me tengo que ir”.
El candidato está afanado, debe entrar a un live de Tik Tok en 20 minutos, pero la reunión parece no terminar pronto. Tras repasar los puntos, revisar los documentos y anotar un par de cosas, llega a su casa de soltero –que ahora es más una casa de campaña– una de las encargadas de sus redes sociales.
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Fajardo se levanta, le abre la puerta y se dispone, tras unos minutos, a comenzar la transmisión. Este es el penúltimo punto en el orden del día. En la agenda aún falta la planeación de su debate del día siguiente y una arepa con queso que preparará al llegar a la casa en la que vive con Maria Ángela Holguín, excanciller y una de las que más tira línea para la contienda.
Al conectarse a la transmisión, le cambia el semblante, el cansancio del día parece desvanecerse. En el live hay 23.000 personas conectadas, el ambiente es cómodo, tranquilo, sin los tecnicismos de la reunión anterior y sin la rigidez de un día en medios de comunicación. Dialoga durante al menos 40 minutos con jóvenes de diferentes regiones. Responde inquietudes, críticas y exigencias que se le hacen. Cada invitado interpela desde sus necesidades: se habla sobre seguridad, educación y posibilidades reales de crecimiento para los jóvenes dentro de las comunidades indígenas.
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La sensación de cercanía y de calidez se percibe en la postura del candidato y se extiende a los electores con los que se conecta en esta transmisión. El espacio es rico en voces y en pensamientos políticos, pero no desde el enfrentamiento, sino desde el diálogo.
Esta tranquilidad, sin embargo, se contrapone con la parte más rígida del día. Fajardo se levantó a las 4:30 de la mañana para repasar lo que diría en el foro de ciudades capitales al que asistió a las 9:30. Al llegar al sitio se le veía tenso. Llegó poco después de que iniciara el evento y prefirió esperar afuera, mientras era su turno de hablar. “Si podemos entrar, mejor sentarnos atrás, si no se puede, esperemos afuera mejor”, precisó.
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Al terminar el evento, no parecía dejar de estar incómodo, o más bien, no tan tranquilo. Concedió varias entrevistas a medios, estaba afanado. A la salida lo abordaron algunos jóvenes para pedirle fotos y hablar con él. Fueron en total tres paradas con varias filas de universitarios nerviosos y sonrientes que tomaron alrededor de 20 minutos. En ese momento, su incomodidad y su afán parecieron quedar atrás.
Ya era tiempo de almorzar, corriendo, como es costumbre en la campaña. A su lado siempre estuvo Edna Bonilla, su fórmula, y su director programático, Guillermo Llinás. Entre tanto, tuvo una pequeña reunión estratégica con su asesor de cabecera, Antoni Gutiérrez-Rubí, el mismo que asesoró a Gustavo Petro cuando logró llegar al poder en 2022 para prepararse para su siguiente evento.
Todo está planeado milimétricamente. El candidato es esquemático, tímido, reservado. Quizá es por esta razón que a veces puede pasar por odioso; sin embargo, no es más que un rasgo de su personalidad que parece matizarse especialmente con las juventudes. Al menos así se evidencia cuando está en actividades proselitistas.
No le gustan los eventos masivos, ni el espectáculo. “Me habré parado en una tarima por ahí tres veces en la vida”, sostuvo durante la jornada. “Gente de mi generación ve con rechazo cómo me relaciono con los jóvenes”, dice refiriéndose a las famosas fiestas que ha organizado en las ciudades principales del país. “Preocúpense más bien si me ven bailando”, apunta mientras se ríe.
El candidato se ha esforzado por encontrarse con este público, ha pasado por k-poper, DJ e influencer, sin embargo, a seis días de la primera vuelta, los sondeos no parecen inclinarse a su favor.
No obstante, las cifras no tienen mayor incidencia en el ambiente de su campaña. Al interior los esfuerzos, las largas jornadas de trabajo y las últimas estrategias, se organizan, se ejecutan y se finalizan con energía. La campaña está viva pero es, sin duda, diferente a la de los tres punteros de las encuestas. Para él, la masividad no implica necesariamente cercanía y la ausencia de ella tampoco implica frialdad.
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Este domingo, para cerrar su campaña, Fajardo recorrió las calles de Medellín junto a su equipo. Y lo hizo 24 horas después de tomarse un café con la candidata Paloma Valencia, con quien en todo caso no se lograron acuerdos antes de la primera vuelta del 31 de mayo próximo.
En todo caso, para darle una última pincelada a la búsqueda de respaldos, en la noche de este 24 de mayo realizó otro live en Tik Tok para dialogar de forma directa con sus seguidores. No obstante, como él mismo lo reconoció durante este fin de semana, esta será la última campaña que realice; la decisión la tomó cuando está cerca de los 70 años.
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Pero la esperanza sigue intacta, podría decirse. Sin embargo, aún no se sabe si todas sus estrategias y esfuerzos por lograr una conexión fuerte y honesta con la juventud, que se ha traducido en una campaña robusta a nivel digital, realmente le representa una fuerza política suficiente para conseguir ese cargo que lleva buscando desde hace ocho años.
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