Publicidad
21 May 2022 - 3:00 p. m.

Elisabeth Andrade, más valiosa que el oro negro

En el Día de la Afrocolombianidad, Elisabeth narra su historia de abuso sexual, desplazamiento forzado en el Chocó, amenazas y su esfuerzo por sacar adelante a su familia, crear y mantener su fundación, en la que ayuda a personas víctimas como ella.

Erick González G. / Especial para EL ESPECTADOR

Elisabeth Andrade lidera actualmente la Corporación Afro Indígena Mi Colombia y hace parte de la Mesa Distrital de Participación de Víctimas en Bogotá.
Elisabeth Andrade lidera actualmente la Corporación Afro Indígena Mi Colombia y hace parte de la Mesa Distrital de Participación de Víctimas en Bogotá.
Foto: Sebastián González

Primero de octubre de 2019. Las 5:45. La tarde cae como una colilla. Elisabeth Andrade acaba de salir de su fundación, en el sur de Bogotá. Lleva un encargo para su hermano. Camina desprevenidamente, pero algo la empuja a reparar en un motociclista. Observa cómo este se lleva la mano al cinto y saca una pistola. Su intuición, el ángel de la guarda o quien sabe qué, le advierte que esas balas son para ella. No sabe qué hacer. Solo fracciones de un santiamén la separan de la luz perpetua. El ángel de la guarda se le aparece en forma de camioneta negra que se atraviesa entre ella y el sicario que, apuntando, se queda con las ganas. La camioneta se detiene en el lugar preciso que tapa las entradas de una carnicería y ella, que ahora sí sabe qué hacer, se mete a la fama para, vaya paradoja, evitar ser carne muerta, aunque ahora la suya también tiene precio, pero en Colombia su valor no se tasa por libras ni kilos, sino por odios o inconveniencia.

“Van a matar a la señora Elisabeth”, grita alguien. Tirada en el piso, detrás de una nevera, un escalofrío requisa su cuerpo. Dos años atrás, también a finales del año, sintió el primer cimbronazo por un mensaje anónimo de WhatsApp que llegó al grupo de la Mesa Distrital de Participación de Víctimas, a la que pertenece desde hace cuatro años, en el que le auguraban sus propios servicios exequiales, cuando caminaba también, durante una tarde, con sus compañeros, en el sur de Bogotá.

“Señora Elisabeth Andrade y familia, sepa que la tenemos ubicada, ya sabemos dónde viven. ¡Váyanse! Y dejen los espacios de participación de víctimas”. No fue el único nombre. Así en la Mesa quedó servida la amenaza.

Ese día de 2017, sus recuerdos se pusieron en marcha. En 2019 también. Ese funeral que le pronostican y que está en pausa por unos segundos gracias a una camioneta, es el que tal vez hubiera querido hace tantos años para ella en Lloró, Chocó, el día que fue secuestrada o, más bien, a los 15 días que se la llevaron 20 hombres armados e irregulares, en 2002. Ese servicio fúnebre que le vaticinan llega tarde, no apareció cuando lloró y lloró por las dos semanas de vejámenes a las que fue sometida, día y noche, junto con otras dos mujeres con las que manejaba un restaurante. Unos recuerdos que ha superado, pero sobre los cuales tiene la conciencia de un forense. La memoria en estos casos es un escalpelo que cuando las emociones se descuidan hace su incisión.

Lea también: Los rostros afros del Congreso 2022-2026

La raíz de ese ultraje, según ella, fue el restaurante que manejaban. El menú estaba a la orden de los mineros, de la comunidad y de cualquiera de los grupos armados que merodeaban: Ejército, guerrilla o paramilitares, porque al cliente siempre se le tiene la sazón y porque un restaurante en la mitad del Chocó no se puede dar el lujo de tener preferencias por las AK-47 o por los Galil.

La ley del karma o de causa y efecto, en la que creen los orientalistas, y que los occidentales pueden ver en la frase “con la vara que midas serás medido” obra de maneras misteriosas: una camioneta le está salvando la vida por el momento, y otra camioneta, en la que las montaron para conducirlas a una vereda en el monte, se la complicó hace 20 años.

“Nos dejaron tiradas en la playa del río Atrato, y la comunidad nos daba por muertas. Duré tres meses en el hospital”. Elisabeth hubiera podido encaramarse en el poema El despertar, de la gran poetisa argentina Alejandra Pizarnik: “¿Cómo no me extraigo las venas y hago con ellas una escala para huir al otro lado de la noche?”.

Pero nunca se hubiera imaginado lo que encontraría al otro lado. “De las tres mujeres abusadas, solo yo quedé embarazada”, afirma, quien al despertar podría vociferar los demás versos de ese poema: “Qué haré con el miedo, qué haré con el miedo (…) Señor, arroja los féretros de mi sangre”.

“Me dijeron que tenía la opción de abortar con unas inyecciones, pero decidí que no”. No podía ocultar su gravidez. No podía echarle la culpa de su estado a algún hombre con el cual estuviera saliendo, porque antes del secuestro no había pareja a la vista, ni siquiera un reciente adiós. “Al principio, cuando las personas me miraban, me sentía rechazada, porque me avergonzaba de lo que me había pasado, hasta que entendí que ninguna mujer es culpable cuando un hombre la fuerza, menos cuando son veinte”.

Su familia acogió su nuevo estado. Sería su tercera hija. “Desde que la tuve en la barriga, siempre supe que la criatura no tenía la culpa de lo que me pasó; desde el principio la quise, era un pedacito de mi vida, era parte de mí, entonces la quise”.

No sabía quién era el padre, pero sí sabía que esa niña era solo suya, absolutamente suya y de nadie más.

Decidió marcharse por las miradas, pero la noche antes de su despedida, el duelo llegó al pueblo. “La guerrilla reunió a la comunidad en la escuela y mataron a mucha gente; a medida que los mataban, iban echando los cuerpos al río. Al inspector de la policía también lo asesinaron, y dieron 24 horas para irse de allí”.

La gran diáspora llegó a Cali, Medellín y Quibdó. Elisabeth arribó a Bogotá. Fue la única de su familia. Aprovechó que un hermano vivía en el sector de Molinos, cerca de la cárcel La Picota, al sur de la capital. Desplazada, con dos hijas —de tres años y año y medio— y con la procesión no solo por dentro, sino también por fuera: no tenía ni para un saludo.

Trabajó en una pescadería en Tunjuelito, que todavía existe, pero el dinero escasamente le alcanzaba. Sentía que no podía sacar adelante a las niñas. La depresión martillaba. “Estaba tan aburrida de la situación que atravesaba las calles sin importar que un carro pasara. Me sentía culpable de lo que me había pasado, me encerraba en el cuarto a llorar”.

Llamó a su madre y le dijo: “No entiendo para qué me trajiste a este mundo. Fui muy dura conmigo, pero fui recapacitando y saliendo de ese estado”.

Auxiliar a los demás, el remedio

La montaña rusa de la informalidad no impidió que desde el 2002 comenzara a pensar en los demás. En un comedor comunitario, al lado de su casa, ideó realizar talleres dirigidos a hablar con niños y jóvenes que salían del colegio del vecindario “para que no se la pasaran en la calle”. En octubre de ese año creó la Corporación Afro Indígena Mi Colombia, en la que acoge a todo el mundo sin distinción, una forma de dar ejemplo en la lucha contra el racismo, porque si algo ha caracterizado la violencia en Colombia es que no distingue razas ni géneros ni edades. Era la mejor estrategia: pensar en los demás para olvidarse un poco de sí misma. Para esa labor no la respaldaban cursos, capacitaciones ni talleres, solo su corazón, al que ni siquiera registró en Cámara de Comercio, porque lo que allí se certifica en estos casos es un sentimiento: ayudar al necesitado.

“Unas vecinas me tomaron la caña y empecé con 23 mujeres. Toqué puertas en la Casa de la Igualdad y en universidades para que fueran a alfabetizar porque había muchas mujeres, que también eran víctimas del conflicto, que no sabían ni leer, y así fui empezando”.

Con el tiempo, en la corporación ya legalizada, ha dictado talleres de emprendimiento, de empoderamiento, de política pública de juventud, de sexualidad responsable, entre otros temas enfocados, especialmente, hacia las mujeres y jóvenes. “Traigo talleristas de universidades, entidades y organizaciones, y he creado un colectivo de jóvenes constructores de paz”.

También pensó en sí misma y decidió capacitarse para tener su emprendimiento. En 2020 terminó el programa Colombia Emprende, del Ministerio de Trabajo y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), dirigido a víctimas de conflicto, en el que aprendió sobre marketing digital, coaching y contabilidad, entre otros contenidos.

En la actualidad forma parte de la Fase Tres del programa Yo trabajo por Colombia, del Ministerio del Trabajo, que estimula la generación de ingresos en la población urbana y semiurbana sobreviviente del conflicto armado, conocimientos con los que busca fortalecer su empresa de confección, con la que ha podido generar empleo.

Su hija, producto de esas dos semanas de infierno, la admira y le agradece en el alma que le hubiera dado la oportunidad de vivir. La joven ahora es gestora cultural y espera que la vida le dé la oportunidad de poder acceder a la educación superior, después de intentarlo sin fruto.

En pie de lucha

Desde hace seis años, Elisabeth hace parte de la Mesa Distrital de Participación de Víctimas, espacio al que llegó como representante de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras por dos años, tras los cuales estuvo como delegada de Vida y Libertad, en su segundo periodo, centrada en las personas afectadas por violencia sexual, secuestro y amenaza, para regresar actualmente, en su tercer ciclo, a ser la voz de las comunidades negras.

Ese espacio para interlocutar con instituciones y entidades, con el propósito de que los programas sí lleguen a las víctimas en el Distrito, es de donde la querían sacar ese día de 2019, que quedó en pausa párrafos atrás, cuando escondida esperaba esquivar la orden de asesinarla. El sicario que pasó de largo con la moto en su primer intento no se marchó. Dio la vuelta y regresó a la fama. Miró por un lado y por otro, y sería por el ángel de la guarda o quien sabe por qué, pero no la vio.

Ella seguía aterrorizada en el piso hasta que desistió de ajusticiarla y se fue. Su fama de sicario no se acrecentó. Lo vivido por ella la convierte en una de las 1′182.560 víctimas negras, afros, raizales y palenqueras que arroja el conflicto armado —de las que el Chocó registra el 18,8%, cifra que lo ubica en el segundo lugar después de Nariño (21%) y antes que Valle del Cauca (16,9%)—; también en una de las 35.046 víctimas por violencia sexual y en una de las 554.286 personas amenazadas.

Ahí, Elisabeth se dio cuenta de que las amenazas que ignoró eran reales, pero que no la detendrían, y también por eso cuenta su historia, “para que otras mujeres se levanten después de tantas caídas y continúen en pie de lucha”. Hace unos días tuvo entrevista, de las varias que ha tenido ya sin fruto, con la Unidad Nacional de Protección, porque alega necesitar un esquema de seguridad. Su misión bien lo vale. Los 1.800 mercados que entregó durante la pandemia a familias afectadas por la emergencia sanitaria confirman su valía.

Síguenos en Google Noticias