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“Miren”, dice Ruth Valdés, de 72 años, y gira su cabeza mientras observa a su alrededor. Se le nota cansada, está sentada en la acera al margen del escenario en frente del centro comercial Gran Plaza el Ensueño, en Ciudad Bolívar, mientras escucha el último discurso público del presidente saliente de Colombia, Gustavo Petro, durante el día de la Independencia. “Petro le ha dado visibilidad a comunidades que ningún presidente había tomado en cuenta: indígenas, negros, estudiantes…”, explica Valdés.
A su lado, tiene un cartel enrollado que protege del constante cambio de clima. Ruth Valdés, que ya es pensionada, lleva una gorra con la frase “voto decente”. Dice que vino a darle las gracias a Petro por la dignidad que le ha devuelto; por las pensiones que le ha dado a la gente y por su énfasis en la educación.
“Tuve cuatro años tranquilos. Si íbamos a manifestarnos, sabíamos que no nos iban a golpear”, precisa. Valdés le tiene miedo a como sean las cosas con el nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, su única esperanza es “que no haga tonterías”.
Ella es una entre la multitud que, desde el sur de Bogotá, acompañó al presidente Gustavo Petro, quien eligió esta localidad también como contraste con De la Espriella: despedirse en una de las localidades más pobres de Bogotá versus posesionarse en una guarnición militar.
En consonancia con ello, la cúpula militar se despidió poco antes del discurso, “porque lo acordé con la cúpula, porque la fuerza pública no debe participar en política”, explicó Petro luego en su cuenta de X.
El presidente saliente explicó que eligió Ciudad Bolívar porque allí impulsó, durante su tiempo como alcalde de Bogotá, la construcción de viviendas para familias vulnerables, un colegio público, el teatro El Ensueño y el edificio tecnológico de la Universidad Distrital. “En este lugar se expresó concentrado para la población de la localidad más pobre de Bogotá lo que fue la Bogotá Humana”, dijo Petro.
Mientras que De la Espriella lanzó varias pullas a la administración de Petro en Medellín, Petro las retiró a su sucesor diciendo, por ejemplo, “que el próximo presidente de Colombia será un sirviente de los mandatarios de Estados Unidos”. Al mismo tiempo, Petro utilizó otra vez la estrategia de Trump de no reconocer los resultados de las elecciones.
El discurso de Petro fue –aparte de extenso– lleno de símbolos. Petro llevaba una camiseta con la frase “somos la tierra del jaguar” – en contraste al “tigre” de De la Espriella. Entregó el sombrero de Carlos Pizarro, el asesinado líder del M-19, a su hija, la ahora exsenadora María José Pizarro. Y al comienzo de su discurso, dio la bienvenida, entre otros, a las madres, los jóvenes, campesinas, indígenas, afrocolombianas y la comunidad LGBTIQ+, acorde con lo que dijo Ruth Valdés.
Al lado de Petro también estaba Daniel Quintero, exalcalde de la ciudad de Medellín y ahora superintendente de salud, una figura cuestionable que tiene varios escándalos en investigaciones por presunta corrupción, sobrecostos y participación indebida en política.
También hubo momentos incómodos que se compartieron luego en las redes sociales. Su particular relación con la vicepresidenta Francia Márquez se podía observar cuando Petro habló de “Dimos en el blanco, y en el negro” y dio un toque en el hombro de Márquez, quien alzó la mirada.
Los asistentes tampoco escatimaron en símbolos: carteles agradeciendo a Petro en todos lados, banderas de la M-19, de Palestina, de la acción antifascista, un cuadro con un campesino en un caballo y Petro como muñeco de tela.
Para escuchar a Petro, algunos asistentes quitaron las vallas de seguridad instaladas en el lugar para acercarse al escenario principal. Otros llevaban sillas de plástico o se subían a sus bicicletas para tener mejor vista. Algunos subieron a la zona de prensa con el mismo objetivo –a pesar de que entre los aficionados de Petro existe un cierto escepticismo hacia los medios de comunicación.
El miedo de Valdés de que el nuevo presidente se decida por el camino de la violencia es algo que Petro aviva en su discurso. Nunca apuntar las armas a su pueblo, según Petro, es una orden de la Constitución y de Simón Bolívar, quien dijo “Maldito el soldado que apunta su arma contra su pueblo”.
Petro aparentemente se ve en su legado. No solamente porque, según él mismo, encabezó el gobierno que menos violencia ha ejercido sobre la sociedad colombiana, sino también en su pasado. “No fui guerrillero”, dijo Petro. “Yo fui oficial del ejército de Bolívar. Punto.” En medio de la multitud, un joven le dice a su amigo, con tono de desconcierto: “¿Cuándo volveremos a tener un presidente así?”.
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