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6 Nov 2022 - 2:00 a. m.

Fascismo: ayer y hoy (II)

Se cumplieron 100 años de la marcha sobre Roma. Análisis del fascismo histórico de Mussolini y su impacto en la actualidad. Segunda parte.
Las huellas del fascismo en Italia. En Roma, hace un siglo, miles de milicianos hostigaban la capital para entregar el poder a su líder, Benito Mussolini. El fascismo se abalanzaba sobre la débil democracia liberal, marcando para siempre la historia del mundo.
Las huellas del fascismo en Italia. En Roma, hace un siglo, miles de milicianos hostigaban la capital para entregar el poder a su líder, Benito Mussolini. El fascismo se abalanzaba sobre la débil democracia liberal, marcando para siempre la historia del mundo.
Foto: EFE - Álvaro Padilla

Los 100 años de la Marcha sobre Roma de Mussolini inmediatamente evocan lo que está sucediendo hoy. Por un lado, nos encontramos con un asalto sibilino, pero masivo contra la democracia. No vemos todavía, al menos no aún en la corriente principal del debate público, un intento de deslegitimarla. Pero sí el de neutralizar el que quizá sea su principal engranaje: la alternación pacífica en el poder. Todo el mundo quiere hacer elecciones. No todos están dispuestos a aceptar sus resultados. Cierto: esto también se aplica a izquierdas autoritarias. Pero, como en los viejos buenos tiempos del fascismo clásico, son las derechas extremas las que están proliferando. (Lea la primera parte de este ensayo, sobre el fascismo histórico en Italia).

Comencemos con el vecindario: en el momento en que escribo estas líneas, Bolsonaro no ha reconocido aún su derrota. Que un gigante como Brasil esté al borde de un ataque de nervios es una historia ya conocida. Pues ni más ni menos que en Estados Unidos, la democracia ha caído en una crisis semipermanente, atizada sin pausa por Trump, quien ya intentó un golpe de Estado (su propia marcha sobre Washington). Ojo: las elecciones parlamentarias que se avecinan podrían estar anunciando el retorno con toda la fuerza del autoritario magnate, solo que en mejores condiciones (por ejemplo, con más extremistas dispuestos a alterar los resultados en el aparato electoral, etc.). En Rusia, Putin no solo se ha eternizado en el poder, sino que, al calor de su guerra contra Ucrania, cierra cada vez más los ya estrechos espacios de disenso. En India, Modi impulsa un proyecto nacionalista étnico, agresivo y radical.

No solo los grandes gorilas del mundo han sido afectados por el fenómeno, sino que en muchos otros se han instalado ya, o avanzan, los proyectos extremistas. El húngaro Orban ha construido una alternativa “posliberal” tremendamente estable. En Polonia, el ultracatólico Partido Justicia y Libertad busca algo similar. En Italia misma, la reciente victoria de Melloni ha significado un paso adelante en la normalización de los nostálgicos del fascismo y el nazismo. Son algunos ejemplos entre varios otros posibles.

Por el otro lado las democracias, como hace un siglo, hacen gala de una impotencia creciente, y su atractivo disminuye gradualmente a los ojos de sectores amplios de la población. En todo el mundo, salvo quizás en nuestro continente, parecería estar en retroceso. Además, el globalismo, con todas sus virtudes, limita severamente el margen de maniobra para gobernar, por lo que se ha convertido en un blanco fácil, y no por casualidad uno de los mejores libros sobre la crisis liberal contemporánea se llama Gobernar el vacío (Ruling the Void, de Peter Mair). Hablando de libros, qué parecido horripilante tienen las condiciones actuales con las descritas por Karol Polanyi (La gran transformación) en su libro clásico sobre el cataclismo que condujo al desastre en la década de 1930.

Por desgracia, pues, parecemos estar viviendo en condiciones fértiles para peligrosas aventuras extremistas. Y sobre una base tecnológica muy superior. Ni Mussolini ni Hitler tenían Twitter. Tampoco bombas atómicas.

Los usos del término

Pero, ¿podemos y debemos llamar fascistas a tales aventuras? Aún más: ¿qué importancia podría tener el marbete que escojamos para nombrarlas?

Algún lector recordará que, cuando el gran goleador uruguayo Luis Suárez mordió a un adversario durante un partido del Mundial de Fútbol de 2014, le impusieron varias fechas de suspensión. El presidente de su país, Pepe Mujica, muy apesadumbrado, protestó contra esa sanción, que consideraba “fascista” (el siguiente partido era contra Colombia, que ganó brillantemente). Otra de las muchas anécdotas que, en lugar de generar malestar, dan colorido al entrañable personaje. Pero también una buena ilustración de la pregunta: ¿qué puede tener de malo usar la palabra como sinónimo de “malvado”, “exagerado” o “autoritario”?

Creería que en efecto el uso alegre del término “fascista” y sus derivados tiene al menos cuatro problemas serios. Primero, en lugar de ayudar a orientarse en el mundo, despista. Se pierde completamente la especificidad del fenómeno. Segundo, lleva el agua al molino de los extremistas actuales, que usan el término precisamente así (en la próxima sección explicaré por qué). Tercero, ser descuidado con la nomenclatura es siempre una práctica que termina siendo costosa.

Estos son los tres “pecados veniales”. Pero hay uno mortal: el fascismo fue un fenómeno tan extremo, tan brutal -por eso precisamente se convirtió en un vago sinónimo de maldad-, que su presencia alteró, como tenía que hacerlo, todo el esquema político de las fuerzas que se le oponían. Muchas alianzas, muchas tácticas y muchas estrategias, que son plenamente permisibles como resistencia al fascismo, no lo serían frente a otra clase de fuerza. Así que es mejor resistir la tentación de aplicar el marbete sin criterio, o con criterios ad hoc.

¿Tan cerca y tan lejos?

Los movimientos de derecha extrema actuales cumplen muchos de los criterios que planteé en la entrega anterior para identificar al fascismo genérico (fascinación con la violencia, naturaleza revolucionaria, defensa de la dictadura, nacionalismo agresivo y estatismo extremo). Hay muchas ilustraciones posibles de esto. Trump y sus apoyos se refocilan en la crueldad, la brutalidad y la humillación de los que consideran débiles. Se han burlado incluso del ataque a martillo que sufrió recientemente (al parecer incitado por la retórica republicana extrema) el esposo de la presidenta de la Cámara de Representantes.

En cuanto a su naturaleza revolucionaria, la extrema derecha contemporánea ha sido bastante exitosa al presentarse como el único desafío genuino al statu quo, al globalismo, a la corrección política, a las estériles convenciones del establecimiento. Un libro reciente de Pablo Stafanoni plantea una pregunta crucial: “¿La rebeldía se volvió de derecha?”. Creo que cuando esto realmente sucede, el éxito de los extremistas en esencia está asegurado. El ideólogo ruso Alexander Dugin (¿se acuerdan?: su hija fue asesinada recientemente en un atentado terrorista), muy apreciado en círculos ultraderechistas de Occidente, afirmó: “Nuestros predecesores conservadores han tratado de parar la revolución; nosotros debemos tratar de encabezarla”. Esto ya cae muy cerca de la retórica de la Marcha sobre Roma. Dugin también ha desarrollado un discurso jingoísta, pero en esto, claro, no está solo (“Hacer que América sea grande de nuevo”, etc.). A propósito, la ultraderecha actual es también bastante proclive al racismo agresivo, una característica de las variantes más virulentas del fascismo.

Encuentro, sin embargo, dos diferencias que se resumen en una sola idea: el ultraderechismo actual es mucho más libertario. Primero, como ya dije, no reivindica la dictadura ni el autoritarismo. Ya se oyen planteamientos que van en esa dirección, pero a la manera libertaria, precisamente: república sí, pero no democracia (ver por ejemplo https://slate.com/news-and-politics/2020/10/republic-democracy-mike-lee-astra-taylor.html).

Es decir, sí a las instituciones, pero no al gobierno de la mayoría ni al derecho a la participación (al tumulto). El ensayo sobre el tema del senador republicano Mike Lee es particularmente diciente (lee.senate.gov/2020/10/of-course-we-re-not-a-democracy). Cualquier lector iniciado entenderá en el acto que esto tiene tras de sí una larga y brutal tradición.

Segundo, su corriente principal (pues naturalmente aquí hay mucha variación) es profundamente antiestatista, algo inseparable de la enorme influencia de la cultura política estadounidense en el ultraderechismo actual. Ideólogos y estrategas de peso, como Steve Bannon o Kellyane Conway, denuncian furiosamente la intervención del Estado. En este sentido ponen a Mussolini de cabeza (“nada dentro del Estado, todo fuera de él”). Una brutal operadora política (y proclive a comentarios antisemitas) como Marjorie Taylor Greene puede adorar la violencia, pero compara a Biden con Hitler y denuncia cualquier actividad del Estado que no le convenga como “nazi” y “similar a la de la Gestapo”. El programa de fondo es la desregulación de todo, incluida la violencia (y los colombianos tendríamos que saber muy bien a qué puede conducir eso).

En fin, toda analogía histórica es peligrosa. Esta en particular. Pero a la vez, por la naturaleza del fenómeno, inevitable. Creo que nos acercamos a un “fascismo del siglo XXI”, con un aire de familia innegable con el original. Estamos cerca, pero aún no ahí. Ojalá no lleguemos. Porque, no lo olviden, las nuevas versiones que se están cocinando cuentan con redes sociales y bombas atómicas.

* Profesor de Ciencias Políticas, investigador, escritor y columnista de El Espectador.

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