¿Qué significa feminizar la política? ¿Se puede? ¿Quién puede hacerlo? ¿Hay que ser feminista para lograrlo? Son algunas preguntas que responde el libro de Ángela María Robledo (Editorial Planeta), que lleva como nombre ese concepto que cada vez más viene incorporándose en la discusión pública y política. Y más que responderlas puntualmente, ella pone de ejemplo su vida y su experiencia como mujer y política, atravesadas siempre por esa subjetividad de que lo personal y lo cotidiano es político. Es decir, las prácticas dentro del hogar, como lo explica la exrepresentante y excandidata vicepresidencial, son hechos políticos. El Espectador habló con Robledo sobre su primera publicación, lo que viene en su futuro, tras la decisión de la Corte Constitucional de anular su curul, y cómo ve el escenario electoral desde fuera del partidor.
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¿Este libro es el cierre de su carrera política?
Recuerdo una frase de Gabriel García Márquez que dice que en lo humano no hay nada definitivo. Yo siento eso en mi vida. Diría que es más bien el cierre de un ciclo de mi vida política, un cierre en el mundo de la política representativa y de mi paso por el Congreso de la República. Y con este libro tuve la posibilidad de hacer esa despedida a mi curul sin tanto dolor, luego de la decisión de la Corte Constitucional, que ratificó la primera decisión que tomó el Consejo de Estado en 2019. Me sacaron del Congreso, pero no de la política, porque la premisa del libro es feminizar la política con la revolución en casa, con los hechos cotidianos, con nuestras pequeñas batallas que son decisivas para demostrar que llevamos la política en nuestras prácticas diarias. Desde ahí yo seguiré haciendo política.
Seguirá en la política, pero hay quienes se preguntan qué rol va a tener en las actuales campañas al Congreso y Presidencia…
Voy a apoyar de manera decisiva a Estamos Listas. Y en Bogotá voy a apoyar la lista del Pacto Histórico, de manera especial porque está Alirio Uribe ahí. Yo quería que estuviera Juana Afanador, pero renunció al no encontrar condiciones. En la consulta tengo pendiente una conversación con Francia Márquez. Esa sería como la primera parte de estas elecciones. Mientras tanto, quiero mirar qué otras cosas puedo hacer con mi vida.
Tanto Francia Márquez como Estamos Listas promueven un proyecto político basado en el feminismo. ¿Por qué esta práctica se podría considerar un proyecto político para Colombia, que se compaginaría con el modelo de democracia que tenemos?
Creo que no se compagina con el modelo de democracia que tenemos, porque tenemos una democracia precaria, en peligro y peligrosa. Creo en el feminismo como una perspectiva de lo que es una democracia y un Estado cuidador, no solo como un movimiento de mujeres. Todos necesitamos ser cuidados, y la organización social ha naturalizado que esta tarea les corresponde solo a las mujeres. Entonces una propuesta feminista, como bien la condensa Estamos Listas o la puede enunciar una mujer como Francia Márquez, propende por un profundo cambio, que pasa por lo económico, cultural y político. Ahí es donde creo que el aporte feminista, que es una mirada crítica, es un componente muy importante de una democracia radical para Colombia.
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¿Qué elementos tenemos en el país para hablar de un camino hacia la feminización de la política?
Colombia tiene asomos, como la ley del uso del tiempo y el sistema del cuidado, que fue una propuesta en la que aporté, pero no se ha desarrollado. Se quedó en el escritorio del gobierno Duque, porque creo que lo sentían muy feminista. Hay algunos desarrollos de ese sistema como el de Bogotá, que deberá mostrar cómo el cuidado afecta la vida de las mujeres. En Nariño, Pasto, Cali y Bucaramanga se presentan avances en el mismo sentido.
¿Por qué dice que el proyecto de sistema del cuidado no se desarrolló por feminista?
La propuesta plantea generar condiciones de redistribución, reconocimiento y reducción, pero hay que tocar el origen de muchas de las violencias contra las mujeres, que es la división sexual del trabajo. Eso toca un Estado que tiene que participar mucho más en lo privado, que tenga mecanismos de redistribución, capacidad fiscal, tributación con perspectiva de género. Se puede pensar el cuidado de manera restringida o como un Estado cuidador. ¿Qué significaría que tuviéramos un Estado cuidador? Dejar de ser uno de los países que más invierte en guerra y defensa e invertir más en salud, alimentación y cultura. La categoría de cuidado es mucho más potente, porque interpela una forma de ejercer el Gobierno y al capitalismo, exige hablar de las prioridades de la sociedad. Para mí el cuidado es poner a las amas de casa en la primera línea. Por esta división sexual del trabajo se dice que no producen nada, son población económicamente inactiva, así las nombra el Dane y los indicadores internacionales. Para mí un Estado cuidador debe de reconocer la condición de las amas de casa como sujetas políticas, mujeres que aspiran a la autonomía económica, mujeres que tienen derecho a tener tiempo libre. Como digo, la feminización de la política empieza en casa, el cuidado y su práctica es profundamente revolucionaria, si lo tomamos en el sentido más amplio de la palabra.
Algo que reitera mucho en el libro es cómo en su casa se hacía política, se repartían los roles, ¿desde cuándo tomó consciencia que vivía en un hogar donde los roles se compartían y se intercambiaban muchas veces, y que eso era una práctica política feminista?
Yo sentía de manera intuitiva que ahí había algo distinto a cómo vivían otras familias en Manizales. Y algo distinto que se materializaba en la posibilidad de tomar decisiones, de tener libertad para hacer cualquier actividad, de encarretarme con la literatura, de vivir con una mamá que no era feminista, pero su forma de ser y vivir lo era, y la de un papá con una responsabilidad en casa profundamente revolucionaria. Y cuando yo me encuentro en el mundo profesional con una consciencia sobre qué es el feminismo como práctica epistemológica, como activismo político, descubro que lo que decían feministas como Nancy Fraser, Silvia Federici y Rita Segato sobre la redistribución del cuidado y el hogar como lugar para interpelar un sistema económico, cultural y social se vivía en mi casa. Entiendo que allá teníamos una revolución doméstica que me había abierto al mundo.
¿Cuándo empezó a reconocerse como feminista? ¿En la universidad?
Fue mucho más ahí. Ahí hay una condición y es que uno se va haciendo feminista, no se nace, porque este no es un asunto esencial y natural, sino una construcción histórica y una práctica que hoy atraviesa no solo la razón de deconstruir nuestro ser de mujer, sino, también, los hombres y todas las formas de habitar el mundo. Y fue mucho más en mi llegada al Congreso donde, quizá, se hizo ese despliegue de condición y de reconocimiento y de nombrarme y enunciarme como feminista. La academia me nutrió profundamente, pero el punto más fuerte fue cuando hago la campaña con Gustavo Petro y me paro, claramente, como feminista. Insisto en el feminismo como una práctica, que está muy afincada en la micropolítica, lo cotidiano. Este es un mensaje para las mujeres, para que nos preguntemos cómo nos paramos en el mundo, qué queremos ser, cómo nos soñamos en el mundo. Hoy encuentro a una Colombia feminizada. Pienso que el estallido del año pasado fue la expresión más clara y contundente de la feminización de la política en las calles colombianas, y sobre todo en las mujeres más jóvenes.
Que ahora está traducido en movimientos como Estamos Listas al Senado...
Ellas encarnan las premisas del libro, y es que la feminización de la política pasa por la consistencia entre medios y fines. O sea, puedes encontrar una izquierda con una propuesta democrática y de transformación y cambio democrático, pero en sus formas y medios todavía está afincada en prácticas tradicionales y patriarcales. Falta mucho en los movimientos alternativos más democracia y condiciones reales de tener voces que interpelen, incluso dentro de las mismas organizaciones políticas, sin ser estigmatizadas, castigadas o violentadas. Estamos en el mundo para, como dice Sara Atdmen, ser aguafiestas, para decir no todo está bien, para ser vehementes, para pararnos con fuerza. Entonces creo que es un camino y yo me atreví a esbozar uno con mi historia y el libro.
Como psicóloga, ¿qué creería que fuera de Colombia si los políticos tienen prácticas terapéuticas y tramitan sus sentimientos, como usted lo hizo con este libro?
Lo que siento que ha pasado en los últimos años en Colombia, algo con el Acuerdo de Paz y las movilizaciones de los jóvenes, es que nos están pidiendo una práctica política distinta, afincada más en la sororidad y la fraternidad. Este es un país que necesita nombrarse, hablar, hacer catarsis, salir del negacionismo, que es un concepto fundamental en el patriarcado. Eso debería empezar en las escuelas, de poder escribir, de nombrar, de narrar, eso sanaría muchas heridas. Y nos permitiría reconocernos en nuestras diferencias.
Exteriorizar los sentimientos es una forma de estética de la política, y hablar de estética en política, para muchos, es banal y superficial. ¿Cómo devolverle la belleza a la política?
No son cosas de devolverle. Cuando una oye a una lideresa social en Colombia, de su trabajo, de su tarea, yo veo ahí una obra de arte. Me parece que este país está lleno de esas perspectivas, pero no lo reconocemos, porque la estética, además de lo bello material, es el sentido que le atribuyes a tus acciones. Todo el trabajo de la Comisión de la Verdad, además de político, es estético. Creo que lo que hay que hacer es nombrar y decir que hay una estética presente, y que eso le da pleno sentido a la acción política. ¿Cómo te devuelves en eso? No en las grandes narrativas ni en los grandes discursos. En la micropolítica que está en las acciones cotidianas, como lo digo citando a Rita Segato. Ella habla de lo doméstico, pero diría que en lo cotidiano que podemos hacer día a día, alrededor de los proyectos de cómo pararnos en el mundo y poder vivir mejor.
Usted introduce dos arquetipos que reconoce en usted: la amazona y la orfebre. ¿La Ángela María política es la unión entre la amazona y la orfebre?
Por mi trabajo terapéutico, el inconsciente es una fuerza potente y de vida, que, si lo trabajas, hace que la vida no se vuelva un destino ciego, que no sabes ni por qué haces las cosas. Y en ese trabajo terapéutico emergen esos dos arquetipos. Siento que durante mi ejercicio y paso por el Congreso intenté hacer una tarea que me parece bella, de una orfebre. O sea, haberme acercado a la paz, trabajar con las mujeres, salir a los territorios, no tener ninguna práctica de clientelismo. Y otras veces me tocaba pararme como amazona a defender los proyectos, a decir no contra la cadena perpetua, no a la cárcel contra niños, no a acabar con la JEP. Me muevo en esas dos figuras. Es un inconsciente que irrumpe, que trato de entender y que me ayuda a hacer mi trabajo cotidiano día a día. Creo que tenemos una mitología personal y eso ayuda al autoconocimiento, al autocuidado, y no hay que ser una escritora para poder descubrir un poco sobre cuáles son esos arquetipos y cómo te pueden servir para moverte.
¿Qué le falta a luchar a esa amazona y a esa orfebre por sentir y hacer?
A veces el mundo occidental nos ha hecho vivir en una binariedad. O eres una cosa o eres la otra. Creo que el esfuerzo que he hecho en mi vida es por armonizarla, porque fluyan mucho más. Lo que quisiera en esta etapa de la vida es que fluyan ambas, que pueda escudriñarlas más, entender a esas amazonas que tienen que vivir la vida de manera tan fuerte, pero no renuncian a esa condición más estética de su vida cotidiana y del mundo de la política.
En el libro dice que la culpa es un dispositivo de control contra las mujeres, ¿ha sentido culpa como mujer en la política?
Para las mujeres sí ha sido una carga muy pesada la condición de que eres la responsable casi de la vida y la reproducción social. Si no hubiese reproducción social tampoco habría condiciones para la producción. Es una tarea que debemos hacer las mujeres y que empieza con el costo de la responsabilidad de tus hijos a costa de estar haciendo otro tipo de tareas, yo lo viví en el Congreso y en otros espacios. Yo lo oí en congresistas, que las mujeres deberíamos estar en la casa, cuidando a los hijos, que miren la drogadicción, los vándalos. La culpa es uno de los elementos fundamentales que maneja el patriarcado, en términos simbólicos y en términos de relaciones sociales.
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¿Qué duelos ha hecho en política?
Los duelos son reconocer la pérdida y hay que hacer esos duelos porque hay que pasar de la melancolía, que te paraliza, a la tristeza. He hecho como dos duelos fuertes en la política. El primero fue cuando perdí la curul y me anularon la credencial. Me parece que le quitaron una voz a la oposición, a ocho millones de votos que yo representaba en la Cámara de Representantes. Por esto sentí un daño moral a una carrera política que había sido muy destacada, reconocida como una de las mejores congresistas y por la tarea que había hecho en el tema de la paz. Además, sentía que fue una decisión injusta, porque Marta Lucía Ramírez había estado en la misma condición mía, pero a ella le conservaron su cargo. Lo que pasa en diciembre de 2021 es una ratificación, me confirma que ahí hay algo político. Creo que pesó el tema de que soy una mujer feminista, que tengo una agenda políticamente incorrecta, que soy vehemente, que molesto, que incomodo, sobre todo a mujeres godas, tradicionales, que están en estas altas cortes, pero estaba preparada. Yo me preparé y el libro me ayudó a prepararme a que iba a llegar esa decisión, que ha dolido.
¿Y el segundo duelo?
El segundo duelo fue cuando me retiré de Colombia Humana, porque yo me la había jugado por estar ahí. Tomar la decisión de apoyar a Petro me costó personal, política y familiarmente. Yo tenía un sueño en Colombia Humana cuando hicimos los estatutos, la asamblea en la Plaza de Bolívar, cuando teníamos el sueño de que Colombia Humana iba a ser no solo un partido político, sino una apuesta de transformación cultural, económica y social para el país. El distanciamiento con Gustavo Petro se dio, principalmente, por no haber aceptado ser candidata a la Alcaldía de Bogotá, porque yo quería recuperar la curul de la paz. Se lo dije a él. Sentía la responsabilidad de que los ocho millones de votos fueran reparados al devolver mi curul. Ahí se produjo la fisura y luego vino lo de Hollman Morris, que es un elemento más. Después de eso recibí ataques muy fuerte de esa horda que no es todo Petro, ni los petristas, y a mí me dolió.
¿Ese distanciamiento con la Colombia Humana y Petro sigue?
Sigue, lo que no quiere decir que no reconozca que el programa del Pacto Histórico quizás es el que más eco hace en mí. Así fue como me pasó en 2018, cuando vi lo que estaba proponiendo Sergio Fajardo en el Verde y Petro en Colombia Humana. Este último resonó conmigo, y dije que me iba con Petro. Me pasa algo similar ahora. Hay figuras en el Pacto Histórico que quiero mucho y reconozco profundamente, como a Iván Cepeda, Aída Avella y Alirio Uribe. La tarea que ha hecho Wilson Arias también es maravillosa y reconozco también un trabajo interesante que apenas comienza, como el de María José Pizarro y David Racero. Y hoy está allí Francia, que es quizá la mujer con la que siento políticamente mayor resonancia. De Petro sigo diciendo que es un hombre valioso, capaz, lúcido, pero que a veces tiene un talante caudillista que no me gusta y me parece que es algo que debe trabajar. Yo no sé si con terapia, pero debe aprender a lidiar con eso que le aplaude tanta gente.
¿Qué pasó con la Coalición de la Esperanza, que ahora es Centro Esperanza?
Políticamente, quien me invita a participar es el Partido Verde, que en un principio hacía parte de la coalición. Fue un experimento complejo, porque era estructurar la coalición y que el Verde tuviera una candidatura para que participara en esta. Ese sueño político se quebró, por todo lo que empezó a ocurrir en el partido, por las divisiones internas que hubo entre la coalición y el Pacto Histórico. También porque Sergio Fajardo quería el aval verde y hubo una oposición muy grande de sectores de que entrara a la colectividad. Entonces en una reunión se dijo que si no entraba él, yo tampoco podía.
¿Pero más allá de lo que ocurrió con el Verde, ¿hubo dificultades para su participación dentro de la coalición?
En la coalición hay personas que conozco y me parecen unos hombres muy respetables, pero sin disposición a abrirse a un debate de una agenda donde el feminismo tuviera una expresión más fuerte, y terminaron haciendo lo que hacen los patriarcas. Se reunieron, decidieron que lo del Verde estaba enredadísimo, que Camilo Romero les amargaba la vida y que entonces dejaban al Verde por un tiempo. Yo no estuve de acuerdo con eso y además me avisaron tarde. Y empecé a sentir que no me tenían en cuenta para las decisiones. También vi que programáticamente no había una propuesta de transformación real para Colombia, que es lo que se necesita. Me parece que el tiempo me ha dado un poco la razón. O sea, la coalición no ha logrado consolidar una propuesta programática, ha sido muy errática y tampoco creo que hayan logrado comunicar cuál es la esperanza.
Que entra Carlos Amaya y que ahora entra Íngrid, y que si los apoyaba Colombia Renaciente o la ASI. Ese es otro punto. Yo no estaba de acuerdo que entrara Colombia Renaciente y la ASI, porque dije que en el último tiempo eran partidos que se habían vuelto carteles de avales, no me parecía que esos dos movimientos estuvieran ahí para simplemente abrir el espacio de avales para los candidatos. Me decían que era el tiempo del pragmatismo, pero en aras del pragmatismo se han hecho aquí alianzas con el diablo. Solo estuve cuatro o cinco semanas, pues no encontré un espacio político. Dirán que me faltó fuerza, seguramente, pero no sentí que había una disposición real y profunda de abrir espacio para feminizar la política.
¿Íngrid Betancourt podría feminizar la política en la coalición?
No creo. Íngrid Betancourt es una mujer que respeto, su vivencia en el secuestro y la forma como ella ha recogido esa historia y la ha contado, su disposición para la paz, pero políticamente ella ha sido una oportunista. Ha llegado a las campañas cuando están avanzadas. Lo digo porque me encontré con ella en la campaña a la segunda Alcaldía de Mockus, cuando la respaldó en el último momento. Igual con Petro en 2018. Vino a decir que era la maravilla. Ahora sale a decir que es la extrema izquierda. Eso me parece oportunismo político. Y tampoco creo que recoja las banderas del feminismo, no la he oído hablar al respecto. Ahora todas son feministas. Si hasta Marta Lucía Ramírez dice que lo es. Ahí hay una alerta en mi libro y es qué está pasando en el mundo con la instrumentalización del feminismo. Aquí hay un feminismo que el neoliberalismo ha tomado para hablar de las no violencias, del empleo. Feminizar la política para mí es una profunda transformación de la sociedad.
¿Y cómo ve el Equipo por Colombia y las dificultades de que se una con el uribismo?
El Equipo Colombia me parece que está conformado por un grupo de personajes que algunos de ellos han hecho de la política un excelente negocio. O sea, Enrique Peñalosa y Alejandro Char. Ellos son negociantes y gerentes de la política. Echeverry se fue porque no marcaba en ningún lugar. Barguil es un hombre que tiene muchos cuestionamientos en la forma como asumió su tarea en el Congreso de la República. Él nunca iba y que ahora venga a reivindicarse... Y a Peñalosa le sirve lo que sea. Si Cambio Radical le daba el aval, se iba para allá. Ese sí que es un paracaidista de la política. Le da lo mismo que lo avale el Centro Democrático, la U, Conservadores. Ahí no hay una propuesta política. Ya vimos lo que pasó con un empresario en la política como Donald Trump. Lo mismo veo que pasa con Rodolfo Hernández. Ellos gerencian negocios. Y algo hacen en las ciudades, no voy a decir que no, pero me parece que no representan ningún cambio. Ellos son la continuidad de estos gobiernos que nos tienen en ser uno de los países más desiguales del mundo y en una guerra perpetua. No son nada distinto al uribismo. El Equipo por Colombia es Álvaro Uribe con distintas pintas.
¿Considera que fue correcta la decisión de Francia Márquez y Soy porque Somos de quedarse en el Pacto Histórico?
Creo que lo que ha hecho Soy porque Somos, porque Francia está afincada en esa colectividad, ha sido ganancia en términos políticos. Y siento que hace bien quedándose en el Pacto Histórico. Reconozco que la han maltratado, pero ella tenía un compromiso fuerte con su gente, además ya tenía el apoyo del Polo, no era una decisión de ella sola. Fue una deliberación colectiva, que se debe de respetar. Eso sí, debe continuar interpelando al Pacto Histórico y sus prácticas de poder trazadas por el patriarcalismo. Aquí la izquierda ha sido también patriarcal y ha considerado que la única lucha es la de clases. Se necesitan dar otros debates que no solo toquen la redistribución y amplíen las discusiones, reconociendo al feminismo como una alternativa.
En un fragmento que compartió de su diario en 1996, decía que todavía no era la que quisiera ser. ¿Es hoy la Ángela María que quisiera ser?
Estoy siendo. Soy porque somos. En Honda, le pedí permiso a Francia para decir que estaba ahí porque somos un nosotras y tiene que ver con que fluya más esa condición de ser amazona y ser orfebre, siempre en clave colectiva. Afortunadamente, siento que la tarea no se ha cumplido, que la tarea es abierta. Para mí, la práctica política siempre ha sido una práctica política abierta, por eso no he sido pragmática y no tomo decisiones contando los votos que vienen de lado y lado. He hecho política con libertad, sabiendo que tengo ataduras en mi historia y biografía, pero es buscar hacer una política desatada de cosas que me podrían hacer sentir que no estaba respondiendo a unos principios, que son los elementos que me iluminan para dar mis pasos.