
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La educación es uno de los mecanismos más concretos para ampliar oportunidades y transformar las condiciones de vida de una sociedad. Su impacto no se limita a la obtención de un título; más bien, define la capacidad de las personas para participar activamente en la economía, crear conocimiento, adaptarse a cambios sociales y tecnológicos y tomar decisiones informadas. Pero para que cumpla ese papel, el sistema educativo debe responder a las desigualdades territoriales y reconocer la diversidad de quienes aprenden.
Así lo plantea Marta Luisa Montiel, decana de la Facultad de Educación de la Universidad El Bosque, para quien el principal desafío educativo del país está en las brechas que persisten entre las grandes ciudades y las regiones, así como entre la población urbana y rural.
Y si bien Colombia ha avanzado en la ampliación de la cobertura educativa, ese progreso implica trasladar la discusión hacia la calidad y la pertinencia de la formación que reciben los estudiantes en zonas distantes de los centros urbanos.
“Aunque hayamos aumentado la cobertura en educación, creo que ahora hay que hablar del tema de la calidad. Una responsabilidad, por ejemplo, de las universidades, es llevar esa educación de calidad también a las regiones. Temas como el bilingüismo, en Bogotá funciona bien, pero en las regiones es muy poco común y ahí empiezan a marcarse diferencias. Eso puede impactar en el futuro del país, en productividad, en innovación y en generación de conocimiento”, explica la decana.
Para la académica, el idioma no es solo una competencia adicional, es una puerta hacia relaciones internacionales, fuentes de información, intercambios y oportunidades de formación. Y esa diferencia, advierte, revela la desigualdad que existe entre los recursos educativos disponibles en las ciudades principales y los que reciben los estudiantes en otras partes del país.
Ahora bien, estas diferencias también se expresan en la conectividad y en el uso que las personas hacen de ella, pues tener acceso a internet no garantiza que se cuente con las habilidades para investigar, aprender, crear o aprovechar recursos educativos y laborales.
“Cuando tienes una herramienta tan poderosa, pero no sabes usarla, ahí tenemos un problema”, advierte Montiel. Por ello, considera importante una alianza entre el Gobierno, las universidades, los colegios privados y otros sectores para llevar educación de calidad a los territorios.
“La prioridad es enseñar a aprender: formar personas capaces de actualizarse, hacer preguntas pertinentes, interpretar datos y adquirir nuevas habilidades cuando cambien las condiciones de su profesión”, enfatiza la decana.

Un aula que se nutre de las diferencias
El modelo tradicional de enseñanza (un docente frente a un grupo numeroso de estudiantes) tiene límites evidentes frente a una población tan diversa como la colombiana. Para Montiel, cada estudiante llega al aula con formas distintas de aprender, motivaciones, emociones y antecedentes socioculturales que no pueden tratarse como si fueran iguales.
El reto, entonces, es avanzar hacia una educación más personalizada, capaz de identificar qué requiere cada persona para construir un proyecto de vida con propósito. Esto no significa que cada estudiante deba tener un sistema aislado, sino que las instituciones desarrollen metodologías, apoyos y formas de evaluación que reconozcan las diferencias sin reducir las expectativas de aprendizaje.
“En la Universidad El Bosque tenemos una Maestría en Educación Inclusiva e Intercultural que ha tenido muchísimo éxito. Precisamente porque allí les damos a los profesores y maestras las herramientas que necesitan para poder tener experiencias exitosas de inclusión en el aula. Y lo hacemos de todo corazón porque creemos en eso. Cada uno de nuestros estudiantes es nuestra responsabilidad, y tenemos que encontrar otras formas de educar y no quedarnos únicamente con el aula tradicional”, enfatiza la decana.
Ahora bien, esta visión permite entender la multiculturalidad no como un elemento añadido al contenido académico, sino como esa ventaja que nutre el aprendizaje porque expande la manera en que estudiantes y docentes comprenden el mundo.
Esta visión exige replantear el papel de la escuela y la universidad, pues más que espacios donde el conocimiento fluye en una sola dirección, deben existir escenarios de conversación, contraste de perspectivas y construcción colectiva, en donde la edad, el origen, la cultura o la trayectoria académica no eliminan la posibilidad de aprender de otros y nutren la experiencia educativa.
La Universidad El Bosque, explica la decana, trabaja desde un enfoque biopsicosocial y cultural que entiende a las personas en múltiples dimensiones. Desde allí, la educación debe dialogar con otras disciplinas, salir de las aulas y participar en los asuntos que atraviesan al país.
Porque el mayor reto es lograr que el conocimiento se traduzca en oportunidades y en mejores condiciones de vida. En un país marcado por diferencias territoriales, sociales y culturales, la calidad educativa no puede ser un privilegio asociado al lugar de nacimiento.
Pero para cerrar esa distancia es necesario formar docentes, fortalecer capacidades locales y reconocer que la diversidad fomenta una educación más precisa, justa y conectada con la realidad de quienes aprenden.