indsay Clancy pidió ayuda muchas veces. Así lo sostuvo su defensa en un estrado judicial de Massachusetts, Estados Unidos. En 2023, tras presuntamente quitarles la vida a sus tres hijos menores de edad, abrió la ventana y se lanzó al vacío.
Por supuesto, fue imputada con cargos penales. El juicio fue declarado nulo la semana pasada, luego de que un jurado no lograra llegar a un veredicto sobre si es una criminal o una paciente psiquiátrica. El caso, no obstante, puso sobre la mesa las fallas que pueden enfrentar las mujeres en una emergencia médica, como la psicosis posparto, mucho más rara y grave que la depresión posparto.
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Para “Psychiatric Times”, un diario estadounidense especializado en salud mental, el caso Clancy ha servido para visibilizar la salud mental de las madres, pero no ha explorado todas las aristas para que un escenario así no se repita. Incluso ha consultado voces que comentan que la salud mental no se limita únicamente a un episodio, sino a una línea del tiempo donde la crianza, el parto o la lactancia pueden desencadenar algunos cuadros como depresión o ansiedad, sumado a sentimientos de culpa o miedo.
“A menudo nos enfocamos en historias de salud mental cuando la violencia está involucrada. Si el mensaje solo se centra en el riesgo, y no en la identificación de las causas y su tratamiento, crecerá el temor que las mujeres que lo viven no busquen tratamiento o hablen de ello debido al estigma y el miedo”, explica.
Zonas grises
El caso Clancy es extremo y excepcional. Precisamente por eso, expertas consultadas por El Espectador comentan que no debería utilizarse para representar a las miles de mujeres que atraviesan diagnósticos de salud mental durante el embarazo y el posparto. En Estados Unidos la opinión pública se ha dividido en dos bandos diametralmente opuestos frente al caso Clancy. Están quienes (como la Fiscalía) alegan que era consciente de sus acciones y debe responder por sus actos. Incluso han traído a colación un caso casi idéntico, el de Timothy Jones Jr.: un hombre que en 2014 fue condenado a pena de muerte por estrangular a sus cinco hijos y que apeló a un argumento de salud mental por sus conductas.
En el otro bando hay mayoritariamente mujeres y madres que, aunque no piden la absolución de Clancy, demandan que el juicio tenga en cuenta las cargas de maternar, criar y sostener a una familia. Este grupo asegura sentirse identificado con algunos aspectos de su historia: son madres que viven cargas emocionales y que, en lugar de destinar tiempo a su propia salud mental, deben priorizar el hogar y el cuidado de los bebés. A esto se suman cambios físicos y hormonales del embarazo y cargas sociales asociadas a la maternidad.
Luz Buitrago, psicóloga y directora de la especialización de psicología clínica de la Universidad de El Bosque, explica que la maternidad no se reduce a un período específico en el calendario y, más bien, debe atenderse como una secuencia de meses y años en que las madres también pueden experimentar cargas, duelos o sensaciones que afectan su vida.
“La madre tiene necesidades propias, no solo los bebés. Una crianza real está muy lejos de ser perfecta, hay equivocaciones, impotencia, cansancio, dudas, falta de tiempo y se han mantenido en silencio durante años”, comenta Buitrago.
Cargas pesadas
Al debate han llegado voces que argumentan que el peso de la maternidad no debe recaer únicamente en la madre, sino distribuirse con la pareja y las redes de apoyo.
Pero Carolina Jiménez, psicóloga y vocera de la Fundación Salomé Nieto, que atiende familias de niños neurotípicos, comenta que hay realidades invisibles que no se están atendiendo, ni desde la medicina o las políticas públicas.
En Colombia, por ejemplo, el DANE ha revelado esta realidad. La Encuesta de Uso del Tiempo reveló que el cuidado no remunerado es una tarea impuesta socialmente por el género y que obliga a las mujeres a emplear el 30 % de sus vidas a tareas como la crianza o la maternidad. El sondeo, titulado “Las cifras de la desigualdad”, no distingue a las madres de otras mujeres sin hijos que también están supeditadas al cuidado. Pero Jiménez comenta que maternar multiplica ese cuidado y, a la par, deja olvidados otros aspectos que sostienen la salud mental de las madres, como las redes de apoyo, el manejo de emociones o incluso otras más elementales, como actividades que son imposibles de hacer con un bebé. “No puedo asegurar bienestar a otra personas si como mamá no estoy bien. Experimentamos vacíos demasiado grandes y responsabilidades sociales desde antes del embarazo hasta después del parto”, dice Jiménez.
Guardar la proporción
Tanto Buitrago como Jiménez explican que el caso no puede convertirse en una representación de la maternidad ni de las mujeres que atraviesan problemas de salud mental después de tener un hijo. La violencia que rodeó su historia es excepcional y, precisamente por eso, obliga a separar los homicidios de una discusión más amplia: ¿qué ocurre con las madres que sufren, que se sienten desbordadas, que no duermen, que cargan con culpa o que necesitan atención?
Incluso hay ejemplos de cómo organizaciones de mujeres se juntan para atender, entre ellas, su salud mental y otros flancos que dejan desprotegidos sus derechos. Ese es el caso de la Fundación Milagros, un grupo de mujeres en Barranquilla que ha atendido más de 800 madres jóvenes y cabezas de hogar donde son escuchadas y tramitan sus emociones antes de desencadenar cuadros psicológicos.
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La pregunta no es únicamente qué pasó con Clancy cuando ocurrió la tragedia, sino qué tan preparados están las familias, el sistema de salud y las políticas públicas para reconocer y atender el deterioro de la salud mental materna antes de que una situación llegue a convertirse en una emergencia.
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