“Mayo fue un mes lleno de cosas buenas”, dice Claudia Quintero, quien ha dedicado los últimos 10 años de su vida a combatir la explotación sexual. La Corte Suprema de Justicia reconoció que la prostitución o el trabajo sexual, en lugar de una actividad comercial, es una forma de violencia contra las mujeres. Junto a ese precedente jurisprudencial, llegó un premio para Quintero, una mujer que sobrevivió a la explotación y ahora, desde cualquier escenario, busca mostrarle al país los efectos de este delito.
Hace una semana, la Embajada de Francia en Colombia reconoció la lucha de más de una década de Quintero, quien hoy también es la directora de la Fundación Empodérame, una corporación que rescata y tiende la mano, anualmente, a 500 niñas que han sido víctimas de explotación.
Pero en el calendario también aparecen fechas críticas. El Espectador habló con Quintero sobre los retos que se vienen para Colombia en plena época electoral para escoger un nuevo presidente el próximo 21 de junio. La lideresa y defensora de derechos humanos concuerda en que, sin importar quién llegue a la Casa de Nariño, tendrá que poner sus ojos y su voluntad política en un problema que, de acuerdo con datos de la ONG Valientes, ha dejado más de 11.139 menores de edad absorbidos y condenados a vivir su niñez en medio de redes de delitos sexuales. Entrevista.
En menos de tres semanas Colombia recibirá un nuevo presidente en la Casa de Nariño. ¿Cómo llega el país para responder a este problema que usted señala como urgente y necesario?
Colombia cuenta con normas favorables para las víctimas y también tiene fiscales, jueces y magistrados que comprenden el problema. Una muestra es la reciente sentencia SP287-2026 de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, que declaró que la prostitución es un sistema de violencia sexual, no un trabajo común, y que quienes pagan por servicios sexuales no pueden verse solo como consumidores, porque el cuerpo de una mujer no es un objeto de intercambio comercial.
Eso es justamente lo que las sobrevivientes y las abolicionistas hemos sostenido durante años. Que hoy lo afirme la Corte Suprema es un respaldo jurisprudencial relevante y, al mismo tiempo, un contraste directo con la política del gobierno actual, que sigue avanzando en sentido contrario.
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Por ejemplo, frente a los diálogos de la Paz Total, las metodologías deben incluir el fenómeno de la prostitución como una categoría de negociación, ya que es una de las economías ilegales que estos grupos al margen de la ley está usando para fortalecerse económicamente.
La ruta de atención a víctimas de trata está en el papel, pero no se materializa, no hay apoyo material ni vivienda segura para ellas.
En reparación, que es la deuda más importante, Colombia todavía no reconoce de manera sistemática a las víctimas de trata de personas, como sujetas plenas de reparación integral. Mientras se siga llamando a la explotación sexual “actividad sexual paga” se van a seguir borrando a sus víctimas.
Informes han alertado que este delito ha avanzado, pero los mecanismos para mitigarlo y sancionarlo no lo han hecho con la misma rapidez. ¿Cuáles son esas formas de explotación y violencia que hoy predominan en Colombia?
Las rutas de la explotación se han diversificado y sofisticado, pero las condiciones que las hacen posibles siguen siendo las mismas: carencias económicas y emocionales, racismo, desplazamiento, ausencia del Estado y demanda masculina sostenida.
El “enganche” ya no ocurre únicamente en terminales de transporte o zonas de conflicto. Ocurre en redes sociales, la explotación digital es una de las preocupaciones más grandes que tenemos. Hay una modalidad que queremos advertir porque sigue siendo invisible para mucha gente se trata del “lover boy”. Es un hombre que se acerca a una mujer o niña fingiendo ser su pareja, construye un vínculo afectivo, genera dependencia emocional, y cuando ya la tiene atrapada, la introduce en la explotación sexual. Es una de las formas más difíciles de identificar y de las más agresivas psicológicamente hablando.
También hemos visto un incremento de mujeres migrantes venezolanas en situación de explotación sexual y la razón es una decisión política del gobierno. El gobierno Petro les quitó el Permiso Temporal de Protección que les permitía trabajar, acceder a salud y estudiar y puso una visa de “visitante” que tiene requisitos difíciles para ellas. Este problema hace que su salida de la explotación sea más difícil.
El poder Ejecutivo se disputa entre dos contendientes ideológicamente distintos para la segunda vuelta. De la presidencia depende la voluntad política, los esfuerzos articulados y los recursos para hacerles frente a la trata y explotación sexual. ¿Qué mensaje deberían escuchar cada uno de los dos candidatos para solucionar este escenario?
Al próximo presidente le diría varias cosas: Colombia necesita una política pública integral frente a la trata de personas y la explotación sexual que tenga presupuesto, voluntad política y enfoque diferencial.
Cada entidad hace actividades, acciones, pero sin conexión y se quedan en actividades sin monitoreo ni resultados eficaces.
Se debe perseguir el dinero de los tratantes, fortalecer el fondo para víctimas de trata de personas y aplicar la extinción de dominio tal cual como lo permite la ley. La plata de las víctimas está ahí, es solo actuar con inteligencia.
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La sociedad debe cuestionar la demanda, es decir a los que compran niñas, mujeres y personas LGBTI como si fueran objetos. Y el próximo presidente debe combatir firmemente las redes de trata de personas que se conectan con grupos extorsivos, tráfico de sustancias, de armas y sistemas de “gota gota” y apuestas. La inteligencia del Estado debe funcionar para desmantelarlos y rescatar a sus víctimas.
¿A qué retos se enfrenta Colombia y la institucionalidad en el próximo cuatrienio para hacerle frente a la explotación?
Frente a la prostitución existen dos posturas políticas que hoy se disputan los marcos legales y los recursos de la cooperación. Una es la del llamado “trabajo sexual” que sostiene que la prostitución puede ser una actividad tributable y que lo que hay que hacer es regularla, reconocerles derechos laborales a quienes la ejercen y reducir riesgos sanitarios. La otra es la postura abolicionista o modelo nórdico, que es la nuestra, parte de reconocer que la prostitución es un sistema de violencia sostenido por la demanda masculina, la desigualdad, el racismo y el desplazamiento, creemos que la respuesta del Estado no puede ser tributar de ella sino desmantelarla, sancionando a quienes compran sexo y persiguiendo a proxenetas, debe crear rutas eficaces de salida para las mujeres que así lo quieran y no criminalizarlas o perseguirlas.
El reconocimiento llega en un momento que no es fácil para quienes defendemos esa postura. En Colombia, el gobierno actual ha impulsado una política que llama a la prostitución “negocio”, implementó una oficina de “actividades sexuales pagas” en el Ministerio de igualdad para promover esta agenda con recursos públicos. Al regular como cualquier trabajo, las mujeres que la ejercen deben pagar seguridad social, acreditarse ante las entidades como “trabajadora”, cumplir normas sanitarias controladas por la policía.
Lo que eso significa, sin pelos en la lengua, es que el Estado les traslada la responsabilidad de sostener un sistema que las daña, mientras los hombres que pagan por acceso sexual siguen sin ninguna consecuencia o responsabilidad. Muchas mujeres no alcanzan el mínimo vital en la prostitución para exigirles esta carga.
Ahora en un plano personal: ¿qué significa recibir este galardón por parte de Francia? ¿Qué implica para la Fundación y su lucha personal contra la explotación?
El más importante es que este reconocimiento llega después de muchos años de trabajo con mujeres y niñas que han sobrevivido trata de personas, explotación sexual, desplazamiento forzado y violencia en todas sus formas. Mujeres invisibles para el Estado, para la cooperación internacional y para la opinión pública. Que este premio venga de Francia, un país que en 2016 adoptó una ley que reconoce la prostitución como un sistema de violencia y establece obligaciones estatales concretas de protección y salida, tiene un peso simbólico y político enorme para mi colectividad.
Irónicamente hay organizaciones de cooperación, algunas con sede en Francia, que han señalado el abolicionismo como criterio de exclusión del financiamiento feminista, oponerse a que terceros lucren con los cuerpos de las mujeres puede costarte un proyecto. Eso nos pasó a nosotras en Empodérame.
Entonces ganar el premio francés en este contexto, es una contradicción que la propia institucionalidad francesa tendrá que resolver entre sus distintos actores.
¿Qué la mantiene firme para seguir con esta lucha? ¿Cuáles son los alicientes para dedicar su vida a acompañar a las sobrevivientes?
Me mantienen ellas: las mujeres y las niñas que han pasado por mi vida. Muchas de ellas siempre me mandan mensajes de gratitud y amor y otras me acompañan en la lucha. Yo trabajo con sobrevivientes y estoy formando una red latinoamericana. Hemos llorado juntas y hemos sanado. Eso me sostiene.
También el movimiento feminista, es maravilloso encontrarme con las mujeres y colaborar por una causa.
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Pero sería deshonesta si no reconociera el costo. He sufrido trauma vicario, que es ese que te toca por el dolor ajeno: “cansancio por compasión”, le dicen. He accedido a terapia. Los casos son duros y crueles. He tenido que aprender y sigo aprendiendo a sostenerme a mí misma mientras sostengo a otras. A poner límites. A descansar. Eso no lo enseñan en ninguna universidad, lo aprendí en el camino, muchas veces a totazos.
Defender una postura abolicionista en Colombia tiene consecuencias, un costo político. Te excluyen de financiamientos, te cuestionan la legitimidad, te acusan de moralista o de no escuchar a las mujeres. Todo eso duele. Y a la vez me reafirma. Porque si mi postura no incomodara a nadie, probablemente no estaría cumpliendo la misión que debería.
Tengo un equipo maravilloso, un esposo solidario, dos hijos y un nieto que me levantan todos los días. Eso es lo que me sostiene para seguir.