En Colombia, el conflicto armado no ha afectado a todas las personas por igual. Las mujeres han sufrido de manera particular una violencia ejercida sobre sus cuerpos. La violencia sexual ha sido utilizada como una forma de dominación y deshumanización que no solo afecta a quienes la padecen, sino también al tejido social de comunidades enteras.
Sin embargo, una pregunta suele quedar relegada: ¿qué ocurre después de la violencia? Más allá de las consecuencias físicas y jurídicas, permanecen las huellas psicológicas que acompañan a las víctimas durante años. Los efectos emocionales del trauma son, con frecuencia, una de las dimensiones menos visibilizadas del conflicto armado.
La Corporación Vínculos es una organización que lleva 23 años acompañando a víctimas del conflicto armado en Colombia, especialmente a mujeres que sobrevivieron a la violencia sexual en este contexto. Su experiencia quedó recogida en la publicación Entrelazando saberes: acompañamiento a las víctimas de violencia sexual, un libro que sistematiza las prácticas que la organización considera fundamentales para brindar una atención integral y respetuosa.
La investigación busca servir como guía para profesionales, lideresas y líderes sociales que acompañan a mujeres víctimas de violencias basadas en género. El enfoque propuesto parte de una perspectiva de género y entiende el acompañamiento como una acción política y social, más que como un ejercicio neutral de atención.
“Aunque ese no era el objetivo central de la investigación, también evidenciamos muchas fallas institucionales en la atención a víctimas de violencia sexual. Existe una capacidad institucional limitada frente a la enorme demanda de acompañamiento psicosocial y emocional. Aunque hay rutas y programas de atención, la apuesta política por la salud mental y el fortalecimiento psicosocial sigue siendo insuficiente”, afirmó Valentina Gómez Vargas, profesional de incidencia y gestión de proyectos de la Corporación Vínculos.
De esa experiencia nació la publicación, que reúne las prácticas identificadas durante años de trabajo con mujeres sobrevivientes. El punto de partida es reconocer que cada mujer es la principal conocedora de su propia historia, de los recursos que le han permitido resistir y de las estrategias que ha desarrollado para seguir adelante. Desde esa perspectiva, el acompañamiento no busca “salvar” a las mujeres, sino fortalecer sus capacidades, mejorar su calidad de vida y contribuir a la reconstrucción de sus proyectos personales después del trauma.
“En Vínculos hemos trabajado desde la idea de que las personas son expertas en su propia vida. Incluso después de vivir hechos de violencia, las personas desarrollan estrategias para seguir adelante: resiliencia, resistencia o formas de afrontamiento. Reconocer eso pone a las terapeutas en una posición de humildad. Es decir, reconocer que la persona ya ha hecho muchas cosas para llegar hasta donde está”, explicó Gómez Vargas.
El Registro Único de Víctimas de la Unidad para las Víctimas ha incluido a 10.151.491 personas afectadas por el conflicto armado, de las cuales 49.741 fueron registradas como víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual en el marco de esa guerra.
Entre el 1 de enero de 2020 y el 31 de marzo de 2025, fueron incorporadas 12.062 mujeres víctimas de violencia sexual, pero solo 110 recibieron indemnización, lo que equivale al 0,91%, es decir, menos del 1 %. A esto se suma que la impunidad en estos casos supera el 97 % y que apenas cerca del 18 % de las víctimas denuncia estos hechos, según Sisma Mujer. Las cifras evidencian la magnitud del dolor que deja la violencia sexual, así como el abandono institucional, la revictimización, la culpa, la injusticia y los señalamientos que enfrentan las sobrevivientes.
Karen Suárez, psicóloga y coordinadora regional de proyectos, señala que las categorías identificadas en la investigación surgieron a partir de los relatos de las profesionales en psicología y de las experiencias compartidas por las mujeres acompañadas. Explica que, si bien algunas de estas categorías se relacionan con marcos teóricos existentes, no fueron definidas previamente desde la teoría; por el contrario, emergieron primero de las voces y vivencias de las participantes y posteriormente se buscó su correspondencia con conceptos académicos.
Asimismo, destaca que uno de los conjuntos de prácticas más relevantes fue el asociado a la construcción de la relación terapéutica. En este sentido, enfatiza que más allá de la aplicación de técnicas psicológicas específicas, gran parte del éxito del proceso terapéutico depende de establecer un vínculo basado en la confianza, la horizontalidad y el cuidado ético. Sin una adecuada relación terapéutica, explica, resulta muy difícil alcanzar transformaciones significativas en las personas acompañadas.
El proceso parte del reconocimiento de las mujeres como actoras activas de su propia vida y de la necesidad de contextualizar las violencias sexuales dentro del conflicto armado. De esta manera, se comprende que se trata de una violencia sistemática utilizada como mecanismo de control y dominación. Bajo ninguna circunstancia la responsabilidad recae sobre las mujeres que la sufren. Sin embargo, muchas llegan a los procesos de acompañamiento cargando sentimientos de culpa por lo que hicieron o dejaron de hacer. Esa sensación, según las profesionales, suele verse reforzada por experiencias negativas dentro de los mismos sistemas institucionales que deberían brindar atención y protección.
“Existe una gran limitación en la formación de quienes trabajan atendiendo estos casos en el Estado. Muchas personas no tienen enfoque de género, enfoque diferencial ni comprensión suficiente sobre la violencia sexual en el conflicto armado. Las mujeres llegan frecuentemente contando experiencias negativas en instituciones estatales: sentirse juzgadas, maltratadas o no creídas desde el primer contacto”, explicó Gina Marcela Fontalvo, profesional psicosocial y psicóloga de la Corporación Vínculos.
Himelda Ariza, lideresa social del Meta y una de las mujeres que hizo parte del proceso de acompañamiento en Vínculos, afirmó que en ningún otro lugar se había sentido tan escuchada y comprendida.
“Fue una atención mucho más humana, amable y cercana. Me permitió sacarme un peso que me tenía demasiado afectada”, aseguró.
Ariza explica que el proceso también le permitió resignificar lo ocurrido.
“Allí entendí que la violencia sexual era una forma de control muy fuerte sobre nosotras como mujeres. Recordarlo duele muchísimo, produce tristeza y amargura, pero hoy mi manera de verlo es muy diferente”, dijo.
Como muchas otras mujeres en el conflicto armado, Himelda fue secuestrada en su territorio y durante ese tiempo sufrió violencia sexual.
“Lo primero que me dijeron fue que yo era un objetivo militar. Ellos decían que una era un ‘trofeo de guerra’. Las mujeres que fuimos secuestradas y abusadas vivíamos bajo su control absoluto”, recordó.
“Gracias a Dios conocí a Vínculos, porque me ayudaron muchísimo a superar todo esto. Yo sentía que la culpa de todo lo que había pasado era mía. Me sentía culpable hasta que en Vínculos me hicieron entender que nosotras, las mujeres víctimas de violencia sexual, no tenemos la culpa de lo que nos hicieron”, contó.
“El cambio cognitivo ocurre cuando las mujeres logran comprender que la violencia sexual no fue consecuencia de sus decisiones, su ropa o su comportamiento, sino de una intención específica de generar daño. Esa nueva comprensión ayuda a tramitar emocionalmente la culpa y la vergüenza”, añadió Suárez.
“Iluminar la vida”
El libro identifica 19 buenas prácticas para la atención psicosocial. Estas incluyen la construcción de espacios seguros, la escucha activa, el interés genuino, la empatía, la reflexividad y la humanidad, entre otras. Sin embargo, una de ellas sobresale por su capacidad de transformar la manera en que se entiende el acompañamiento: “iluminar la vida de las mujeres”.
Se trata de un concepto que busca ir más allá del trauma y del sufrimiento para reconocer aspectos de la identidad, los vínculos, los sueños y los recursos personales que la violencia ha opacado.
Iluminar la vida consiste en la capacidad de tejer conversaciones que permitan a las mujeres reencontrarse con aquellas dimensiones de sí mismas que quedaron eclipsadas por la experiencia de la violencia.
Cuando una persona ha sufrido una agresión tan extrema como la violencia sexual en el marco del conflicto armado, el dolor suele ocupar un lugar central. Con frecuencia, la sociedad, las instituciones e incluso la propia persona terminan reduciendo toda su historia a ese hecho traumático. Iluminar implica desplazar el foco de la victimización absoluta y recuperar otros aspectos de la experiencia vital.
La psicóloga Gina Marcela Fontalvo señala que esta práctica está estrechamente relacionada con lo que denominan una “doble escucha”.
Por un lado, implica escuchar el dolor, los traumas y las experiencias difíciles que las personas comparten. Pero, al mismo tiempo, supone prestar atención a aquellos elementos que emergen en sus relatos y que revelan fortalezas, capacidades, recursos personales o fuentes de bienestar que muchas veces pasan desapercibidas.
Según Fontalvo, estos aspectos suelen quedar ocultos detrás de la centralidad del sufrimiento. Por eso, iluminar también significa devolverlos a la conversación y ayudar a que las mujeres los reconozcan como parte de sí mismas.
“Acabas de mencionar algo muy importante”, puede decir una terapeuta. Muchas veces la respuesta es de sorpresa: “No lo había visto así”.
Las profesionales coinciden en que el acompañamiento no elimina por completo las consecuencias de la violencia, pero sí ofrece herramientas que pueden servirles a las mujeres a lo largo de sus vidas para afrontar emociones intensas, reconstruir la confianza en sí mismas y reconocer que su historia es mucho más amplia que aquello que sufrieron.
“Hay varias herramientas que las mujeres suelen mencionar como significativas. Una de ellas son las estrategias de regulación emocional y autocuidado. Muchas mujeres dicen: ‘Aprendí a respirar’, ‘aprendí a relajarme’. Son herramientas muy valoradas porque les permiten manejar emociones intensas y recuperar prácticas de cuidado hacia sí mismas”, afirmó Suárez.
Más que borrar el pasado, el objetivo es que las mujeres puedan construir nuevas formas de relacionarse con él. Que comprendan que la violencia no define la totalidad de quienes son y que, a pesar del dolor, siguen existiendo espacios para el cuidado, la esperanza y la construcción de una vida digna.