Esta semana, la Universidad del Bosque, en Bogotá, fue sede de “Territorios Imaginados”: un evento que reúne sector público, privado, cooperación internacional y academia para mostrar que nunca es tarde para aprender algunas habilidades que puedan cambiar las realidades.
El modelo ofrece espacios de aprendizaje a personas que nunca tuvieron la oportunidad de cursar estudios formales en un aula de clase o también a quienes las barreras geográficas o económicas impidieron especializarse en alguna actividad específica.
En el programa aparecen, por ejemplo, mujeres de la tercera edad que debido a las barreras de género de hace cinco o seis décadas, no pudieron matricularse jamás en una carrera de pregrado, o jóvenes de parajes rurales que no conocían lo que era realmente aprender una habilidad y conocimientos técnicos que les permitieran mejorar su calidad de vida, como tareas de cuidado.
El modelo, que fue traído por DVV International, ya ha sido importado en ciudades como Bogotá, Buenaventura o Corinto, en el corazón del Cauca.
Para Laura Alarcón, directora de DVV International, el modelo busca crear redes de aprendizaje a lo largo de Colombia para que quienes han estado al margen de la educación formal puedan tener una segunda oportunidad de aprender.
“La educación también es un derecho humano que debe ser garantizado a todas las personas de un país y una sociedad. El programa, que se compone de iniciativas, actividades y ofertas, mezcla educación formal, no formal e informal para contribuir a la garantía de ese derecho”, comenta.
El poder de lo empírico
No son pocas las historias en Colombia de adultos que, ya a su tercera edad, comentan que no pudieron acceder a una universidad o, en el peor de los casos, cursar los currículos de un colegio. También hay escenarios de personas completamente analfabetas que no pueden entrar al mundo académico debido a sus limitaciones. Por eso llega este programa: junta conocimientos de diferentes comunidades para reunirlas en un espacio y transmitirlas a cualquier persona que desee aprender algo nuevo.
“La educación formal no es la única educación. Esto es una apuesta, también acogida por la Unesco, donde todos los aprendizajes se reconocen, pero se complementan entre sí”, comenta Alaracón.
En el proyecto hay, por ejemplo, comunidades étnicas que enseñan algunos de sus saberes ancestrales sobre medicina, memoria o resiliencia y que nunca han pasado por un filtro académico pero aún así siguen siendo conocimientos fundamentales. Allí aparecen enseñanzas sobre cómo entender la naturaleza o de qué forma cientos de grupos indígenas o afro conviven con sus territorios en armonía.
En Corinto, Cauca, 106 personas, entre indígenas y campesinos, fueron beneficiarios y se graduaron de un programa que certificó que si bien no cursaron en aulas académicas, sí conocen cómo ser resilientes y enfrentarse a escenarios de conflicto armado y construcción de paz. La cohorte, graduada en alianza con la Universidad Pedagógica, reconoce que durante años esta comunidad caucana ha mostrado resultados para enfrentarse al narcotráfico y la guerra y en algún momento podrían enseñarle a otras poblaciones cómo hacerlo.
“El aprendizaje a lo largo de la vida se ha consolidado como un pilar para recomponer el tejido social y robustecer las comunidades desde los territorios, al tiempo que abre caminos de nuevas oportunidades. En ese sentido, pretende destacar su papel como impulsor de transformación social y subrayar la urgencia de posicionarlo como una prioridad en la agenda educativa del país”, acota Alarcón.
Exportando saberes
El modelo educativo que impulsa DVV International en Colombia se basa en el enfoque de aprendizaje a lo largo de la vida, entendido como un proceso continuo que trasciende el aula y se construye en la vida cotidiana, el trabajo y la participación comunitaria. Su funcionamiento articula distintos niveles de acción: desde la incidencia en políticas públicas (macro), pasando por el fortalecimiento de redes y actores locales (meso), hasta la implementación directa de procesos educativos en territorios (micro).
En la práctica, esto se traduce en el apoyo técnico y financiero a iniciativas de educación formal, no formal e informal, con énfasis en poblaciones históricamente excluidas. El modelo prioriza metodologías participativas, el reconocimiento de saberes locales y la adaptación a contextos específicos, como zonas rurales, comunidades étnicas o entornos afectados por el conflicto.
La posibilidad de exportar estos conocimientos a otros territorios radica en su carácter replicable y en la construcción de capacidades locales. Más que intervenir de manera aislada, el modelo busca dejar instaladas metodologías, herramientas pedagógicas y redes de trabajo que puedan sostenerse en el tiempo.
A través de la formación de formadores, el fortalecimiento de alianzas multisectoriales y la creación de centros de aprendizaje comunitario, las experiencias exitosas se sistematizan y se convierten en referentes para otras regiones del país. Así, el aprendizaje no solo transforma comunidades específicas, sino que se proyecta como un ecosistema que puede adaptarse en distintos contextos de Colombia.
Así sucedió en algunas ciudades principales. Hay casos de éxito de jóvenes que han adquirido conocimientos sobre nuevas masculinidades y, gracias al aprendizaje, ahora hacen parte activa del cuidado del hogar y distribuyen la carga de cuidado entre hombres y mujeres.
En Bogotá, por mencionar otro caso, está la historia de una mujer que a su tercera edad cursa séptimo semestre de Trabajo Social: un sueño que jamás pudo materializar debido a las barreras económicas y estereotipos de género que reforzaban que “las mujeres deben estar en el hogar”.
“Juntamos a distintos, los ponemos a hablar, dialogar y llegar a acuerdos. Están construyendo futuros posibles en futuros imaginados; es decir, recoger experiencias diferentes pero que eventualmente lo que hablan repercuta en la agenda pública y sus realidades”, dice Alarcón.