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¿Cómo impacta la soledad en la longevidad?

La soledad debe diagnosticarse y tratarse como un factor de riesgo modificable para la salud cerebral. Un especialista explica por qué.

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Juan-Manuel Anaya*
30 de agosto de 2026 - 10:30 p. m.
La soledad es un factor determinante de la depresión de centenarios colombianos.
La soledad es un factor determinante de la depresión de centenarios colombianos.
Foto: Óscar Pérez
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La soledad y el aislamiento social representan dos de los determinantes sociales de la salud más subestimados por la medicina actual. Aunque frecuentemente se utilizan como sinónimos, representan fenómenos distintos. El aislamiento social se refiere a la carencia objetiva de contactos y relaciones interpersonales, mientras que la soledad es el sentimiento subjetivo de estar solo o desconectado. Una persona puede tener familia cerca, compañeros de trabajo y amigos y, por lo tanto, no estar socialmente aislada, pero sentirse profundamente sola si esas relaciones carecen de intimidad, comprensión o calidez emocional (afecto).

Esta distinción, más que semántica tiene implicaciones para la salud física, neurológica y mental a lo largo de la vida. En un mundo donde la esperanza de vida aumenta de manera sostenida, comprender cómo la soledad afecta la salud en la longevidad, y qué pueden enseñarnos los centenarios, las personas que han alcanzado 100 años o más, es una prioridad de salud pública.

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Un estudio longitudinal realizado en 383.421 personas, con un promedio de edad de 56.5 años y seguidas durante 14,2 años en promedio, demostró que la soledad y el aislamiento social aumentan el riesgo de varias enfermedades neurológicas y psiquiátricas. Específicamente, la soledad mostró asociaciones significativas con demencia, accidente cerebrovascular, trastornos del sueño, esquizofrenia, ansiedad y trastorno depresivo mayor.

Otras investigaciones recientes han confirmado la relación causal entre la soledad y el trastorno depresivo mayor, así como con la esquizofrenia, los trastornos del sueño y la epilepsia. Así mismo, análisis bidireccionales sugieren que la depresión, la esquizofrenia y el trastorno bipolar pueden también conducir a la soledad, configurando un círculo vicioso. Esta reciprocidad es fundamental para comprender por qué el tratamiento de la soledad debe ofrecerse simultáneamente con el tratamiento de los trastornos psiquiátricos.

Adicionalmente, estos estudios han indicado que la soledad se asocia con un peor desempeño cognitivo y emocional, afectando la inteligencia y la memoria. La soledad puede activar vías inflamatorias sistémicas que terminan por afectar el cerebro. En efecto, marcadores sanguíneos, como el recuento de neutrófilos, linfocitos, la albúmina y la hemoglobina glicosilada, median parcialmente la relación entre la soledad y los trastornos neurológicos y psiquiátricos.

Frente a este panorama, los centenarios representan una población que desafía muchos de los conceptos tradicionales sobre el envejecimiento, y cuyo estudio es fuente de información para la comprensión de la longevidad saludable. Un reciente estudio del Proyecto Centenarios indicó que la soledad es el factor determinante de la depresión, observada en 15.8% de 152 centenarios colombianos evaluados. La soledad impactó de manera más robusta y consistente la salud mental y el bienestar general que la salud física; y sus efectos fueron más pronunciados que los del aislamiento social. La dependencia funcional, el deterioro cognitivo o el estado nutricional no explicaron independientemente los síntomas depresivos.

Estos hallazgos ofrecen lecciones importantes. En la longevidad extrema, la salud mental parece depender menos del capital biológico y más de cómo cada persona percibe su propia existencia. La resiliencia y la sabiduría son rasgos adaptativos que ayudan a modular la soledad. Finalmente, la soledad no se explica solo por la discapacidad física. La soledad puede aumentar el riesgo emocional aun cuando ya exista una pérdida funcional.

Estas lecciones son útiles para orientar la práctica clínica y la política pública. La soledad debe diagnosticarse y tratarse como un factor de riesgo modificable para la salud cerebral y mental desde la mediana edad.

*MD, PhD. Academia Nacional de Medicina de Colombia y Universidad de la Costa

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Por Juan-Manuel Anaya*

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