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Después de un terremoto, todos miramos las grietas y los escombros. Los epidemiólogos y microbiólogos también miramos el agua, la cadena de alimentos y permanecemos atentos a la aparición de posibles brotes infecciosos.
Bajo las calles sacudidas quedan tuberías, alcantarillados, tanques y conexiones que pueden haber perdido su integridad. Allí puede comenzar una segunda emergencia, menos visible que los escombros, pero capaz de afectar seriamente la salud de las comunidades.
El sismo de magnitud 7,4 ocurrido el 10 de agosto de 2026, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, afectó distintas zonas de Colombia, incluida Quibdó. Durante los próximos días no bastará con restablecer la normalidad en la prestación de los servicios públicos. Será indispensable vigilar que el agua que llega a viviendas, hospitales y albergues continúe siendo segura para el consumo humano.
Un terremoto puede romper simultáneamente redes de acueducto y alcantarillado, interrumpir el suministro eléctrico, reducir la presión dentro de las tuberías y dificultar el abastecimiento de los desinfectantes utilizados en el tratamiento del agua. Cuando la presión disminuye, el agua contaminada del suelo puede ingresar a la red a través de una fisura. Y existe un problema adicional. El agua puede verse limpia y oler normal, y aun así contener bacterias, virus o parásitos. Por eso son indispensables los análisis microbiológicos del agua destinada al consumo humano.
Chile aprendió esta lección después del terremoto de magnitud 8,8 de febrero de 2010. La emergencia dificultó la distribución de insumos utilizados para el saneamiento del agua. Pocos días después comenzó en Antofagasta un enorme brote de gastroenteritis que, en pocas semanas, superó los 31.000 casos en una ciudad que para esa época tenía alrededor de 350.000 habitantes.
En nuestro laboratorio, en la Universidad de Chile, estudiamos muestras de aquel brote. De 196 muestras analizadas, encontramos norovirus en el 35 %, Escherichia coli enterotoxigénica en el 36 % y ambos microorganismos en el 13 % (Montero et al., 2017). Esto último corresponde a una coinfección, es decir, dos o más agentes infecciosos presentes simultáneamente en un mismo paciente. También se detectaron Shigella y Vibrio cholerae. Nuestro análisis mostró que las coinfecciones con múltiples patógenos entéricos pueden ser frecuentes en grandes brotes de gastroenteritis asociados con contaminación del agua.
En Antofagasta, la evidencia apuntó a una cloración insuficiente de aguas residuales tratadas que posteriormente fueron utilizadas para regar verduras consumidas crudas, seguida por transmisión entre personas. No es una copia exacta de lo que podría ocurrir en Colombia, pero sí una advertencia sobre la rapidez con que puede romperse una cadena sanitaria cuando fallan distintas barreras de protección.
¿Qué corresponde hacer ahora? En Quibdó y en las demás zonas afectadas se deben inspeccionar las redes de agua y alcantarillado, verificar el funcionamiento de las plantas de tratamiento y las reservas de hipoclorito de sodio, y medir frecuentemente la turbidez del agua, el cloro residual y la presencia de E. coli como indicador de contaminación fecal.
También es necesario que las autoridades sanitarias realicen análisis microbiológicos de muestras tomadas en distintos puntos de la red de distribución y refuercen la vigilancia de las consultas por diarrea. Ante la aparición de un brote, además, conviene buscar múltiples agentes infecciosos en lugar de detener la investigación cuando se encuentra el primero.
Por supuesto, nada de esto significa que el agua necesariamente esté contaminada. Pero tampoco puede asumirse que es segura únicamente porque vuelve a salir del grifo. En las zonas donde exista incertidumbre sobre su calidad, hervirla antes de consumirla puede constituir una medida preventiva razonable, mientras las autoridades verifican su inocuidad y garantizan fuentes seguras para quienes no puedan hacerlo.
Un terremoto no puede prevenirse. Una epidemia causada por agua no apta para el consumo, muchas veces sí.
*Doctor en Ciencias Biomédicas y profesor de la Universidad de Chile.
Fuente:
Montero D, et al. Characterization of enterotoxigenic Escherichia coli strains isolated from the massive multi-pathogen gastroenteritis outbreak in the Antofagasta region following the Chilean earthquake, 2010. Infect Genet Evol 2017; 52:26–9. Doi: 10.1016/j.meegid.2017.04.021
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