El Ministerio de Salud presentó la Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025, el mayor ejercicio de salud pública realizado en la última década para conocer no solo la magnitud de los trastornos mentales en el país, sino también cómo viven los colombianos su bienestar emocional, qué tan frecuente es la ansiedad, la depresión o las ideas suicidas y qué tan oportunamente acceden a atención especializada. La encuesta también dedica un capítulo al consumo de sustancias psicoactivas, uno de los temas que suele estar rodeado de estigmas y simplificaciones. Sus resultados muestran, por ejemplo, que consumir una sustancia no equivale necesariamente a desarrollar un trastorno por consumo.
De acuerdo con el estudio, que encuestó a más de 120.000 personas, el 68,5 % de los colombianos de 12 años o más ha consumido alguna sustancia psicoactiva (incluyendo alcohol y tabaco) al menos una vez en la vida. En los últimos 12 meses lo hizo el 41,3 %, pero solo el 6,7 % presentó un trastorno por consumo durante ese mismo periodo.
La mayor parte de esa carga corresponde al alcohol. El 66,1 % de la población reportó haberlo consumido alguna vez en la vida y el 38,4 % durante el último año. Además, el 4,1 % presentó un trastorno asociado a su consumo, mucho más a lo observado para el tabaco (2,8 %) y para otras sustancias psicoactivas diferentes al alcohol y al tabaco (1,2 %).
A partir de estos resultados, el viceministro de Salud Pública, Jaime Urrego, cuestionó lo que calificó como una contradicción entre la evidencia científica y las decisiones de política pública. Señaló que, aunque el alcohol concentra la mayor proporción de trastornos por consumo, sigue existiendo una fuerte resistencia a adoptar medidas como aumentar los impuestos o incorporar advertencias sanitarias más visibles, similares a las exigidas para los productos de tabaco. Durante la socialización de la encuesta, Urrego sostuvo que existe un alto costo político para impulsar ese tipo de medidas en el Congreso, pues con frecuencia se argumenta que afectarían la economía o determinados sectores productivos. “Tenemos la evidencia y desarrollamos otra narrativa”, afirmó el funcionario.
En ese punto, hay que recordar que ese debate ya está abierto en Colombia. Como contó recientemente El Espectador, el Ministerio de Salud está avanzando en la actualización de la Estrategia Nacional de Reducción del Consumo de Alcohol, luego de que la Corte Constitucional exhortara al Gobierno a revisar la política pública conforme a la evidencia científica más reciente. Entre las medidas que se discuten están fortalecer las advertencias sanitarias en las botellas (con mensajes más visibles y explícitos sobre riesgos como el cáncer y la enfermedad hepática), así como otras recomendaciones promovidas por la Organización Mundial de la Salud, entre ellas el aumento de impuestos, restricciones a la publicidad y una mayor regulación sobre su disponibilidad.
La encuesta también evidencia la aparición de fenómenos relativamente nuevos. Por primera vez incorpora el consumo de los llamados cigarrillos electrónicos o vapeadores, un comportamiento que no había sido medido en la edición de 2015. Los resultados muestran que el 6,4 % de los colombianos de 12 años o más reportó haberlos usado al menos una vez en la vida. El consumo no es homogéneo. Es considerablemente más frecuente entre los adultos jóvenes de 18 a 44 años, donde alcanza el 12 % en hombres y el 6,7 % en mujeres, casi el doble del promedio nacional. También es más común en zonas urbanas (7,0 %) que en las rurales (4,2 %) y entre personas de estratos socioeconómicos 4, 5 y 6 (9,4 %), frente al 4,5 % registrado en los estratos 1, 2 y 3. Además, la encuesta muestra que los hombres reportan un mayor consumo que las mujeres en todos los grupos de edad, una diferencia que se hace especialmente marcada entre los 18 y los 44 años.
En cuanto a las sustancias psicoactivas diferentes al alcohol y al tabaco, el 2,7 % de la población de 12 años o más reportó haber consumido alguna durante los últimos 12 meses. Ese consumo fue significativamente mayor entre los hombres (4,2 %) que entre las mujeres (1,3 %) y alcanzó su mayor frecuencia entre los adultos jóvenes (4,2 %). También fue más común entre quienes tenían educación secundaria (3,2 %) y entre las personas que estaban buscando trabajo, grupo en el que la prevalencia llegó al 7,8 %.
Por regiones, el consumo durante el último año fue más alto en la región Central (46,5 %), seguida por la Pacífica (42,3 %), Bogotá (39,9 %), la Atlántica (39,5 %) y la Oriental (38,8 %), mientras que la Orinoquía y la Amazonía registraron la menor proporción (31,1 %). Al analizar qué sustancias han sido consumidas alguna vez en la vida, los resultados apuntan a que el cannabis continúa siendo la más frecuente, con un 7,8 % de la población, seguido por la cocaína (2,3 %), los tranquilizantes (1,0 %) y el tusi (0,8 %).
Los resultados frente al tusi llegan en un momento particular. Como contó El Espectador, hospitales de Medellín y otras ciudades han identificado decenas de pacientes con lesiones vasculares graves en manos y pies tras consumir tusi, un cuadro que, en los casos más severos, ha derivado en necrosis e incluso amputaciones. Las investigaciones apuntan a que el problema estaría relacionado con cambios en la composición de este cóctel de drogas sintéticas, cuya mezcla puede variar ampliamente y contener desde ketamina y MDMA hasta nuevas sustancias psicoactivas con efectos vasoconstrictores más potentes. Según las organizaciones de reducción de riesgos y daños consultadas por este diario, el consumo de tusi en Colombia también ha cambiado profundamente en la última década. Lo que comenzó como una sustancia asociada a personas de mayor poder adquisitivo y a ambientes de fiesta se ha extendido a distintas clases sociales y formas de consumo.
Otro de los hallazgos relevantes de la Encuesta Nacional de Salud Mental es que los trastornos por consumo de sustancias no se distribuyen de manera uniforme en la población. La prevalencia fue mayor entre personas que reportaron ideas suicidas (15,6 %), trastornos de ansiedad (15,2 %), trastornos del estado de ánimo (14,2 %) y antecedentes familiares de problemas relacionados con el consumo de sustancias (13,9 %). Aunque estas asociaciones no implican una relación de causa y efecto, sí muestran que los problemas de salud mental y el consumo problemático suelen coexistir con mayor frecuencia, lo que sugiere la necesidad de abordarlos de manera conjunta desde la salud.
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