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La deshidratación en los niños es un riesgo en épocas de calor: ¿cómo evitarla?

El organismo de un niño depende del agua para prácticamente todos sus procesos fisiológicos, pero ojo: las bebidas gaseosas, los jugos y otras bebidas azucaradas no son necesarias para resolver la hidratación cotidiana. Un nutricionista clínico pediatra le explica por qué.

Luis Miguel Becerra Granados*
En época de calor es clave mantener la hidratación de los niños y niñas.
Foto: EFE - Sebastiao Moreira
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Hay problemas de salud que parecen demasiado sencillos para convertirse en una preocupación importante. La hidratación de los niños durante los días de calor es uno de ellos. Hablamos de agua y no de darle bebidas azucaradas; de una botella que debería estar siempre cerca y de algo tan cotidiano como ofrecerle un vaso a un niño.

Sin embargo, cuando aumentan las temperaturas y los niños juegan durante horas al aire libre pueden llegar a sufrir de deshidratación de manera rápida y relativamente fácil, esto debe ser algo importante para los padres, pues la salud de los niños podría llegar a afectarse. El organismo de un niño depende del agua para prácticamente todos sus procesos fisiológicos, participa en la regulación de la temperatura corporal, el transporte de nutrientes, la circulación sanguínea, las reacciones metabólicas y la eliminación de productos de desecho.

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La prevención muchas veces comienza con acciones aparentemente pequeñas. Un vaso de agua, una pausa durante el juego, una sombra y la observación de la orina o del comportamiento pueden parecer detalles insignificantes. Pero en un organismo pequeño, sometido a temperaturas elevadas, esos detalles forman parte de una estrategia mucho más grande: evitar que una condición prevenible termine convirtiéndose en una urgencia médica. Tampoco todas las bebidas cumplen la misma función. Para un niño sano que simplemente necesita mantenerse hidratado durante un día caluroso, el agua debe ocupar un lugar central.

Las bebidas gaseosas, los jugos y otras bebidas azucaradas no son necesarias para resolver la hidratación cotidiana. Y existe una diferencia todavía más importante: las soluciones de rehidratación oral tienen una función médica específica. Se utilizan para reponer agua y electrolitos cuando existen pérdidas como las producidas por determinados episodios de diarrea y vómito, y no deberían convertirse en una bebida rutinaria para cualquier niño que tenga calor.

Cuando hace calor, el cuerpo utiliza la sudoración como uno de sus principales mecanismos para disipar el exceso de temperatura. El problema aparece cuando la cantidad de líquido que se pierde supera la que se repone. En ese momento comienza un desequilibrio que, si progresa, puede terminar en deshidratación.

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Los niños merecen especial atención porque no siempre reconocen o comunican oportunamente la necesidad de beber. Durante el juego pueden pasar largos periodos corriendo, montando bicicleta o practicando algún deporte sin detenerse. El mecanismo de la sed existe precisamente para advertirnos que necesitamos líquidos, pero no debería ser la única estrategia utilizada por los adultos para proteger la hidratación de un menor. En los días de mayor calor, ofrecer agua de manera periódica es una medida sencilla que puede prevenir problemas posteriores.

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Podemos entenderlo con una analogía simple. El organismo de un niño funciona como un sistema que necesita mantener constantemente un determinado nivel de agua, como un tanque que recibe y pierde líquido durante todo el día. Cuando la temperatura aumenta, el tanque comienza a vaciarse más rápidamente. No tendría mucho sentido esperar a que esté casi vacío para comenzar a llenarlo. Lo razonable es reponer pequeñas cantidades de manera regular.

Pensemos en un ejemplo concreto. Un niño sano de 5 años, de aproximadamente 18 kilogramos que pasa un día caluroso en Colombia podría distribuir el consumo de líquidos durante toda la jornada. Cómo podríamos planear su hidratación.

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De esta manera puede alcanzar aproximadamente entre 900 y 1.000 mililitros de líquidos a través de bebidas, además del agua que obtiene de frutas, verduras, sopas y otros alimentos. Pero aquí aparece una precisión fundamental: esto es un ejemplo, no una fórmula universal. No todos los niños de cinco años pesan lo mismo, tienen la misma actividad física ni viven bajo las mismas condiciones ambientales. Un niño que pasa varias horas jugando bajo el sol puede perder más líquido que otro que permanece en casa; de la misma manera, la temperatura y la humedad modifican la cantidad de sudoración.

El problema tampoco comienza únicamente cuando el niño manifiesta una sed intensa. La disminución de la frecuencia de la orina, una orina más concentrada, la boca seca, irritabilidad, somnolencia, debilidad, mareo o cambios en el comportamiento pueden ser señales de que existe una alteración en el estado de hidratación. Cuando aparecen signos más graves, como confusión, dificultad para despertar al niño, deterioro marcado del estado general o una temperatura corporal muy elevada después de una exposición al calor la situación requiere atención médica inmediata.

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En Colombia este tema adquiere una dimensión adicional, el fenómeno del Niño y sus efectos no son idénticos en todo el territorio pero sí obligan a prestar mayor atención a las condiciones ambientales en las que los niños desarrollan sus actividades cotidianas. El clima no determina por sí solo la hidratación de un niño, pero sí puede modificar significativamente sus pérdidas de líquidos.

Durante las épocas de calor, cuidar la hidratación de los niños no debería ser una recomendación secundaria. Y cuando exista cualquier duda sobre cuánto debe beber un niño, qué debe consumir o si realmente está bien hidratado, la respuesta no debería buscarse en una cifra general sino en una valoración profesional. Porque la mejor hidratación no es la que cumple una cantidad determinada de agua, sino la que responde a las necesidades reales de cada niño.

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*Nutricionista Clínico Pediátrico

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Por Luis Miguel Becerra Granados*

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