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Lo que comemos es igual de importante a cómo comemos y con quién lo hacemos

Una especialista le explica por qué vale mucho la pena que, de ahora en adelante, tome sus alimentos en compañía de otras personas.

Juanita Gempeler Rueda*

20 de abril de 2026 - 03:59 p. m.
Hay una gran diferencia entre comer en una cafetería de la universidad, de afán entre clase y clase a hacerlo en la casa, con la familia o con amigos.
Foto: Pixnio
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La comida es un tema central en nuestras vidas. Necesitamos comer para vivir y, además, comer es uno de los grandes placeres que la humanidad ha sabido desarrollar.

¿Qué comer? El ser humano ha desarrollado una capacidad de comer todos los grupos alimenticios. Debemos comer de todo, en porciones reguladas. Educar en buenos hábitos es educar en la regulación. Es tan contraindicado restringir como sobre consumir.

Ahora, nuevas investigaciones plantean que los buenos hábitos alimentarios van mucho más allá de qué comemos, y enfatizan el hecho de cómo comemos y con quién lo hacemos.

Precisamente, a esto hace referencia un estudio denominado “La ciencia de lo que se cuece en la cocina”, liderado por Fernando Fernández-Aranda y Susana Jiménez-Murcia en España (2026). Los resultados de esa investigación plantean que comer en compañía de otras personas ayuda a regular la ingesta y tiene un impacto profundo en la vida emocional y el bienestar.

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La comunicación humana parece actuar como factor protector de la salud alimentaria y se relaciona con un patrón de ingesta más consciente y menos impulsivo. Como lo señalan Fernández-Aranda y Jiménez-Murcia: “el acto de comer no constituye únicamente una actividad relacionada con la ingesta nutricional, sino que representa un entorno para la promoción del bienestar psicológico”.

Comer en compañía de otras personas parece reducir la ingesta emocional, en la que se usa la comida como respuesta a estados emocionales. Otros estudios advierten que las cantidades de comida podrían ser mayores que las consumidas cuando se come solo, pero la calidad y el balance tienden a ser mejores. Hay una gran diferencia entre comer en una cafetería de la universidad, de afán entre clase y clase a hacerlo en la casa, con la familia o con amigos.

En realidad, la investigación Fernández-Aranda y su grupo demuestra científicamente que la calidad emocional de nuestra alimentación depende menos de los alimentos que hay en el plato y mucho más de con quién compartimos la comida, de la desconexión digital y de vivir el momento presente. Estar acompañado parece mejorar la absorción de nutrientes (se come más despacio) y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad consciente.

Las comidas colectivas duran más y facilitan un mayor disfrute de la ingesta. “Comer en compañía, charlando, con comida casera y sin pantallas es el escenario óptimo para el cerebro y las emociones”, dice el estudio español ya mencionado.

Comer solos nos centra en nosotros mismos y potencia los estados afectivos negativos como la tristeza, la rabia o la sensación de aburrimiento. Igualmente, al comer solos tendemos a comer más comida rápida. Cuando comemos con otras personas, no solo comemos, sino que compartimos experiencias, desarrollamos temas que nos interesan, hablamos de cómo nos sentimos. Una comida conversada tiende a ser vivida y sentida de manera más placentera. La relación con la comida parece ser más consciente y menos impulsiva en ese contexto. La interacción social ayuda a mantener la atención en un contexto social saludable.

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Cocinar acompañados, por otra parte, parece aumentar la alegría en nuestro cerebro, y esto parece asociarse a que pasa de ser un trámite a una experiencia emocionalmente positiva. No se trata de hacer preparaciones complejas, sino de hacerlo junto con otros. Esto nos devuelve a los estudios sobre felicidad realizados en la Universidad de Harvard, cuya conclusión principal es que la felicidad parece estar relacionada con la vida social, la presencia de otros en nuestras vidas. En contraste, la digitalización está transformando el acto de comer: la digitalización no es un espacio de conexión, sino de desconexión.

El estudio señala cómo cerca del 98% de las personas usa dispositivos durante las comidas. El celular domina y se asocia a patrones menos saludables. Genera distracción, un estado de alerta mayor y dificulta la degustación, lo cual lleva a menor disfrute de lo que comemos. Fomenta el comer de forma impulsiva y debilita el componente social de la alimentación, aumentando la sensación de soledad. En consecuencia, los investigadores mencionados enfatizan que “comer en compañía y sin pantallas no responde a una visión idealizada del pasado, sino a prácticas respaldadas por la evidencia científica en salud física y mental”.

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Hay que poner especial atención a grupos sociales vulnerables: los adolescentes y las personas con dificultades psicológicas tienden a comer solos con mucha mayor frecuencia y presentan mayor exposición digital, lo que incrementa el riesgo psicosocial. El estudio al que hacemos referencia señala que, en la población española, estos grupos poblacionales son quienes más recurren a las pantallas: más del doble de horas que la población general y también son quienes comen solos con mayor frecuencia, 7 veces más entre semana y 18 veces más los fines de semana en comparación con el grupo no clínico. Presentan un uso digital significativamente superior y un mayor riesgo psicosocial, reforzado por la creencia de que las redes son esenciales para la aceptación social. El hecho de “comer solo” aparece como un marcador de riesgo que debe abordarse en la intervención terapéutica, dado su impacto en la salud mental y en la conducta alimentaria.

Aunque no tenemos datos formales en nuestro país, esto parece coincidir con lo que nuestros pacientes y sus familias reportan. Debemos tener presente que “El acto de comer no constituye únicamente una actividad relacionada con la ingesta nutricional, sino que representa un entorno para la promoción del bienestar psicológico” ( Fernández-Aranda et al).

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*Psicóloga Clínica, FAED / Co-directora científica Programa Equilibrio

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Por Juanita Gempeler Rueda*

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