
“No nos quieren vivas, mucho menos viejas”. A Andrea Correa la conocen como “Coqueta”. Tiene “más de 45 años de experiencia de vida trans”. Es líder comunitaria y dirige la Fundación Les Locxs, desde donde ha trabajado por la reivindicación de los derechos de las poblaciones más vulnerables. “La lucha del movimiento se ha concentrado en las jóvenes. En nosotras, las pollas, nadie piensa”, dice antes de soltar una carcajada.
“Coqueta” es una mujer trans de 60 años, una edad que supera la esperanza de vida que suele estimarse para esta población. Sin embargo, nadie sabe con certeza cuál es esa cifra, porque las mujeres trans siguen sin estar suficientemente representadas en las estadísticas.
“Cuando empezamos a hacer esta investigación, Mafe un día me escribe y me dice que quería saber sobre el tema de la vejez. Entonces yo le dije: ‘¿Pero con quién vamos a hacer un taller sobre vejez si apenas reconozco unas seis u ocho mujeres trans viejas en todo Bogotá?’”, recuerda de esos días Daniela Maldonado, cofundadora de la Red Comunitaria Trans. “Y con viejas me refiero a mujeres de 46, de 53 años. O sea, no eran mujeres trans adultas mayores. Ellas eran como las más viejas del grupo, pero ni siquiera cumplían ese ciclo etario. Ahí nos dimos cuenta de que la vejez en nosotras llegaba mucho antes”.
“Mafe” es María Fernanda Reyes, una investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de los Andes, quien hace aproximadamente nueve años se acercó a la Red Comunitaria Trans para explorar una pregunta que, hasta entonces, muy pocos se habían hecho en el país: ¿cómo envejecen las personas trans?
“El envejecimiento es un éxito de la sociedad y hoy está de moda hablar de eso”, dice Reyes, “pero cuando empezamos, hace ya cerca de 10 años, y las mujeres trans en la vejez eran de 45 años, nos dimos cuenta de que había que cambiar los criterios”.
Desde entonces, Reyes, Maldonado, Correa y otro grupo de científicas y académicas han desarrollado investigaciones de manera colectiva sobre cómo ha sido el envejecer de algunas mujeres trans y, recientemente, se han preguntado cómo es el bienestar en este colectivo. En este proceso han construido varios proyectos juntas y también una amistad.
Cuentan con tres investigaciones publicadas en revistas como Neuroscience o Ageing & Society y varias presentaciones en congresos. Uno de esos estudios, Mental health and subjective well-being of trans and non-binary population in Colombia, está nominado en los Atlas 2026, que reconoce artículos que apuestan por ampliar el conocimiento científico sobre la salud y el bienestar de poblaciones históricamente invisibilizadas por la sociedad.
Envejecer siendo trans

Aunque es posible encontrarse con discusiones sobre el tema, los 60 años aparecen como la frontera más o menos usual entre la vida adulta y la vejez. Eso, por supuesto, ha cambiado y seguirá cambiando. En 2017, por ejemplo, una investigación publicada en The Lancet, una revista científica de gran prestigio, estimó que la esperanza de vida en 35 países industrializados superaría los 86 años (en las mujeres) y llegaría a los 90 años en los hombres hacia 2030. Esto apunta a que la edad que marca el comienzo de la vejez no es inmutable: depende de las condiciones sociales, demográficas y de salud de cada época.
“Pero cuando empezamos a hablar, ellas decían que sus etapas de vida eran diferentes, que se deconstruían de lo normativo y vivían menos años, porque viven en entornos empobrecidos y marginalizados que las llevan a tener cargas adicionales de enfermedad, y por crímenes de odio”, recuerda Reyes de aquellas primeras conversaciones. “Construimos entre todas como criterio de inclusión los 50 años para el estudio de la vejez en ellas”.
En abril de 2025, el grupo publicó un primer estudio de tipo cualitativo en Terapia Psicológica, una revista científica chilena de acceso abierto, fundada en 1982 por la Sociedad Chilena de Psicología Clínica. A partir de entrevistas a 14 mujeres trans de entre 50 y 68 años, reconstruyeron sus experiencias de tránsito e identidad de género durante la adolescencia y la juventud en los barrios Santa Fe y 20 de Julio, en Bogotá.
El relato de sus historias transcurre en una ciudad y una época anteriores a la Constitución de 1991, cuando vivir abiertamente como mujeres trans podía implicar, aún más que hoy, enfrentarse a la violencia policial, al rechazo familiar y a la falta definitiva de oportunidades.
"Cuando llegué aquí a Bogotá, la policía lo mandaba a uno a la cárcel, 15 días por tener prendas femeninas, la policía le cortaba a uno el cabello, la policía le daba duro donde quiera que estaba uno" (Participante P18). "Yo iba con mis tacones, mi vestidito y todo, yo iba a estudiar; la policía venía encima yo veía que las muchachas salían corriendo… Yo era como si fuera un delincuente y tenía que vivir a escondida" (Participante P5)
En los relatos, algunas cuentan que tuvieron que abandonar sus hogares siendo niñas o adolescentes (a los 13 o 15 años) y buscar cómo sobrevivir en una sociedad que les cerraba las puertas, incluso antes que la vejez pudiera aparecer siquiera como una posibilidad. Sin el apoyo de sus familias y con pocas posibilidades de acceder a un empleo, algunas ingresaron a la prostitución durante la adolescencia. "Después de ver que mi familia me azotaba mucho fue cuando me fui de la casa y busqué amistades y como yo era menor de edad pues no podía prostituirme" (Participante P9). "Cuando yo empecé era muy pequeña y uno siempre como desde los 13-14 años a trabajar la prostitución….. dije me voy a prostituir y me voy a poner a trabajar, esa es la única solución" (Participante P9).
Esa investigación describe que en los pocos casos donde existió respaldo de la madre, este funcionó como el principal amortiguador para tener vivencias de tránsito más seguras. La evidencia apuntó a que el apoyo de las familias a las vidas trans es fundamental.
A medida que crecían, la experiencia trans descrita incluyó hormonización no supervisada.
“Ante la exclusión e inaccesibilidad del sistema de salud”, se lee, muchas reportaron que realizaron sus tratamientos hormonales mediante automedicación o consejos informales entre pares. "Yo he tenido mucha hormona, pues yo me las ponía dos veces por semana, y pues sí me empezó a cambiar el cuerpo… No tuve un acompañamiento" (Participante P9). "Me decían inyéctese agua con aceite uno se metía eso y no iba al médico" ( P15).
En los últimos años, diversas investigaciones han reiterado que los estudios que intentan entender y documentar la realidad de las personas trans se han concentrado en las personas jóvenes y han dejado de lado la vejez. El grupo de investigadoras colombianas ha buscado aportar en ese vacío. En Ageing & Society, de Cambridge University Press, Reyes y sus colegas publicaron un estudio en el que demuestran que envejecer siendo una mujer trans en Colombia está condicionado por la violencia, la discriminación y la exclusión acumuladas a lo largo de la vida. Las 23 mujeres entrevistadas por las autoras del estudio, todas ellas de entre 50 y 67 años y residentes en Bogotá, relataron experiencias de violencia de género, rechazo familiar, estigmatización y discriminación institucional. Los autores señalan que estas experiencias persistentes aumentan la vulnerabilidad en la vejez.
El estudio identifica el edadismo, entendido como la discriminación basada en la edad, como una barrera que aparece en etapas posteriores de la vida en las personas trans.
Algunas participantes relataron el rechazo de mujeres trans más jóvenes y las dificultades para conseguir empleo por ser mayores. Esta discriminación se suma a la que enfrentan por su identidad de género y se agrava en contextos de pobreza y trabajo sexual callejero, donde las oportunidades laborales y la seguridad económica son aún más limitadas.
Hay una cifra en medio de esas entrevistas que ayuda a entender la dimensión del contexto que enfrentan las mujeres trans que llegan a la vejez. Solo dos de las 23 participantes reportaron que recibían una pensión. Varias afrontaban pobreza, enfermedades y dificultades para mantener sus ingresos. Las autoras de la investigación relacionan estas condiciones con las barreras educativas y laborales que algunas sufrieron desde jóvenes.
“Debemos garantizar el acceso a la educación y reconocer que ellas están en desventaja, pero que quienes lograron tener educación tampoco tienen trabajo”, dice Reyes. “No tienen trabajo porque vivimos en un país como Colombia, pero tampoco tienen trabajo, además, porque son mujeres o personas trans. Entonces, dentro de estas miradas inclusivas, hay que abrir espacios de trabajo para las personas trans. También es importante la ausencia de datos y cómo vemos esta interseccionalidad asociada al género, la clase, la etnia y la edad”.
La salud en la vejez trans

Todo ese tránsito en la adolescencia determina la vejez de muchas mujeres trans. “Es una vejez en unos círculos de pobreza y exclusión estructural”, dice Maldonado. “Es una vejez invalidada, infantilizada, minorizada y castigada. Por ejemplo, uno de los resultados de la investigación hablaba de una vejez mediada por la culpa. Te han excluido tanto durante toda tu vida, te han sacado de todo, que te hacen sentir culpa de llegar a vieja”.
Después de esta primera investigación cualitativa, el grupo publicó en octubre de 2025, en la revista Neuroscience, un segundo estudio, esta vez cuantitativo, en el que participaron 287 personas trans y no binarias de entre 18 y 70 años, reclutadas en seis ciudades y municipios de Colombia. Allí buscaron analizar cómo los factores psicosociales, de salud y ambientales influyen en el bienestar subjetivo y la salud mental de la población trans y no binaria. Entre las variables estudiadas se incluyó la culpa (guilt), uno de los diez descriptores emocionales que componen la subescala de afecto negativo del cuestionario PANAS. Esta dimensión, explica Reyes, recoge la frecuencia con la que una persona experimenta emociones desagradables, como tristeza, miedo, angustia o nerviosismo.
En la investigación, los modelos estadísticos mostraron que el llamado “afecto negativo” se asociaba con el avance de la edad y con mayores niveles de sintomatología depresiva. Aunque esta sintomatología no equivale, por sí sola, a un diagnóstico clínico, sí puede dar señal de malestar que puede afectar la calidad de vida y el bienestar de una persona. “La mayoría de las mujeres trans, casi el 80%, tenían sintomatología depresiva. Eso es terrible, es una tragedia, algo que no nos podríamos permitir”, resume Reyes.
Al evaluar estadísticamente más de 32.000 modelos explicativos, la carga de enfermedad emergió de forma consistente como uno de los determinantes negativos más sólidos.

La investigación, sin embargo, también midió el “afecto positivo”, entendido como la presencia de emociones y estados como el entusiasmo, la inspiración, el interés y el ánimo. “Queríamos estudiar el bienestar, pero no solo desde la perspectiva y mirada negativa”, explica Reyes. “Encontramos que la cohesión comunitaria, el cómo se gestan estas nuevas familias o nuevos grupos y cómo pertenecen a elles, es un factor protector para su salud. De hecho, muchas de ellas llegaban a recibir atención o ayuda, gracias a sus amigas”.
El estudio resalta que, en contextos colectivistas como los latinoamericanos, la cohesión comunitaria y la autoeficacia funcionan como los amortiguadores más efectivos para cultivar el bienestar emocional frente al estrés de minorías.
“Yo creo que de todos estos hallazgos, se extraen varios mensajes para las autoridades”, asegura Reyes. “Uno es la invisibilidad estadística, que no nos ha permitido tener modelos e hipótesis para planear, por ejemplo. Si no medimos algo, no existe”, comienza la investigadora, refiriéndose a la ausencia de datos sobre la vejez en las mujeres trans.
“Segundo, algo que a mí me llama mucho la atención es que lo que las protege es algo completamente individual: mi habilidad, mis amigas o mis amigos. Pero no el entorno. Y eso es grave, porque debemos garantizar entornos inclusivos que permitan que todas las personas podamos tener bienestar, independientemente de lo que seamos. Sin embargo, es evidente que ese bienestar es como si se lo cargáramos solamente a su responsabilidad y las excluyéramos de una garantía de derechos”.
“Nos preocupa cómo vamos a llegar a viejas, no solo la propia, sino la de nuestras hermanas”, dice Maldonado, que todavía no llega a esa edad. “Yo sí lo llevo ya pensando desde hace algún tiempo”, reconoce Coqueta. “Soy una mujer trans de 60 años y ya empiezo a ver la vida de manera muy diferente, aunque no como quieren que la vea. Me niego a envejecer de la manera que las personas quieren. Jamás”. Hace poco, y entre todas, compraron un terreno con la idea de construir la Ecoaldea Travesti, la primera ecoaldea en Latinoamérica pensada para la vejez de las mujeres trans, un espacio que imaginan para envejecer con dignidad, autonomía y acompañamiento colectivo.
El proyecto, que todavía está en una etapa inicial, busca reunir a un primer grupo de entre 10 y 12 mujeres y ofrecerles un techo, un lugar donde cultivar sus propios alimentos, cuidar animales, compartir saberes y construir formas de cuidado colectivo, sin renunciar a su identidad. Necesita más financiación, más apoyo, pero es, dicen, un comienzo.
Se trata, señala Maldonado, de hacer posible que las mujeres trans puedan imaginar una vejez que no sea sinónimo de pobreza o violencia. Que puedan llegar a ser viejas.
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Myriam(35204)•Hace 5 horasMagnifica idea, ojala lo logren, se lo merecen
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maría(52338)•Hace 13 horas¡qué gran idea la de la ecoaldea!, ¡adelante!