La vacunación surge en el siglo XVIII como una medida contra una de las enfermedades infecciosas más devastadoras de la historia humana: la viruela. En una época en la que se desconocía su origen, esta enfermedad viral generaba una altísima carga de morbilidad y mortalidad. Gracias a una estrategia de salud pública sostenida y universal, la viruela se convirtió en la primera y, hasta el momento, la única enfermedad infecciosa erradicada de la Tierra, un logro sin precedentes en la historia de la medicina y de la vacunación mundial.
Si bien en los últimos siglos las condiciones de vida, la nutrición y el conocimiento médico han mejorado de manera significativa, los agentes infecciosos continúan circulando, mutando y desplazándose fuera de sus nichos habituales. Muchos de ellos siguen siendo altamente peligrosos, en particular durante la infancia.
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La infección por un microorganismo específico no produce el mismo efecto en todas las personas: algunas pueden infectarse sin presentar síntomas, otras desarrollar cuadros clínicos leves o moderados, y otras sufrir formas graves que pueden derivar en secuelas o incluso en la muerte. En personas con enfermedades crónicas no infecciosas, con sistemas inmunes debilitados o en los extremos de la vida, estas infecciones suelen complicarse con mayor frecuencia; sin embargo, incluso en individuos aparentemente sanos, es imposible predecir con certeza quién evolucionará hacia formas graves de la enfermedad.
La pandemia por covid-19 nos dejó una enseñanza contundente en este sentido. Estudios clínicos y genómicos demostraron la existencia de, al menos, diez mecanismos distintos por los cuales algunas personas desarrollaban enfermedad grave, tras infectarse con el virus SARS-CoV-2, inclusive sin tener factores de riesgo.
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Alteraciones mínimas en los sistemas de reconocimiento inmunológico de los microorganismos o en los mecanismos de respuesta antiviral, imperceptibles en la vida cotidiana, fueron suficientes para desencadenar cuadros respiratorios severos. Esto evidencia que la vulnerabilidad frente a las infecciones no siempre es visible ni predecible.
Por esta razón, en muchos casos la vacunación se aplica de manera universal, ya que la medicina personalizada y predictiva avanza, pero aún se encuentra en desarrollo. Todavía no hemos alcanzado el nivel de conocimiento necesario para definir con precisión la susceptibilidad individual frente a determinados agentes infecciosos, por lo que las estrategias preventivas deben orientarse a la protección de la población en su conjunto.
Dos de los conceptos centrales en inmunización tienen su origen en el ámbito de la ganadería: la vacunación, derivada del ganado vacuno, modelo a partir del cual se desarrolló la vacuna contra la viruela, y el llamado efecto rebaño. Este último describe un fenómeno fundamental de la salud pública: la protección indirecta que reciben las personas no vacunadas cuando un alto porcentaje de la población sí lo está, formando una “muralla inmunológica” que limita la circulación y diseminación de los microorganismos. Cuando esta muralla se debilita, los agentes patógenos vuelven a circular y los grupos más vulnerables, como lactantes, personas mayores, individuos inmunocomprometidos o con enfermedades crónicas, quedan expuestos.
El cambio en los esquemas de vacunación anunciado a partir de 2026 en los Estados Unidos genera una profunda preocupación. Varias vacunas que antes se recomendaban de forma universal para todos los niños dejan de serlo, entre ellas las dirigidas contra el virus de la influenza, rotavirus (causante de diarreas graves), hepatitis A, hepatitis B, meningococo (agentes de meningitis) y el covid-19.
La evidencia científica y la experiencia son claras: cuando disminuyen las coberturas vacunales, reaparecen los brotes. Incluso descensos relativamente pequeños en la vacunación, del 5 % al 10 %, han sido suficientes para provocar un resurgimiento de enfermedades prevenibles como el sarampión, la meningitis o la hepatitis.
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Reducir la vacunación infantil no solo implica un aumento de la enfermedad. También lleva a una mayor presión sobre los sistemas de salud, más hospitalizaciones, más complicaciones y secuelas evitables, y un incremento de la mortalidad. Cuando la vacunación deja de ser una recomendación universal y pasa a depender del nivel educativo, del acceso a información confiable o de los recursos familiares, la inequidad sanitaria se profundiza.
Los mensajes ambiguos provenientes de las políticas públicas generan confusión, especialmente cuando surgen en países tomados como referentes médicos. Muchas familias interpretan que, si una vacuna deja de ser universal, entonces “no era tan necesaria”. Esto erosiona la confianza en todo el sistema de vacunación y alimenta discursos antivacunas, con consecuencias negativas a largo plazo. Estas decisiones no son aplicables a todas las poblaciones y a los países como el nuestro, donde al dejar la vacunación universal impactaría especialmente a zonas alejadas y en las poblaciones socialmente más vulnerables.
Desde la perspectiva de la salud pública, la vacunación infantil no puede entenderse únicamente como una decisión individual. Se trata de una responsabilidad colectiva con profundas implicancias éticas, sanitarias y sociales. La vacunación universal no es solo una intervención médica y de salud pública, es una herramienta fundamental de equidad y justicia social.
*MD, PhD. Facultad de Medicina – Universidad de los Andes
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