“El mundo se divide entre los que pueden dormir y los que no”, escribió Marie Darrieussecq en Sleepless. De un lado de la cama están los afortunados que concilian y mantienen el sueño con una facilidad casi envidiable; y del otro lado, con una pierna colgando del borde, el 10 % de los adultos del mundo que, según algunas estimaciones, padecen insomnio.
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“Insonmio”. Según el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa, el sustantivo apareció por primera vez impreso en un artículo de Alexander Morison en The Lancet en 1908.
Morison lo diagnosticó como una condición de la clase media-alta: “En mi experiencia, y creo que corroboro la impresión general, (es) más raro entre los pobres que entre sus vecinos más ricos”. Los pobres, escribió el médico inglés, “no pueden permitirse el lujo de padecer insomnio, pues por muy mal que duerman durante la noche, es inútil quejarse porque están obligados a levantarse de nuevo a una hora decente al día siguiente”. En el Reino Unido de Morison ya había luz artificial y calefacción en invierno, asociadas a uno de los grandes enemigos del sueño moderno: la industrialización.
“En los tiempos que corren estamos viendo que hay una gran cantidad de elementos que desajustan nuestros ritmos biológicos”, explica Alain Riveros-Rivera, médico e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), especializado en medicina del estilo de vida, sueño, cronobiología y fisiología integrativa. Entre ellos, dice, la creciente exposición a pantallas y dispositivos digitales. “Toda esa tecnología ha modificado profundamente los patrones de luz y oscuridad que durante miles de años acompañaron a la humanidad”.
¿Cómo dormían los humanos antes de esta era de pantallas y bombillas, cuando la noche estaba iluminada apenas por la luna, las estrellas o el fuego; cuando la oscuridad era realmente oscura, y los ritmos de la vida seguían mucho más de cerca los ciclos naturales del día y la noche?
En 2015, un grupo de investigadores intentó responder esa pregunta estudiando los patrones de sueño de tres sociedades preindustriales: los hadza, de Tanzania: los san del Kalahari, de Namibia, y los tsimane, de Bolivia, comunidades sin electricidad, sin televisión, sin internet, sin calefacción y sin aire acondicionado.
Descubrieron que no dormían muchas más horas que nosotros (entre 5,7 y 7,1 por noche), pero sí parecían dormir mejor: apenas entre el 1 % y el 2 % de las personas reportaba sufrir insomnio de manera habitual. Pocas, aunque suficientes para sugerir que las dificultades para dormir no son, en todo caso, exclusivas de la vida moderna.
El historiador Roger Ekirch ha encontrado testimonios en diarios, cartas y obras literarias de la era preindustrial (siglos XV al XVIII) sobre lo que denominó “sueño bifásico”: un patrón en el que las personas se despertaban durante un tiempo en mitad de la noche. Lejos de interpretarse como un trastorno, aquel despertar parecía formar parte normal de la experiencia nocturna.
A comienzos del siglo XVII, el clérigo inglés Robert Burton dedicó varias páginas de su célebre Anatomía de la melancolía a los problemas de sueño. Burton entendía que el insomnio podía ser tanto una causa como una consecuencia de la melancolía, el término con el que entonces se describían muchos de los síntomas que hoy asociamos a la depresión. También recomendaba evitar ciertos alimentos, como el repollo, al que atribuía la capacidad de provocar sueños perturbadores.
Durante las últimas dos décadas, la intuición de Burton ha encontrado respaldo en la ciencia moderna. “Hoy en día se ha profundizado mucho en la relación del insomnio con múltiples enfermedades”, explica Johanna Valderrama Zuluaga, neuróloga del Hospital San Vicente Fundación en Medellín. “Especialmente, con las afecciones cardiovasculares y cerebrovasculares”.
Antes, los médicos distinguían entre un insomnio primario, que aparecía por sí solo, e insomnio secundario, atribuido a otras condiciones. Hoy esa división ha sido abandonada en gran medida. Los investigadores entienden cada vez más que la relación es bidireccional: el insomnio puede ser consecuencia de otros trastornos, pero también puede contribuir a desencadenarlos, agravarlos o prolongarlos.
Hoy sabemos, de hecho, que el insomnio rara vez aparece de forma aislada. En 2021, un gran estudio basado en más de 20 millones de historias clínicas en Estados Unidos encontró que los pacientes diagnosticados con insomnio presentaban con frecuencia trastornos de ansiedad, depresión, hipertensión, dolor de espalda, reflujo gastroesofágico, enfermedades tiroideas. Y más de 170 comorbilidades más que sugieren que el insomnio forma parte de una compleja red de condiciones físicas y mentales, que a menudo se refuerzan mutuamente.
También sabemos que no hay un solo tipo de insomnio. “Hay insomnios de conciliación, cuando la persona se demora en quedarse dormida; de reconciliación, cuando se despierta varias veces durante la noche y le cuesta volver a dormir; y de despertares tempranos, cuando se levanta a las dos o tres de la mañana y ya no puede retomar el sueño”, explica Paola Sarmiento, enfermera, magíster en Enfermería y profesora de la U. de La Sabana.
En 2022, un grupo de investigadores intentó resumir todo lo que la ciencia sabe, y no sabe, sobre el insomnio. Sabemos reconocer sus síntomas. La dificultad para conciliar el sueño, los despertares nocturnos y el despertar precoz siguen siendo sus manifestaciones más visibles. Pero también sabemos que el insomnio no se revela únicamente durante la noche. La fatiga, los problemas de atención y de memoria, la irritabilidad, ansiedad, bajo estado de ánimo y una sensación persistente de agotamiento forman parte del trastorno tanto como las horas pasadas en vela. Hoy, los principales sistemas de clasificación diagnóstica reconocen al insomnio como un trastorno mental por derecho propio. Sin embargo, no se trata de un trastorno mental en el mismo sentido que la depresión o la ansiedad.
Más bien, es una condición que mantiene una relación estrecha y compleja con numerosos problemas de salud mental. Algunos estudios sugieren que cerca de la mitad de las personas con insomnio también presentan un trastorno mental asociado, como depresión, ansiedad, trastorno bipolar o estrés postraumático. El problema es que todavía no entendemos del todo cómo se produce esa relación. Durante años se asumió que el insomnio era simplemente una consecuencia de los trastornos mentales: las personas deprimidas o ansiosas dormían mal debido a su enfermedad. Hoy la evidencia apunta a una realidad mucho más compleja: el insomnio puede ser consecuencia de un trastorno mental, es cierto, pero los investigadores creen que también puede aparecer antes de que este se desarrolle; puede aumentar el riesgo de padecerlo, o agravar sus síntomas una vez que ya existe.
¿Por qué ocurre esto? Existen varias hipótesis. Algunas investigaciones apuntan a que ambas condiciones podrían compartir factores genéticos. Otras sugieren que la falta de sueño altera sistemas cerebrales implicados en la regulación de las emociones, la respuesta al estrés y la capacidad del cerebro para adaptarse y reorganizarse, un fenómeno conocido como neuroplasticidad. También se ha planteado que los procesos inflamatorios y ciertas alteraciones del sistema inmune podrían contribuir tanto al insomnio como a los trastornos mentales. Sin embargo, aún desconocemos muchos aspectos sobre la relación entre el insomnio y los trastornos mentales. De hecho, en 2022 un panel internacional de expertos delineó la investigación necesaria para subsanar estas lagunas de conocimiento.
Uno de los puntos que siguen generando mayor incertidumbre es que seguimos sin contar con un biomarcador capaz de diagnosticar el trastorno y todavía no existe una teoría única que explique por qué ocurre. Es decir, aunque hemos aprendido a describirlo, clasificarlo e, incluso, a tratarlo, aún desconocemos por qué algunas personas pierden la capacidad de dormir mientras otras la conservan incluso en circunstancias similares. O por qué dos personas pueden atravesar exactamente la misma noche y despertar con experiencias radicalmente distintas: una descansada; la otra, exhausta.
El mecanismo que hace que algunas personas pierdan el sueño continúa siendo, en muchos aspectos, un misterio.
La experiencia del insomnio
Aaron Schokman y Nick Glozier, investigadores de la Universidad de Sídney, escribieron hace unos años en The Conversation sobre la fascinación de Hollywood por el impacto del sueño y del insomnio en el cuerpo. Por un lado, películas como The Machinist (2004), Fight Club (1999) o Insomnia (2002) muestran al insomne como una figura atormentada, al borde de la paranoia, las alucinaciones o la pérdida de la cordura. Por el otro, producciones más recientes como Red, White & Royal Blue (2023) apenas mencionan el insomnio como una característica menor de sus personajes, sin detenerse mucho en sus consecuencias.
Para los autores, ambas representaciones terminan alejándose de la experiencia real de la mayoría de quienes padecen este trastorno. Un estudio publicado en 2017 en Sleep Medicine Reviews, que revisó más de una veintena de investigaciones sobre la experiencia de vivir con insomnio, reveló que muchas personas sienten que sus problemas de sueño son trivializados, malinterpretados o minimizados por quienes las rodean, incluidos algunos profesionales de la salud. Los investigadores encontraron que los pacientes suelen describir el insomnio como un problema de 24 horas: una condición que no termina al amanecer, sino que se extiende a las horas de trabajo, las relaciones personales y al estado de ánimo.
“Nuestra cultura elogia mucho la productividad y hay una connotación peyorativa al sueño”, dice Riveros.
Las reflexiones sobre el sueño y el insomnio acompañan a la humanidad desde hace siglos. Un ensayo publicado en 2018 en The Lancet recordaba que Platón, por ejemplo, sostenía que los ciudadanos debían dormir menos que los esclavos, pues consideraba que el sueño era tiempo muerto, un espacio en el que era imposible hacer negocios o producir. Esa mirada sobrevivió, con distintas formas, a lo largo de la historia. En Enrique IV, Parte 2, estrenada hacia 1600, Shakespeare imagina a un rey incapaz de descansar mientras el sueño parece refugiarse entre sus “súbditos más pobres”.
Para el monarca, una noche de descanso completo es un privilegio vedado por las responsabilidades del poder. Es la misma idea que resume una de las frases más conocidas del dramaturgo: “Inquieta yace la cabeza que lleva una corona”.
La ciencia, sin embargo, ha terminado reivindicando al sueño. Lejos de ser ese “tiempo muerto” que imaginaba Platón, las investigaciones de las últimas décadas han mostrado que mientras dormimos el cerebro atraviesa uno de sus periodos más intensos de actividad.
“Durante el sueño se consume una gran cantidad de energía”, explica Mario Andrés Valderrama Manrique, investigador de la Universidad de los Andes que ha estudiado la actividad cerebral durante el sueño. Es en esas horas cuando el cerebro consolida recuerdos, reorganiza información, regula hormonas y pone en marcha procesos de limpieza y restauración para el organismo. Dormir, descubrieron los científicos, no es dejar de funcionar. Es una de las condiciones necesarias para seguir funcionando.
La higiene del sueño
Paradójicamente, cuando tenemos insomnio, quedarnos en la cama intentando dormir puede ser una de las peores cosas que podemos hacer. Una investigación publicada en 2022 explica que muchos pacientes terminan atrapados en un círculo vicioso: cuanto más se preocupan por dormir y más tiempo pasan acostados tratando de lograrlo, más difícil se vuelve conciliar el sueño. Por eso, una de las estrategias más utilizadas consiste en reducir el tiempo que la persona pasa despierta en la cama y reconstruir la relación entre ese espacio y el acto de dormir. Los especialistas llaman a ese conjunto de prácticas “higiene del sueño”. Básicamente, explica Sarmiento, de la U. de La Sabana, se trata de la rutina que rodea el momento de acostarse y que ayuda a regular el descanso.
La idea, en realidad, no es nueva. Antes de la industrialización, cuenta la historiadora Sasha Handley en Sleep in Early Modern England (El sueño en la Inglaterra Moderna Temprana), dormir era una actividad que requería bastante preparación. Las personas cultivaban una serie de “señales culturales, sensoriales y ambientales” para inducir la somnolencia. Aromas familiares, rituales religiosos, determinados alimentos y remedios herbales como la lavanda, la lechuga o la raíz de mandrágora preparaban al cuerpo para el sueño. En los hogares adinerados, cuenta Handley, los textiles de los dormitorios solían ser lujosos y personalizados, y se remendaban repetidamente para que duraran generaciones.
“Yo hago un ejercicio en clase”, cuenta Sarmiento. “Les pregunto a mis estudiantes cuánto han invertido en un buen celular y cuánto han invertido en una buena almohada. No tienen ni idea”. La misma respuesta aparece cuando pregunta por colchones, sábanas o pijamas. “¿Quién se ha preguntado cuál es el colchón que facilita su sueño? ¿Qué sábanas le gustan? ¿Qué pijama lo ayuda a dormir?”, dice. “No nos hacemos esas preguntas porque no nos importa el sueño. Creemos que dormir es simplemente acostarnos en la cama”.
No son cosas demasiado complicadas. Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, evitar las pantallas antes de dormir, reducir el consumo de cafeína y bebidas energizantes durante la noche, procurar que la habitación esté oscura y silenciosa, o identificar qué tipo de almohada, colchón o temperatura favorecen el descanso son algunas de las recomendaciones más frecuentes.
Si las preocupaciones empiezan a dar vueltas en la cabeza a la hora de dormir, Sarmiento sugiere escribirlas en un papel. “Saquémoslas”, dice. “No las dejemos ahí dando vueltas”. La lógica, dice la especialista, es entender que para dormir no hay un interruptor que se apaga de repente al final del día. Es un proceso que comienza antes de cerrar los ojos.
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