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Radiofármacos que salvan pacientes con cáncer y el cuello de botella para acceder a ellos

La ciencia médica produce medicamentos radiactivos capaces de revelar la ubicación exacta del cáncer y atacarlo, reduciendo al mínimo el impacto en los tejidos sanos. Es un campo en el que Colombia ha avanzado notablemente, aunque aún hay barreras que impiden que lleguen pronto a los pacientes.

María Isabel Calderón, Daniela Rodríguez Sánchez y Sofía Rodríguez Bolívar*
Imagen extraída del Atlas fotográfico oncológico PET/CT 18F-FDG.
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Desde hace 16 meses, Germán tiene cáncer. Su cuerpo ha pasado por diferentes manos, unas que lo cortan, lo abren, lo cosen y lo inyectan; otras que, con algunas palmaditas en la espalda, lo animan; algunas más amables lo cuidan, lo acarician y lo alimentan. Después de haber estado expuesto a quimioterapia y a varias cirugías donde no fue posible extraer el tumor, lo remitieron a radioterapia. En su primera sesión entró por una puerta que tenía el símbolo de radiación, el trébol amarillo que la memoria colectiva asocia con los documentales de Chernóbil. Al preguntarle cómo se sentía, respondió: “Tengo esperanza de que funcione, pero en este país se sigue conservando el discurso mentiroso del valor por la vida”.

Días después, su oncólogo le ordenó una tomografía por emisión de positrones (PET). Sin saber mucho de qué se trataba, pero atendiendo a la urgencia, inició el camino para las autorizaciones. El primer obstáculo fue geográfico: la vida de Germán está a horas de Bogotá, la capital del país y el único lugar donde podría realizarse el examen. Luego vinieron los trámites burocráticos, las filas para conseguir sellos oficiales y las llamadas sin respuesta.

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Cuando se tiene una enfermedad de este tipo, se aprende a negociar constantemente entre el estoicismo y la esperanza. Germán, su esposa Patricia y Sofía, su hija, una de las autoras de este reportaje, están convencidos de que la radioterapia es una buena opción, porque en medio de la incertidumbre, representa una posibilidad. Es el campo donde lo radiactivo deja de ser una amenaza para convertirse en una forma de cuidado.

Cuando la radiactividad es una aliada

La esperanza que hoy acompaña a Germán en cada sesión de radioterapia tiene detrás décadas de investigación, innovación y trabajo especializado. Pacientes como él llegan todos los días a servicios de medicina nuclear en busca de diagnósticos más precisos y tratamientos más efectivos.

Para comprender cómo funciona esta especialidad médica, la mirada conduce al Instituto Nacional de Cancerología (INC) de Colombia. En sus instalaciones opera un grupo de radiofarmacia certificado por el INVIMA en Buenas Prácticas de Elaboración. Reúne a un equipo multidisciplinario de físicos, médicos, químicos, tecnólogos y profesionales que trabajan a diario con materiales radioactivos.

La medicina nuclear rema contra la corriente de la cultura popular que sigue asociándola a la destrucción. Marco Guarín conoce de cerca ese contraste. Es físico médico clínico, especialista en medicina nuclear y uno de los líderes del grupo de radiofarmacia del INC. “Muchas veces el tema de la radiación no es algo que atraiga, sino que asusta. Hay un estigma en torno a lo nuclear. Debido a las bombas o las guerras entre países, la parte positiva queda relegada”, dice.

Marco Guarín es físico médico clínico, especialista en medicina nuclear y uno de los líderes del grupo de radiofarmacia del INC.

Esa cara positiva y vital de la radiación se materializa en los radiofármacos, una de las piezas centrales de la medicina nuclear. Son medicamentos que contienen pequeñas cantidades de material radiactivo y que los médicos usan para observar cómo funcionan distintos órganos del cuerpo, detectar enfermedades e, incluso, tratar algunas de ellas. Dependiendo del tipo de material radiactivo que contengan, pueden servir para obtener imágenes del cerebro, el corazón, los riñones o los huesos, así como para diagnosticar y tratar enfermedades como el cáncer o el hipertiroidismo.

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A diferencia de los medicamentos convencionales, estas sustancias llevan una señal energética diseñada para encontrar una enfermedad o atacarla con precisión. Están compuestas por un átomo inestable, el isótopo, y una molécula que el cuerpo reconoce como propia, una proteína o un azúcar. Cuando llegan al tumor, las células malignas absorben ese material radiactivo y crean un punto de energía que se ilumina y es detectado por las cámaras médicas, que lo transforman en imágenes de alta definición.

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Guarín aterriza la idea: “Lo que hacemos con los radiofármacos prácticamente es administrar al paciente un medicamento que simula su propio metabolismo. Las células cancerígenas, para su crecimiento y reproducción, son ávidas de glucosa (azúcar), por lo que consumen rápidamente este azúcar radiactivo y el cáncer termina delatándose a sí mismo”.

Imagen de referencia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Esa capacidad de revelar la enfermedad también cambia la forma de monitorear la efectividad de los tratamientos. Desde el INC destacan la importancia de la “tomografía por emisión de positrones”, conocida como PET, el mismo examen que le ordenaron a Germán. Es un estudio que funciona como un termómetro en tiempo real de la enfermedad.

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Como explica Guarín, “no solo puedo entender en dónde están esos focos cancerígenos, sino que además puedo cuantificar qué tan activas están las células. Podemos saber si el paciente responde al tratamiento, si la enfermedad se estabilizó, disminuyó o si la actividad tumoral ha aumentado”.

El funcionamiento clínico de este termómetro molecular se hace evidente al observar las imágenes diagnósticas. En el caso de un paciente con cáncer avanzado en la membrana pulmonar, las zonas oscuras representan los órganos sanos; el radiofármaco se acumula en las áreas enfermas, haciéndolas brillar con una luz intensa que revela el mapa exacto de la patología. Allí, la red brillante en la capa que recubre el pulmón izquierdo delata el avance de la enfermedad, y un punto encendido en un hueso de la espalda confirma que el tumor ya empezó a extenderse por la columna.

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Atlas fotográfico oncológico PET/CT 18F-FDG.

Ese rastro luminoso es igual de revelador en otros escenarios diagnósticos. En la imagen de un paciente con cáncer de piel en el labio, el medicamento radiactivo delata el viaje de las células malignas hacia los ganglios del cuello (señalado con flechas blancas) y evidencia cómo la enfermedad ha empezado a desgastar los huesos en otras partes del cuerpo, como lo señalan las flechas amarillas.

En la fase terapéutica, los radiofármacos también abren una posibilidad distinta frente a tratamientos convencionales. Mientras que la quimioterapia suele afectar a todo el organismo y producir efectos secundarios como náuseas, caída del cabello o debilitamiento del sistema inmune, la medicina nuclear busca que el material radiactivo llegue de manera dirigida al tumor para dañar las células enfermas y reducir el impacto sobre los tejidos sanos.

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Pero toda esta precisión depende de una carrera permanente contra el reloj. Los radiofármacos, que pueden administrarse por vía intravenosa, oral o incluso inhalada, tienen una particularidad crítica: pierden su fuerza radiactiva en cuestión de horas o pocos días. El flúor-18, por ejemplo, el isótopo más usado para detectar tumores, ve reducida su energía a la mitad cada 110 minutos. Es decir, que en un lapso de casi dos horas, la mitad de la materia producida en el laboratorio se vuelve inservible. Eso obliga a una logística estricta para producirlos, transportarlos y utilizarlos a tiempo.

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Allí surge una paradoja difícil de ignorar: mientras los radiofármacos se desintegran en cuestión de horas, algunos pacientes pueden tardar semanas o incluso meses esperando acceder a ellos.

Cuando escribimos este reportaje, Germán aún no tenía la autorización de su PET. El cáncer, mientras tanto, no conoce de trámites ni de calendarios. La misma urgencia que impone la física sobre estos medicamentos es la que impone la enfermedad sobre quienes los necesitan. Su historia refleja un problema estructural. Mientras el país desarrolla capacidades científicas y tecnológicas cada vez más sofisticadas, permanecen dificultades para garantizar que estas lleguen a tiempo a quienes más las necesitan.

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¿Dónde está la medicina nuclear? El mapa de la desigualdad de una tecnología que salva vidas

De acuerdo con el inventario oficial del Servicio Geológico Colombiano (SGC), la autoridad nacional competente en asuntos nucleares y radiológicos, existen 306 instalaciones autorizadas para el empleo de material radiactivo en Colombia. El registro incluye únicamente instalaciones con autorizaciones vigentes, licencias de operación o registros activos.

Una parte importante de esta infraestructura (141 instalaciones) está destinada a actividades industriales, de investigación y exploración. Allí se encuentran aplicaciones como la gammagrafía industrial, los medidores nucleares utilizados en procesos productivos y el perfilaje de pozos empleado en la exploración petrolera y minera.

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Sin embargo, el verdadero motor de la tecnología nuclear en Colombia se encuentra en el sector salud. Las 165 instalaciones restantes están dedicadas a actividades médicas. 115 corresponden a medicina nuclear, 35 a radioterapia y 15 a producción de radionúclidos y radiofarmacia. En otras palabras, más de la mitad de toda la infraestructura autorizada para el uso de material radiactivo está orientada al diagnóstico, tratamiento y seguimiento de enfermedades, especialmente cáncer.

Dentro de ese universo de la medicina nuclear, está el examen PET/CT, el protagonista para detectar el rastro del cáncer. Aunque el nombre suena complejo, es una máquina que fusiona dos tecnologías: el PET, que muestra cómo están funcionando las células del cuerpo y cuáles consumen más energía de lo normal, mientras que el CT (tomografía computarizada) revela la ubicación exacta de los órganos. Dicho de manera simple: una imagen muestra qué está pasando y la otra dónde está pasando.

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En la información pública del SGC hay 21 instituciones de salud autorizadas para operar servicios PET, PET-CT o PET/CT, concentradas en Bogotá y Barranquilla.

La cifra, además, podría ser mayor. Varias instituciones médicas aparecen registradas únicamente bajo la categoría general de “medicina nuclear”, sin especificar si cuentan o no con equipos PET/CT dentro de sus servicios. Aun con esa limitación, el panorama es revelador. El acceso a una de las herramientas más avanzadas para el diagnóstico y seguimiento del cáncer se concentra en unos pocos centros urbanos y depende casi exclusivamente de clínicas y fundaciones privadas.

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Para muchos pacientes la posibilidad de acceder a un PET/CT no depende únicamente de una necesidad médica, sino también del lugar donde viven.

Autonomía sanitaria: el desafío de producir lo que salva vidas

Detrás de cada PET, de cada imagen diagnóstica y de cada tratamiento en medicina nuclear existe una infraestructura invisible pero vital: los laboratorios encargados de producir los radiofármacos. Estos compuestos químicos son la materia prima indispensable; sin ellos, los escáneres más avanzados del país serían solo máquinas apagadas.

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Colombia ha fortalecido parte de sus capacidades nacionales, aunque siguen siendo limitadas. De acuerdo con el listado oficial del INVIMA sobre establecimientos asociados a Buenas Prácticas de Elaboración de Radiofármacos (BPER) a 2026, entre las instituciones y empresas vinculadas a esta actividad aparecen el Instituto Nacional de Cancerología, Radiofarmacia Tracerlab SAS, Ciclotrón Colombia SAS, Ciclotrón Colombia ZF SAS y Ciclotrón Caribe SAS.

Los radiofármacos PET representan solo una parte de todos los compuestos utilizados en esta especialidad. Existen otros radiofármacos destinados a terapias, estudios funcionales y tratamientos especializados para distintas enfermedades.

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Toda esta vanguardia médica comparte una dependencia crítica: el radioisótopo. Sin este componente esencial, el medicamento pierde su capacidad de rastrear o destruir células enfermas. Producir estos insumos exige una infraestructura de alta complejidad que hoy está concentrada en muy pocos puntos del mapa mundial, dividida en dos tecnologías: los reactores nucleares de investigación y los ciclotrones.

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En el frente de los reactores, el suministro global depende de un puñado de potencias. Datos de la World Nuclear Association señalan que el mercado es sostenido por gigantes como Canadá, que opera 17 reactores, y los Países Bajos, responsables de cerca del 40 % de la producción mundial de ciertos isótopos médicos. En el escenario de los ciclotrones, también hay una brecha: según la base de datos global de producción de radionucleidos, Rusia es el líder con 60 de estas máquinas; Canadá cuenta con 28 y los Países Bajos con 13. Colombia tiene seis en funcionamiento.

Para fortalecer la capacidad nacional de producción, el Instituto Nacional de Cancerología junto con el Servicio Geológico Nacional participan en iniciativas de cooperación técnica y proyectos de desarrollo orientados a ampliar las capacidades del país, incluyendo el estudio de factibilidad de un nuevo reactor nuclear de investigación para Colombia y la apertura de la primera radiofarmacia industrial. Más allá de la infraestructura, el objetivo es garantizar que diagnósticos y tratamientos cada vez más sofisticados estén disponibles de manera oportuna para los pacientes de todos los rincones del país.

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Barreras de acceso: cuando el tiempo también enferma

Aunque la medicina nuclear ha crecido en Colombia durante los últimos años, acceder a este tipo de tecnologías sigue siendo un desafío para muchos pacientes. Y en enfermedades como el cáncer, donde el tiempo puede cambiar el rumbo de un diagnóstico o de un tratamiento, las demoras terminan teniendo un impacto definitivo.

El caso de Germán es una muestra de ello. Mientras espera la autorización de un PET, examen clave para evaluar la evolución de su enfermedad, los días siguen pasando. Y no se trata de una situación aislada. Según la Gran Encuesta All.Can sobre barreras para pacientes con cáncer en Colombia (2022), una de las principales dificultades continúa siendo la demora en autorizaciones, citas especializadas y acceso oportuno a exámenes diagnósticos. Aunque el país cuenta hoy con una infraestructura creciente en medicina nuclear, especialistas advierten que persisten dificultades de acceso normativas, económicas, técnicas y administrativas que terminan afectando la vida de los pacientes.

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El artículo “Regulación de los servicios de medicina nuclear: percepción de la problemática y desafíos para el manejo del cáncer en Colombia”, publicado en 2021 en la revista Biomédica del Instituto Nacional de Salud (INS), recopiló entrevistas con expertos clínicos, reguladores y prestadores de servicios e identificó múltiples barreras que limitan el desarrollo de la medicina nuclear en el país. Entre ellas están la falta de articulación entre las entidades encargadas de regular, vigilar y controlar los servicios; las diferencias en la interpretación de las normas; las demoras en procesos de habilitación, inspección y licenciamiento y las exigencias asociadas a infraestructura, manejo de residuos radiactivos y cumplimiento regulatorio.

Las dificultades tienen efectos concretos e inmediatos sobre la operación de los servicios. Javier Rada, coordinador del Grupo de Radiofarmacia del INC, explica que el almacenamiento de un residuo radiactivo de apenas 2,5 centímetros de diámetro puede costar alrededor de COP 2 millones. La cifra ayuda a dimensionar un aspecto que la ciudadanía pasa por alto: detrás de cada examen o tratamiento existe una infraestructura compleja y costosa que debe garantizar condiciones estrictas de seguridad para el manejo de materiales radiactivos.

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El químico farmacéutico Javier Antonio Rada Lozano, director técnico de la Radiofarmacia del INC, fundada en 2004. Es la única en el país que reúne en un mismo búnker un ciclotrón propio, módulos de síntesis PET y laboratorios de control de calidad.

Según aquel artículo de Biomédica, las barreras económicas y regulatorias también limitan la expansión de los servicios especializados y contribuyen a que continúen concentrándose en las principales ciudades del país. Los autores advierten que estas dificultades terminan afectando el acceso, la oportunidad, la continuidad y la calidad de los tratamientos. Incluso, algunos participantes señalaron afectaciones en la oportunidad de terapias con yodo radiactivo para pacientes con cáncer de tiroides.

A estas dificultades se suma el desafío de la dependencia de radioisótopos importados. El país aún depende en gran medida de materiales provenientes del exterior. Marco Guarín explica que acorde a su experiencia, los principales proveedores de estos materiales se encuentran en Países Bajos, Bélgica, Francia, Turquía y Sudáfrica porque, en sus palabras, “Colombia no tiene reactor con la capacidad suficiente para producir los isótopos que se necesitan”.

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Otra barrera menos visible es la de la información disponible. El equipo de Radiofarmacia del INC explica que actualmente trabaja en estudios de viabilidad para fortalecer la producción nacional de radioisótopos y que uno de los principales obstáculos encontrados ha sido la ausencia de información oficial consolidada sobre importaciones, disponibilidad y comportamiento del mercado colombiano. Sin datos organizados y accesibles, resulta más difícil planear inversiones, proyectar necesidades y tomar decisiones estratégicas para el crecimiento de la medicina nuclear en el país.

Mientras este reportaje seguía el recorrido de los radiofármacos, desde los laboratorios donde se producen hasta los pacientes que los esperan, Colombia formalizaba su ingreso a una nueva era de autonomía científica. El pasado 10 de junio, el Congreso de la República aprobó en su cuarto y último debate el proyecto de Ley Nuclear, un marco normativo que tras años de vacío legal busca fortalecer el desarrollo del sector nuclear colombiano, impulsar la investigación científica, promover la formación de talento especializado y crear las condiciones para ampliar las capacidades nacionales en áreas estratégicas como la medicina de precisión, los radioisótopos y los radiofármacos. La iniciativa contempla la creación de una Agencia de Seguridad Nuclear y Asuntos Radiactivos que permita coordinar, regular y proyectar un sector que durante décadas ha avanzado de manera fragmentada.

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El nuevo marco legal trae un reto enorme: el conocimiento generado en los laboratorios nacionales debe traducirse en diagnósticos más oportunos y tratamientos más accesibles, permitiendo que la medicina nuclear deje de ser una capacidad concentrada en pocos lugares para convertirse en una herramienta al alcance de las regiones. La apuesta de fondo busca que la ciencia cure enfermedades y contribuya a construir soberanía nacional.

*Este es un reportaje elaborado durante la maestría de Periodismo Científico de la U. Javeriana

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