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Salud mental en tiempos de redes, IA y algoritmos: ¿qué pasa con los jóvenes?

Para entender la salud mental de los jóvenes hay que mirar también el mundo que los rodea: presión, redes sociales, algoritmos, nuevas tecnologías y expectativas cada vez mayores. Esto dicen los especialistas sobre lo que está pasando con las nuevas generaciones.

Ana Vega

29 de agosto de 2026 - 10:29 a. m.
El problema, explican los especialistas, no está únicamente en cuánto tiempo pasan conectados, sino en qué encuentran allí.
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Esta semana, Meta, la compañía propietaria de Instagram y Facebook, acordó pagar hasta US$18.000 millones para cerrar las demandas en 48 estados estadounidenses por la forma en que sus plataformas afectan a niños y adolescentes. El acuerdo llega después de años de cuestionamientos sobre el diseño de funciones que podrían favorecer un uso compulsivo de las redes sociales y sobre las medidas adoptadas por la compañía para proteger a los menores.

El pacto contempla la implementación de controles más rigurosos: límites de horas diarias de uso para cuentas de adolescentes, ocultamiento de los “me gusta”, bloqueos nocturnos, mayor protección de datos de los menores, entre otros. Aunque varios medios han calificado el acuerdo como “histórico” o como “el mayor fallo sobre seguridad infantil” en décadas, su alcance todavía está por verse y algunas de las condiciones invitan a matizar el balance.

Apenas dos días después de su aprobación, se conoció que una parte del monto acordado a pagar depende de que competidores de Meta, como TikTok y YouTube, adopten medidas similares. Además, por ahora, los cambios derivados del acuerdo se aplicarán únicamente en Estados Unidos.

Pero más allá de si estas medidas logran modificar la manera en que funcionan estas plataformas, queda una pregunta más amplia: ¿qué significa crecer y relacionarse en un entorno en el que está ocurriendo mucho detrás de una pantalla?. ¿Qué ocurre a las 11 p. m., cuando un adolescente sigue conectado? Cuando deja de dormir para continuar frente a la pantalla, cuando recibe comentarios sobre su apariencia, se compara con imágenes que parecen representar cuerpos perfectos o se encuentra con contenidos que refuerzan sus inseguridades. ¿Qué sucede cuando, en lugar de hablar con un adulto, un amigo o un profesional de todo eso, ese joven decide preguntarle a ChatGPT o a otra IA qué es lo que está sintiendo?

Crecer conectado

Las nuevas generaciones han crecido en un entorno en el que internet dejó de ser una herramienta que se utiliza ocasionalmente para convertirse en parte de la vida cotidiana: allí estudian, se relacionan, se entretienen y construyen buena parte de su identidad. “Son generaciones nativas de internet. Han crecido en un entorno en el que lo habitual es tener acceso permanente a las redes sociales y comunicarse de manera muy rápida”, dice el doctor Santiago Solano, psiquiatra de La Fundación Cardioinfantil-LaCardio. “Y eso genera un montón de retos”.

Esta conexión permanente o “hiperconectividad”, agrega, “facilita la comunicación, pero también aumenta la exposición a situaciones como el bullying, el acoso o el maltrato, que pueden terminar afectando su salud mental.

La transformación tampoco está únicamente en la tecnología. La doctora María Fernanda Quintero Marzola, coordinadora de Psicología de LaCardio, señala que también han cambiado las exigencias, los estímulos, el ritmo de vida, las pautas de crianza, las estructuras familiares y las formas de relacionarse: “Las generaciones han cambiado, pero también el contexto en el que nos movemos ha cambiado, y eso ha generado un aumento de trastornos emocionales”, explica.

Hablando de cifras puntuales que evidencian ese aumento, encontramos que en Colombia el 44,7 % de los niños, niñas y de la población juvenil hasta los 24 años presenta afectaciones en su salud mental, según cifras reportadas por UNICEF Colombia. Además, según la última Encuesta de Salud Mental realizada por el Ministerio de Salud, los diagnósticos de trastornos mentales se han duplicado respecto a 2015.

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“Es muy importante entender lo que tiene que vivir el adolescente. Así vamos a tener unos adolescentes más sanos”, dice el doctor Miguel Ronderos, líder médico de Cardiología Pediátrica de LaCardio. “Y si tenemos unos adolescentes más sanos, vamos a tener unos adultos más sanos”.

Por eso, y para hablar de salud mental en adolescentes, lo primero que sugieren los médicos es tratar de entender qué significa ser adolescente hoy en día.

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Entre la niñez y la vida adulta

La adolescencia se caracteriza por ser una etapa de transición. Se atraviesan cambios físicos, hormonales, emocionales y sociales que pueden hacer que algunos comportamientos parezcan difíciles de interpretar para los adultos.

“Desde hace mucho tiempo se ha atribuido a la adolescencia la irritabilidad, la labilidad (entendida como cambios rápidos o intensos en el estado de ánimo), el sentir fastidio y ser un poco irritables con los padres”, explica la doctora Catalina Ayala Corredor, médica psiquiatra de niños y adolescentes de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB). “También pueden aparecer una postura más crítica frente a los adultos, un mayor deseo de independencia y cambios en el estado de ánimo”.

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El doctor Ronderos se remite incluso a la palabra “adolescente” para explicar esta transición. “Yo relaciono adolescente con adolecer: adolece de la armonía que tiene el adulto y la armonía que tiene el niño, porque está haciendo una transición de la niñez a la vida adulta. Esa transición conlleva una serie de cambios fisiológicos y mentales”.

Por ejemplo, dice, durante esta etapa “va madurando el sistema hormonal hasta que se adapta al ciclo hormonal normal de una persona adulta”. Estos cambios, explica, pueden venir acompañados de nuevas sensaciones y estados emocionales que el adolescente todavía está aprendiendo a reconocer y manejar.

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) describe la adolescencia como una etapa de rápido desarrollo físico, cognitivo y psicosocial, en la que también ocurren importantes cambios en el cerebro. Algunas áreas relacionadas con las emociones, la búsqueda de recompensas y el sueño maduran antes que otras vinculadas con la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos.

A esos cambios fisiológicos, se suman algunas presiones sociales que también son más o menos propias de esta etapa. “Estas son generaciones en las cuales la incertidumbre frente al futuro les ha generado mucha angustia, porque son generaciones a las que les está costando más trabajo construir cosas a largo plazo”, explica Solano de LaCardio.

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Conseguir trabajo, acceder a una vivienda, construir una relación estable o imaginar un proyecto de vida a largo plazo puede parecer cada vez más difícil. “Están creciendo con una sensación de inestabilidad muy marcada y eso termina teniendo un impacto”, añade el psiquiatra.

Y las expectativas no vienen solamente del futuro que imaginan. También de lo que otros esperan de ellos. “Pueden ser muy sensibles a las expectativas ajenas, tanto de padres como de la sociedad”, dice la doctora Quintero.

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De ahí surge también una expresión que se ha vuelto frecuente para describir a los jóvenes: “generación de cristal”, un término que suele utilizarse para señalar una supuesta fragilidad. Solano, sin embargo, propone otra lectura: “No necesariamente se trata de que sean más frágiles. Solo que pueden ser más sensibles al fracaso porque perciben que hay mucho en juego en los éxitos sociales que se espera que alcancen”.

Y entonces, a este panorama se suma una diferencia importante frente a quienes atravesaron la adolescencia antes: buena parte de la vida social de los jóvenes ocurre hoy frente a una pantalla.

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Vivir frente a una pantalla

En Colombia, según datos de la Comisión de Regulación de Comunicaciones, el celular es el dispositivo más utilizado por niños, niñas y adolescentes. El 61 % tiene uno propio: la proporción llega al 81 % entre los adolescentes de 14 a 17 años, al 55 % entre los preadolescentes de 10 a 13 y al 35 % entre los niños de 6 a 9 años.

Además, el 40 % tiene una cuenta en redes sociales, porcentaje que llega al 77 % entre los adolescentes.

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El problema, explican los especialistas, no está únicamente en cuántos son ni en cuánto tiempo pasan conectados, sino en qué encuentran allí y qué efecto tiene sobre la percepción que construyen de sí mismos y de los demás.

“Hay una cosa importante, y es que las redes sociales nos venden una imagen muy ficticia de la realidad y de la vida de otras personas”, explica Quintero. “Entonces hacen que se pierda el sentido de la realidad, del sentido de cómo es una vida normal. Y comienzan a generar una utopía de lo que queremos”.

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Viajes, cuerpos, relaciones, trabajos, casas y estilos de vida pueden terminar convirtiéndose en referentes de lo que supuestamente debería ser una vida exitosa. Esto, señala la doctora Ayala, de la FSFB, puede “aumentar, cambiar o modificar las expectativas sobre las cosas que son deseables tener”.

La comparación también puede trasladarse al cuerpo: “frente al cuerpo y a la actividad física, esto genera alteraciones en la imagen corporal, en el autoconcepto, generando mayor riesgo de trastornos de conducta alimentaria que pueden terminar en ansiedad y depresión”, explica la psiquiatra.

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Pero el efecto de las plataformas no pasa solamente por lo que muestran, sino también por la forma en que permiten relacionarse. “Somos personas sociales que necesitamos ese constante refuerzo del apoyo social”, explica Quintero. “El problema aparece cuando la interacción a través de las pantallas se convierte en el único medio de relacionarse”.

Las plataformas pueden generar una sensación de acompañamiento, pero no necesariamente reemplazan los vínculos construidos fuera de ellas.

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A esto se suma la lógica de la recompensa inmediata. Cada video, comentario, “me gusta” o notificación puede convertirse en un pequeño estímulo que invita a continuar conectado. Así lo explica la doctora Quintero: “Las pantallas nos ayudan a tener un refuerzo inmediato, una descarga de unos neurotransmisores puntuales a nivel cerebral que nos va a producir placer. Entonces es muy fácil quedarse pegado a una pantalla. Por eso no está del todo mal usarlas, pero no puede ser mi única forma de interacción”.

Dormir, estudiar, hacer ejercicio, conversar cara a cara, aburrirse, estar solo o simplemente desconectarse también forman parte de tener una buena salud mental y emocional.

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El tema con las redes, sin embargo, no es solamente negativo. Esto es algo que aclaran los especialistas tajantemente: así como estas plataformas pueden alimentar la comparación, también han permitido que una generación hable de salud mental con una apertura que no siempre tuvieron otras generaciones.

“Hoy en día este mundo global de redes sociales, de conexión permanente, hace que haya mayores oportunidades de expresar las emociones. Algunos creadores de contenido han hablado abiertamente de su salud mental y los jóvenes hoy se permiten ser más valientes con sus propias emociones y expresarlas más”, señala Ayala.

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Esa posibilidad también ha contribuido a romper parte del estigma que durante años rodeó a los problemas de salud mental: “Esta generación es mucho más capaz de hablar de salud mental, puede hablar de sus propios problemas, puede entender el problema del vecino y lo hace además sin mucho prejuicio. Y es una cosa bonita”, dice el doctor Santiago Solano.

Las redes, entonces, pueden ser al mismo tiempo parte del problema y parte de la solución: un espacio donde se reproducen falsas expectativas, comparación y conductas perjudiciales, pero también uno donde se encuentran información, comunidades y personas que permiten que un joven descubra que no es el único que está pasando por algo.

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Una nueva ficha en el tablero: la IA

Sumado a las redes, a las generaciones de ahora también les tocó crecer con chatbots disponibles las 24 horas del día para hablar de lo que sienten, piensan o reflexionan. Es, en gran parte, una herramienta nueva que está transformando la manera en que el mundo interactúa. Pero su llegada también ha abierto una discusión sobre los límites de su uso cuando se trata de salud mental.

La doctora Ayala tiene una postura abierta frente a estas herramientas, pero advierte sobre un riesgo: la llamada “sicofancia”, es decir, la complacencia y la excesiva adulación que puede llegar a construirse cuando se habla con una inteligencia artificial como si se tratara de una consulta terapéutica.

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El problema, explica, es que esa interacción no es humana y, por tanto, “no permite equilibrar lo que una persona quiere escuchar con la opinión o la intervención de alguien que puede cuestionarla”. Tampoco reproduce la complejidad de una relación interpersonal ni de un proceso psicoterapéutico.

Añade también que la IA “no cuenta con la empatía, la experiencia clínica ni la capacidad de interacción que tiene un profesional de salud mental para contener a un paciente y, sobre todo, para identificar señales de riesgo, entre ellas el riesgo de muerte, el suicidio o la heteroagresión”.

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La inteligencia artificial, por tanto, no es una herramienta inofensiva cuando se utiliza para interpretar síntomas o buscar respuestas sobre la propia salud mental. Su capacidad para generar respuestas convincentes puede hacer que una persona confunda una explicación bien redactada con una valoración clínica.

Para la doctora María Fernanda Quintero, la IA sí puede tener un papel como instrumento de apoyo, pero tiene límites claros.

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“La IA sigue siendo un instrumento de ayuda en varias cosas, pero no nos ayuda a identificar realmente un riesgo real de la salud mental de las personas”, explica. Por eso, insiste en que no puede reemplazar una evaluación clínica ni una valoración individual que permita comprender las emociones, los pensamientos y las conductas de una persona dentro de su contexto.

El desafío, entonces, no parece estar únicamente en decidir si los jóvenes deberían utilizar o no estas herramientas. También está en enseñarles a reconocer qué puede ofrecer una IA y, sobre todo, qué no puede ofrecer. “Hay herramientas que se están construyendo y hay posturas e iniciativas muy interesantes”, explica la doctora Ayala de la FSFB, “el problema no es la tecnología, el problema es que detrás de la tecnología no hay un ser humano profesional en salud mental”.

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Frente a todo este contexto de redes, algoritmos, expectativas e inteligencia artificial, los especialistas coinciden en algo más: muchas veces las conductas de los adolescentes se minimizan, se tratan con burla o se resumen en apodos o adjetivos, sin detenerse a preguntar qué hay detrás de ellas.

“Un mito que hay mucho en los jóvenes, especialmente en los adolescentes, es que las cosas las hacen por llamar la atención, las hacen solamente por manipular o solamente porque les presten atención”, señala el doctor Santiago Solano. Pero cuando hay un trastorno o una situación de salud mental en un joven o adolescente, “la presión de la red social, la presión del trend o de la moda, no es la única explicación. Con frecuencia también hay soledad, hay aislamiento, hay problemas en la relación con los padres y también hay una falta de empatía”.

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Por Ana Vega

Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional con interés en temas de divulgación cultural y medio ambiente.@Anav3g4avega@elespectador.com
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