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El resurgir del páramo de Sumapaz

Antes de la delimitación del páramo, los campesinos de la zona rural de esta localidad de Bogotá ya venían desarrollando alternativas de agricultura sostenible, con las que buscan sobrevivir y, de paso, protegerlo.

Angie Lorena Franco

Por décadas el Sumapaz ha sido un territorio en disputa. Pese a haber soportado la estigmatización por ser uno de los lugares donde se comenzaron a gestar las guerrillas, hoy persiste una comunidad campesina que no solo trabaja por sobrevivir al desarrollo urbano de Bogotá, sino que se ha dedicado a proteger el páramo.

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Aunque este territorio forma parte de la capital, su estructura es diferente. Sumapaz la integran tres corregimientos (Betania, San Juan y Nazareth), en los que habitan alrededor de 5.500 personas en condición de ruralidad. Fuera de la agricultura, sus pobladores sobreviven de la venta de productos agropecuarios y sus derivados, como leche, yogures y quesos.

Allí no hay grandes barrios ni megaestructuras. Las casas no están cerca, pues las dividen grandes extensiones de terreno, que en las madrugadas están llenas de neblina. Hay tres centros de atención médica, cuatro colegios y solo desde el año pasado les empezaron a recoger la basura.

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Ante esto, en los últimos 20 años gran parte de la comunidad se ha unido para buscar que 23.000 hectáreas del páramo sean consideradas Zona de Reserva Campesina (ZRC), con el fin de ser los responsables de su organización, promover alternativas de agricultura sostenible, fortalecer su economía y proteger el territorio, todo con el ánimo de superar la historia de conflicto armado que golpeó a la región.

“Gracias a la Ley de Páramos encontramos que sí se pueden desarrollar actividades agropecuarias de bajo impacto, no extensivas y libres de uso de químicos, por lo que se han venido fortaleciendo proyectos sostenibles en la comunidad”, asegura Hernando Bejarano, líder de Sintrapaz.

Una de estas iniciativas ha sido el Consejo Local de Mujeres, a través del cual se ha buscado fortalecer la cultura ancestral y campesina en la localidad. Desde 2002 trabajan para empoderarlas y resaltar su labor en el campo, pero también han estado detrás de procesos de sensibilización de la ciudad con las áreas rurales.

“En el territorio hay muchas dificultades para conseguir trabajo, por lo que a veces las mujeres consideran que su único fin es conseguir marido, entonces hemos trabajado para ayudar a las niñas a formar proyectos de vida y buscar alternativas”, asegura Yuri Villalba, integrante del Consejo Local de Mujeres.

A la par, en la vereda Las Vegas, en el corregimiento de San Juan, un proceso colectivo se ha venido gestando desde hace cuatro años. Tras el paro agrario de 2013, el Ministerio de Agricultura asignó recursos para proyectos sostenibles, con los que la comunidad decidió construir la Escuela Agroecológica Guardianes de Sumapaz, que sirve de apoyo para todos.

“La comunidad ha trabajado para que el lugar se sostenga. Allí se desarrollan proyectos de todo tipo, productivos, amigables y educativos, en los que se les enseña a los campesinos a criar especies menores, ordenamiento de finca y cultivo con elementos orgánicos, entre otras cosas”, manifiesta Libia Villalba, edil de Sumapaz.

La escuela la han mantenido ellos, al igual que los estudiantes de colegios y universidades, que la aprovechan para conocer más sobre la ruralidad en Bogotá y aportar al proyecto. La idea de la comunidad es demostrar que pueden ser sostenibles y proteger el páramo.

Son conscientes que su presencia en la zona protegida ha causado daños ambientales, por lo que desde hace unos años no permiten cultivar en lugares que todavía no han sido tocados. “Queremos demostrar que el campo es muy productivo, que podemos trabajarlo y, a la vez, tener una conciencia de cuidado”, agregó Villalba.

En este camino han dejado claro que no quieren que en la zona se instalen proyectos ecoturísticos, ya que los consideran un camino por el que podrían acelerar el deterioro de la zona y de paso acabar con sus costumbres campesinas. Para Villalba, “no es una solución económica para los campesinos, porque no nos ayudaría a todos. Para desarrollar ese tipo de proyectos se necesitan infraestructura y recursos, y no los tenemos, por lo que sabemos que serán otros los que vendrán a sacar provecho”.

Si bien han tenido avances en la consolidación de proyectos propios, saben que solo es uno de los pasos a seguir. En el camino tienen como meta la declaración de la Zona de Reserva Campesina, así como la integración integral con Bogotá, a la que piden tener en cuenta su condición de ruralidad, ya que la atención que se les brinda muchas veces responde a la ciudad, pero no al campo.

Por lo pronto, los campesinos seguirán trabajando para proteger su territorio y sobrevivir junto al páramo. Saben de sus riquezas hídricas y naturales, algo que les exige mejorar sus prácticas, para demostrar que con lo que hacen pueden seguir adelante.