En las redes sociales se repite una idea nostálgica por estos días: “2026 es el nuevo 2016”. Diez años después, cuando los algoritmos deciden casi todo lo que escuchamos, volver a esa época se ha convertido en una forma de recordar cómo era escuchar música antes de que el streaming dominara por completo la rutina diaria.
En Bogotá, en 2016, el celular ya era el dispositivo más frecuente para escuchar música. Tenía 17 años, todavía estaba en el colegio y los servicios de streaming como Spotify o Deezer existían, pero no eran lo más común.
Lo habitual era descargar canciones una a una desde internet, intercambiar archivos por Bluetooth en clase o grabar lo que sonaba en la radio y en YouTube en la casa.
Los audífonos eran casi siempre de cable, modelos sencillos incluidos con los teléfonos. Los inalámbricos existían, pero no eran tan usuales. Y en las calles y los semáforos seguían circulando CDs grabados y memorias USB con compilados.
La radio seguía ocupando un lugar central. Sonaba en buses, taxis y rutas escolares, y todavía definía buena parte del repertorio popular.
Emisoras como La Mega, Los 40 Principales, Oxígeno o Radioacktiva repetían éxitos y la música seguía llegando, muchas veces, por recomendación directa: un amigo, un DJ de radio, un archivo compartido o a través de festivales como Rock al Parque o el Estéreo Picnic.
¿Y los dispositivos dedicados para escuchar música?
Aunque el smartphone ya se había ganado terreno por comodidad, en 2016 todavía existía una conversación paralela sobre los reproductores de audio dedicados.
TechRadar señalaba varias razones para seguir cargando un segundo dispositivo: controles físicos, almacenamiento exclusivo, mejor manejo de ciertos audífonos y, sobre todo, no gastar la batería del teléfono en trayectos largos.
Apple mantenía vivo ese mundo con el iPod touch de sexta generación, lanzado en 2015 y aún vigente en 2016, con iOS, Wi-Fi y acceso directo a Apple Music. Ya no era un producto masivo, pero seguía funcionando como alternativa para quienes querían escuchar música sin depender del celular.
El iPod había dejado de ser el centro de la cultura juvenil, pero tampoco había desaparecido del todo. Sin embargo, no era tan práctico como un smartphone.
2016, un punto de quiebre del negocio musical
Mientras en las calles los hábitos seguían siendo mixtos, la industria ya vivía un giro decisivo. El Global Music Report 2017 de la IFPI —que recoge los datos de 2016— describe ese año como el de mayor crecimiento del mercado desde 1997: los ingresos globales subieron 5,9 %, impulsados por un aumento del 60,4 % en el streaming, mientras las descargas digitales cayeron 20,5 %.
Por primera vez, lo digital alcanzó el 50 % de los ingresos mundiales, y el streaming pasó a representar 59 % de los ingresos digitales.
IFPI estimó además 97 millones de cuentas pagas y cerca de 112 millones de usuarios gracias a los planes familiares. No era solo una tendencia: era el comienzo del modelo que reorganizaría toda la industria.
¿Qué se escuchaba?
Ese cruce de épocas se reflejaba con claridad en las listas y en la forma en que la música se consumía en Colombia. En varias semanas de 2016, los ranking de Charts Around The World en el país mostraban una convivencia notable entre éxitos internacionales y sonidos latinos que dominaban el gusto local: por ejemplo, en mayo “Andas en mi cabeza” de Chino & Nacho con Daddy Yankee encabezaba la lista, seguido por “Bobo” de J Balvin y “Cheap Thrills” de Sia con Sean Paul —una mezcla de reggaetón urbano y pop global que marcaba el pulso sonoro del país.
A finales de año, aunque los detalles semanales cambiasen, la tendencia fue similar: artistas como Drake con One Dance, Justin Timberlake con Can’t Stop the Feeling! o Rihanna seguían apareciendo entre los más escuchados, lo que evidencia el impacto de los grandes fenómenos globales.
Pero, al mismo tiempo, en Colombia mantenían posiciones relevantes figuras latinas y nacionales como J Balvin, Nicky Jam o Fonseca, lo que indica que el pop latino y el urbano seguían teniendo un público fuerte incluso ante la avalancha de éxitos internacionales, que fueron la base para un gran hit mundial como "Despacito" en 2017.
Esa convivencia entre lo global y lo local también se veía en los reportes nacionales de música radial: en listas anuales elaboradas por National Report para 2016, canciones como “La Bicicleta” de Carlos Vives y Shakira lideraron durante semanas el Top 100 nacional, junto con temas urbanos como “Hasta el Amanecer” de Nicky Jam, “Diles’ de Bad Bunny, Ozuna y Farruko o “Sola” de Daddy Yankee, Anuel AA y varios artistas más, además de otros éxitos que reflejaban la enorme popularidad del sonido latino en el país.
Más allá de posiciones puntuales, el patrón fue claro: Colombia escuchaba tanto a estrellas globales —figuras con presencia en las principales listas mundiales— como a protagonistas latinos que construían su propio espacio hegemónico. El reggaetón, el pop urbano y los sonidos tropicales no solo eran parte de los rankings sintéticos de consumo digital, sino que también dominaban la radio y la memoria colectiva de los oyentes.
En otras palabras, aunque fenómenos como Drake, Sia o Justin Bieber podían liderar listados globales, en el mercado colombiano seguían muy arriba nombres como J Balvin, Nicky Jam, Carlos Vives o Shakira, que no solo reflejaban tendencias globales, sino que también representaban la identidad sonora local y regional del momento.
El mapa global
En el plano internacional, IFPI ubicó a Drake como el artista más popular de 2016, seguido por David Bowie, Coldplay, Adele, Justin Bieber, Beyoncé, Rihanna, Prince y The Weeknd. En canciones, “One Dance” lideró el ranking mundial, seguido por “Love Yourself” y “Closer”.
La muerte de Bowie en enero de ese año disparó sus reproducciones y lo devolvió al centro de la conversación global.
Visto en perspectiva, 2016 fue un año memorable. Quizás por eso hoy, cuando alguien escribe que “2026 es el nuevo 2016”, no habla solo de moda o de nostalgia. Habla de una época en la que escuchar música todavía era un gesto activo: buscar, copiar, compartir, grabar.
Un tiempo en el que la tecnología ya había cambiado todo, pero todavía no lo había decidido todo.
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