20 Apr 2018 - 7:42 p. m.

Condones inteligentes y otras piezas de tecnología estúpidas

La necesidad de incluir tecnología en cualquier ámbito de la vida genera una especie de falsos positivos: dispositivos que no solucionan problemas, sino son apenas nuevas líneas de mercadeo para los fabricantes.

Redacción Tecnología.

Getty Images
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Quizá una de las promesas que más ha calado de la vida moderna es la posibilidad de que todo puede solucionarse con tecnología: parece que no hay nada que no pueda ser susceptible de mejorar a través de ésta.

Este parece ser un mantra ampliamente diseminado por la industria a la que, claro, le resulta muy conveniente crear necesidades y problemas en donde puede no haber ninguna de las dos.

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En tecnología, uno de los sectores que más crece actualmente es la llamada internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés), que en su concepto más amplio es la conexión a internet de todo tipo de dispositivos para mejorar su desempeño y aportar datos extra, que pueden resultar muy útiles en industria, cuidado de la salud e incluso educación.

Por ejemplo, hay proyectos para monitorear la ocupación de camas en hospitales o los datos atmosféricos de ambientes que necesitan humedad y temperatura controlados en instituciones de salud, como laboratorios clínicos. Hay medidores de vibraciones para plantas de energía en campos petroleros o dispositivos para registrar, remotamente, el estado de camiones de carga.

Esta es la parte más útil, y acaso necesaria, de uno de los grandes movimientos actuales en tecnología. Pero, como en todo en la vida, hay un lado opuesto: los dispositivos que de verdad nadie necesita, la tecnología que sirve para solucionar lo inútil.

La lista puede arrancar con un condón inteligente (que en realidad es un aro que se acomoda alrededor de un condón) y que mide datos como calorías, duración de una sesión e incluso la fuerza de los movimientos.

La idea es de la empresa Birtish Condoms, con sede en Inglaterra, que vende cada dispositivo por poco menos de US$80.

Más allá de su funcionamiento, correcto o no (aunque en los foros de usuarios parece no haber mayor queja), hay que preguntarse: ¿por qué, con un demonio, por qué?

En un mundo manejado por datos e información, tratar de tener un cálculo de calorías y desempeño del sexo podría ser útil para un estudio clínico. En el resto de los casos pareciera encarnar todo lo que está mal con la tecnología moderna: no todo requiere una solución con IoT o un dispositivo “smart” o una aplicación para entender mejor el desempeño de las cosas.

No se trata de satanizar la tecnología ni echar al traste los esfuerzos y la inercia de la IoT, pero sí de parar y reflexionar un poco. ¿Es necesario todo esto? ¿Quién gana, quién se beneficia con un condón inteligente o una bandeja de huevos que dice cuántos huevos quedan? ¿No es más fácil abrir la nevera y mirar? ¿No es acaso mejor tener sexo no para bajar, o medir, calorías sino por el resto de placeres asociados?

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La lista de tecnología inteligente que, francamente, resulta algo estúpida puede continuar con unas persianas automáticas para proteger las plantas (US$350), tostadoras de US$100 con conexión Bluetooth o botellas de agua de US$60 que le recuerdan cuándo se van a quedar vacías a través de una app.

De cierta forma, la aparición de este tipo de aparatos se pliega mucho a un comentario que ha hecho carrera en Silicon Valley: “La tecnología de hoy está diseñada para solucionar las cosas que mi mamá ya no hace por mí”.

Y esta lógica tiene un único ganador claro en todos los casos: no los usuarios, sino las compañías.

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