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El regreso a 2016: un anhelo que expone lo que pasa en internet

Entre filtros, playlists y recuerdos compartidos, el regreso de 2016 revela más cansancio digital que nostalgia por un año ideal.

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Madison Malone Kircher / The New York Times
21 de enero de 2026 - 09:30 p. m.
Una mujer toma una fotografía con una cámara réflex digital mientras está de pie frente a una pared iluminada que tiene el logotipo de Instagram Inc. en esta fotografía arreglada en Londres, Reino Unido, el martes 5 de enero de 2016.
Una mujer toma una fotografía con una cámara réflex digital mientras está de pie frente a una pared iluminada que tiene el logotipo de Instagram Inc. en esta fotografía arreglada en Londres, Reino Unido, el martes 5 de enero de 2016.
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¿De verdad la gente extraña 2016, un año que, como todos los años, no estuvo exento de penurias y desesperación para muchas personas de todo el mundo? ¿O simplemente echamos de menos un internet que ya no existe?

Estos días, Instagram se convirtió en una máquina del tiempo. Mientras deslizaba el dedo por mi feed, tuve la sensación de que, de algún modo, había retrocedido una década.

En lugar de lo habitual —en especial contenido de influencers y publicidad—, me encontré con cientos de fotos antiguas de amigos y famosos que regresaron a la vida de 2016.

Imágenes granuladas e hiperfiltradas de cuencos de açaí y atardeceres. Jeans ajustados, collares gargantilla negros y filtros de Snapchat que nos ponían coronas de flores y narices de perro en la cara.

Fue la era de la aplicación de videos cortos Vine, de Pokémon Go y de los kits labiales de Kylie Jenner. También fue el momento del Mannequin Challenge, el dab repetido hasta el cansancio, el fidget spinner girando otra vez frente a la cámara, como si nada de eso hubiera quedado enterrado.

Sin darme cuenta, ya estaba tarareando “Hotline Bling” de Drake. Las playlists lideradas por Justin Bieber, Rihanna, Shakira, The Chainsmokers, Major Lazer o Coldplay volvieron a escalar posiciones. Ese sonido entre electrónica y dancehall que dominó rankings, fiestas y millones de reproducciones en YouTube reaparece como una cápsula emocional: no solo lo que escuchábamos, sino cómo nos sentíamos al hacerlo.

La nostalgia como lenguaje generacional

“Habría que estar ahí”, escribió Jenner en Instagram la semana pasada bajo una foto suya donde se le veía con el pelo rosa pastel y una sudadera Supreme. La escritora Lena Dunham, la actriz Selena Gomez y la modelo Karlie Kloss han publicado throwbacks similares, que en 2016 podrían haber ido acompañados de la etiqueta #TBT.

La mirada retrospectiva a un pasado no tan lejano es el ejemplo más reciente de la aceleración de la nostalgia en internet, donde tendencias y subculturas pueden brillar con fuerza y apagarse pronto, haciendo que el panorama de hace unos pocos años se sienta como un país extranjero.

La añoranza actual de 2016 también se inscribe en una reciente obsesión cultural por el llamado optimismo millennial, la supuesta mentalidad de quienes se hicieron adultos en la década de 2010, cuando reinaba la música indie, las plataformas de medios sociales como Instagram y Twitter eran novedades y las palabras “nuevo coronavirus” ni siquiera asomaban en el horizonte.

Se trata de una actitud potente entre los propios millennials, pero también entre la Generación Z, que recuerda poco de aquella época o llegó a ella en su tramo final, y a la que algunas generaciones mayores acusan de ver la vida con demasiado optimismo.

Hoy, ese recuerdo aparece amplificado por datos: según la BBC, TikTok registró un aumento del 452 % en las búsquedas del término “2016” en la primera semana de enero, y más de 55 millones de videos han utilizado filtros asociados a ese año. En Spotify, las listas etiquetadas como “2016” crecieron un 790 % desde el 1 de enero.

Camrie Farran, una niñera de 25 años de Kansas City, Kansas, recuerda que entonces sentía que ella y sus compañeros tenían el mundo “al alcance de la mano”. Farran, que en 2016 cursaba el primer año de secundaria, se identifica como “zilénial”, una microgeneración que se sitúa entre la Generación Z y los millennials, añadió.

Estos días, publicó una serie de fotos viejas en TikTok: selfies con flash en el baño de la escuela, fotos de la naturaleza con aire pseudoartístico y una imagen en blanco y negro de sus zapatillas Converse junto a las de sus amigos. La repentina avalancha de gente publicando contenido antiguo le pareció un intento de “volver a romantizar la vida”, dijo, y añadió que la pandemia había deformado su sentido del tiempo y la había hecho sentir nostalgia con más rapidez. “Solo han pasado 10 años, pero para mí 2016 se siente como si hubiera sido en otra vida”.

“No había tanta presión”, añadió. “No sentías que todos los ojos del mundo te observaban. Podías publicar lo que quisieras. No te importaban los ‘me gusta’”. Publicar era más impulsivo: fotos borrosas, captions sin corregir, errores visibles. La validación existía, pero no ocupaba el centro de la experiencia.

Kate Kennedy, autora de One in a Millennial: On Friendship, Feelings, Fangirls and Taking In, sostuvo que el resurgimiento de 2016 tenía que ver en parte con cómo habían cambiado las plataformas de las redes sociales en la última década. “A primera vista, parece una celebración de la moda y la música: escuchábamos a los Chainsmokers y nuestras camisas venían con gargantillas integradas”, dijo Kennedy. “Pero creo que en realidad tiene más que ver con que 2016 se sitúa en la intersección de la nostalgia y el cambio estructural que no sabíamos que se estaba produciendo en internet”.

El algoritmo personalizado

En 2016, Instagram cambió la forma en que los usuarios veían los contenidos al poner a prueba un feed no cronológico. En lugar de ver una secuencia de fotos en el orden en que se habían publicado, los usuarios empezaron a ver contenido seleccionado por algoritmos, una mano invisible que decidía qué imágenes alimentarían a los usuarios. Con el tiempo, esta lógica se volvió dominante: hoy cada persona habita su propia burbuja, su propio internet.

“Los feeds cronológicos parecían democracias: todas las publicaciones tenían las mismas posibilidades de ser vistas”, dijo Kennedy. “Un feed algorítmico decide lo que vas a ver en función de tu interacción prevista con él. No se trata de satisfacer tu interés genuino. Se trata de mantenerte en la aplicación el mayor tiempo posible”.

Con el tiempo, eso también ha significado ver a menos personas que realmente conoces. Esta semana ha sido un breve recordatorio de las caras familiares que antes llenaban nuestros feeds. Incluso con un filtro VSCO, para algunas esas imágenes parecían más reales que sus equivalentes actuales, que pueden estar manipuladas por inteligencia artificial —o ser lo suficientemente pulidas como para parecerlo— o publicadas únicamente como una jugada de marketing.

No estamos mirando 10 años atrás porque sí. Lo hacemos porque el internet que habitamos hoy es más grande, más personalizado y más agotador. En 2016, conectarse no era lo mismo que permanecer.

Ahora, cuando todo está hecho “para mí”, empieza a sentirse menos compartible. Y quizá por eso 2016 no vuelve solo como recuerdo, sino como un deseo: el de que algo, aunque sea por un momento, vuelva a sentirse un poco más real.

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Por Madison Malone Kircher / The New York Times

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