24 Sep 2013 - 10:00 p. m.

Baco y el mar

Monarch, el crucero de Pullmantur, es ideal para entregarse a los placeres del dios romano. Casino, discoteca y bebidas ilimitadas llenan de júbilo a los de viajeros.

El Espectador

La magistrada sabía que la polémica era inevitable. Por eso, desde que empacó maletas y puso un pie en ese barco caribeño sabía a lo que iba: a estudiar. Así lo confirmó en mayo, cuando los medios, los periodistas —insensatos ellos, insensatos nosotros— se dieron a la tarea de cuestionarla: “Durante el crucero —afirmó entonces—, pese a que era de descanso, estudié los proyectos de casación presentados por mis compañeros de la Sala Civil y revisé el proyecto que dejé listo para repartirles el lunes 20 de mayo, los cuales serán examinados por la Corte la próxima semana”.

Sí. La presidenta de la Corte Suprema de Justicia tenía claro desde el principio que no había mejor lugar, mejor espacio para entregarse a las lecturas jurídicas, al deleite de las leyes colombianas, al placer de los proyectos civiles, al regocijo de la respetada e invariable Constitución que ese navío caluroso, todo incluido, que de vez en vez se bamboleaba.

Por darles gusto a esos caprichos, quienes en esas anduvieron (que no fueron pocos) no saben de lo que se perdieron. Por estar enclaustrados en una de esas 993 habitaciones con vista al mar, los adalides de la justicia nacional no alcanzan a imaginar de lo que se privaron de disfrutar.

Y por eso, meses después, sus frases seguían siendo una especie de tijeretazo cuando con otros viajeros recibimos las atenciones del mismo crucero que, luego de partir de Cartagena, se lanzaba a alcanzar Aruba, La Guaira, Curazao y Colón, en Panamá. Era el Monarch, de la española Pullmantur, que casualmente ese mismo mes inauguraba su circuito.

Seguro muchos, como es habitual cuando se viaja, empacamos un par de buenos libros. Pero de entrada, la voz de una ibérica de acento pronunciado y entusiasta trataba de alejarnos de aquellos gozosos planes.

Que vayan al show en el teatro Broadway; que no se pierdan el bingo y el acumulado de miles de dólares; que una orquesta va a recordarles que están en el trópico; que la comida —no se le olvide pasajero— es en bufet (y deliciosa); que también tiene derecho a bebidas frías, calientes, con o sin alcohol; que en horas de la noche habrá promociones en el duty free; que en la piscina, de plácido ambiente, a la que el sol siempre le lame la espalda, hay baile, música y fiesta, y que, para rematar el día, la discoteca está abierta hasta las cuatro de la mañana. Claro, eso sin contar con los anuncios que, especialmente, removían las ansias de las colombianas y las venezolanas: “75 minutos para satisfacer los caprichos: masajes de tobillo y piernas. 129 dólares. Gran promoción”.

Con tantas atenciones, que empezaban con las sonrisas de toda la tripulación —cortés, amable, afectuosa—, era, carajo, imposible no sucumbir. Y aunque estudiar era, sí, una tentación casi ineludible, ¿cómo resistirse a los quehaceres báquicos de esa embarcación? ¿Cómo no bajarse unas horas en Aruba, un poco árida, o en Curazao, tierra plácida? ¿Cómo no dejar la nave en La Guaira cuando justo ese día se sube la Armada venezolana porque Maduro tiene un encuentro con galeones de Rusia? ¿Cómo no curiosear durante horas en el comercio libre de Panamá?

Quedarse en una cabina, sin embargo, no sólo implica un gran acto —admirable, claro— de ascetismo, de despojo ante semejante fruición. Implica, también, no ver cómo las aguas del océano se ensombrecen al paso de las naves, no poder admirar las varias cascadas de estrellas, no darse cuenta de que hay 62 colombianos que han trabajado durante meses a bordo del Monarch, no saber que antes era usual que nuestros viajeros pagaran para intentar quedarse en un puerto como inmigrantes y que además hay historias de quienes navegaban sólo para lanzarse de la borda, y, sobre todo, no percatarse de lo disímil, pese al idioma, que es Suramérica.

A veces se advierte, en la comida, en el baile y en algún encuentro fortuito en un ascensor, un juego de presunciones entre los pasajeros de diferentes nacionalidades.

Es fácil, por ejemplo, al dar unos cuantos paseos de proa y popa y tratar de cruzar unas palabras, percatarse de que —aunque desde luego no hay que generalizar— los del sur no se dejan afectar tanto por la vanidad como algunos de los del norte. De hecho, no pocas veces se asombraban al ver a un par de colombianas embadurnarse de polvo a cada contacto con el sol. “¿Siempre son así?”, indagó una al verlas. Y no, no todas son así. Varios episodios, sin embargo, resultaban una confirmación más de sus conjeturas. (El asombro también iba dirigido, pero esta vez con un humor, a nuestra gran capacidad de beber. Muchos lo hacían casi que con fervor).

Eso también era fácil presentirlo en el puerto libre de Colón, donde los más cercanos al mar Caribe intercambiaban dólares con desenfreno por televisores, computadores y licor. Y entonces era inevitable recordar las palabras de Borges cuando el joven Vargas Llosa lo visitó en los años cincuenta y al ver su casa humildemente amueblada le preguntó por qué el maestro no vivía en un lugar más grande y más lujoso. Borges, ofendido, según escribió Alberto Manguel, le respondió: “A lo mejor en Lima hacen las cosas así. Pero aquí, en Buenos Aires, somos menos devotos de la ostentación”.

ssilva@elespectador.com

 

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