16 Aug 2011 - 10:00 p. m.

Cartagena para novatos

Un viaje para conocer una ciudad que encierra la mística del pasado.

Lorena Machado Fiorillo

Él ya había leído lo suficiente sobre Cartagena, a la que muchos van y con la que quedan enamorados por las historias que se han tejido a lo largo de las grandes casonas del centro, o las que se forman en las carrozas que recorren las calles a altas horas de la madrugada. También había ojeado numerosas fotos porque quería que las suyas fueran distintas, ya que desde ese primer disparo con flash quiso que cada imagen fuera fiel a las palabras que ya han dado escritores célebres sobre la ciudad. Entre otro de sus deseos pretendía, aunque no lo dijera, que su experiencia reflejara lo que le contaba aquella cartagenera, quien llevaba algunos meses de vuelta luego de haber vivido años en Bogotá. Fue ella la que le presentó a Cartagena, su Cartagena.

Antes de irnos, con esa incertidumbre que produce la primera vez que se va hacia alguna parte, habíamos dicho que viajaríamos en temporada baja, quizá una buena idea para que él no se viera un poco sofocado y para que los tiquetes aéreos salieran menos costosos. Si bien Cartagena tiene un sinfín de turistas durante todo el año, conocerla es mejor cuando los sitios que la hacen famosa están vacíos y no hay todo ese revuelo de vacaciones. Así, después, se hacen planes en otras épocas del año que a uno le muestran una ciudad de otros tonos, de diferentes voces y sabores.

Nos hospedamos en un hotel de las afueras, célebre por sus piscinas y en el que muchas familias se quedan jugando en sus tardes libres, lo que se alejaba de la idea central que teníamos nosotros, que era caminar y conocer más allá del mar que alcanzamos a observar cuando salimos del aeropuerto. Y nos quedamos lejos del alboroto del centro para ver el cambio de paisaje desde donde estábamos hasta lo que Nathalie, una de esas amigas entrañables, llama la línea divisoria entre lo que se muestra y lo que no. Quizá si usted llega a un sitio en el que tiene un amigo o un conocido, recurra a él: no hay nada más agradable que percibir una ciudad guiada por un local.

En un principio decidimos irnos desde el hotel hasta el Castillo de San Felipe en taxi, aunque nos habían dicho que no era tan económico el desplazamiento. Por eso, cuando alguien del interior del país debe moverse en alguna ciudad de la costa, se recomienda preguntar —antes de abordarlo— cuánto cuesta ir de un punto a otro. Lo más probable es que obtenga una rebaja en la tarifa.

Desde que el carro arrancó hasta nuestra primera parada, se notan los contrastes a medida que se avanza, hay un poco de agite en las calles a causa de construcciones que están a la mitad y uno se siente embrujado cuando bordea las murallas que fueron en su momento una fortaleza de protección, mientras que el Castillo de San Felipe tiene el encanto de mostrarle gran parte de la ciudad cuando se llega a la cima. Ahí también existe la oportunidad de que, por ejemplo, un polaco se acerque con su escaso español a preguntarle cualquier cosa y usted quede extasiado con una conversación de varios minutos.

Una vez llegamos a la Torre del Reloj, supimos que debíamos bajar el ritmo. Es justamente la ciudad amurallada a la que hay que darle tiempo. Mientras se va de una plaza a otra, el caminante se topa con bailarines que se contornean o juglares que relatan experiencias, a veces dudosas. Es ahí donde uno detalla a esa multitud extranjera, de mochila al hombro y donde uno prueba la arepa de huevo o dulces como las cocadas y las bolitas de tamarindo. Incluso, se ve al par de novios saliendo de la iglesia en una suerte de romance de cuento.

Aunque es casi una obligación entrar a algún restaurante para degustar una posta cartagenera o cualquier tipo de pescado, sea con jugo de corozo, de tamarindo o de zapote, hay un lugar, La Pizzería, del que todo el mundo comenta y al que se va, luego de superar el prejuicio inicial de por qué ir a comer pizza en Cartagena, para darse cuenta de que la noche, sólo la noche, es suficiente para justificarlo.

Sentarse en una de las mesas de las plazas de la ciudad vieja para saborear una cerveza helada y observar a los demás cómo en sus afanes disfrutan de una parte de la Cartagena que se ha resguardado en el tiempo, es quizá uno de los grandes placeres que puedan darse.

Y es cuando el sol se ha ido, que Cartagena adquiere ese tinte mágico, capaz de absorber todo el éxtasis de un día que se reconstruye al siguiente, cuando se parte hacia San Basilio de Palenque o a las Islas del Rosario.

 

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