26 Oct 2010 - 6:54 p. m.

Cataratas del Niágara: paraíso compartido

Recorrer estas maravillas naturales también implica conocer la Doncella de la Niebla, la Cueva de los Vientos y otros emblemáticos sitios.

Alfonso Rico Torres / Niágara Falls

A lo lejos el Skylon, una torre gigante que en su parte superior está adornada por un círculo que la hace imponente ante las estructuras que la rodean.

Y aunque está en Canadá, en la región de Ontario, se divisa desde Estados Unidos, desde el interior de un vehículo que ingresa a la ciudad de Niágara Falls, en el estado de Nueva York. El autobús se detiene muy cerca del Seneca Niágara Casino & Hotel, una gigantesca construcción que en las noches se adorna con luces de colores que hacen de este sitio uno de los emblemáticos de la frontera entre Estados Unidos y Canadá.

¿Y las cataratas? Bueno, ya estando en este punto quedan muy cerca. Basta con caminar unos 10 minutos como máximo —esa es la clave para conocer: caminar— y llegar a Niágara Falls State Park. Se trata de un parque adornado con arboledas y jardines, en el que se ve a cientos de personas vestidas de amarillo, turistas que hacen fila aguardando su momento para conocer la primera parte de las cataratas.

Cabe anotar que las Cataratas del Niágara están ubicadas sobre el río que lleva el mismo nombre y se dividen en tres: las cataratas canadienses, las estadounidenses y las denominadas ‘Cataratas velo de novia’, que también quedan del lado americano.

Pagando cerca de 10 dólares, si es que el ingreso no se ha pagado con anterioridad en un paquete de turismo, los administradores del parque suministran una capa color amarilla y unas pantuflas blancas combinadas con azul. Ambas están marcadas con leyendas del parque y quedan de recuerdo, una vez finalizado el recorrido. Luego se hace la fila en mención y al cabo de una hora, tal vez un poco más según la cantidad de gente, se llega a un ascensor. Alrededor de 20 personas caben en él, todas vestidas de igual manera y sin imaginar cuánta belleza les espera. Éste desciende por espacio de 20 segundos y una vez fuera de él se aprecia un túnel que dirige a una inmensa niebla. Al salir de allí se siente una fuerte e incesante brisa y un letrero deja en claro que aquel túnel y ascensor hacen parte del interior de lo que aquí llaman Cave of the Winds (la Cueva de los Vientos).

De frente, lo primero que se ve es la Torre Skylon. A la izquierda, y distante, la primera de las dos cataratas estadounidenses; a la derecha, y también distante, el Rainbow Bridge o Puente Arco Iris Niágara, el que comunica a Estados Unidos con Canadá. Y al lado de quien observa esto, justo al lado, las segundas cataratas americanas.

Es impresionante lo cerca que puede estar un ser humano de estas aguas, casi que se pueden tocar a medida que caen. Hay un sendero marcado por donde se puede caminar, al principio en descenso, desde donde se ven más majestuosas las cataratas. Luego en ascenso, momento en el cual se puede acariciar sus aguas y se llega a estar tan cerca que una cámara fotográfica no apta se puede dañar con la brisa. Es un momento fabuloso, no sólo por la vista, sino por el ruido,  que es muy fuerte. De hecho, el nombre Niágara quiere decir “trueno de agua”.

En este lugar los turistas pueden permanecer horas y admirar semejante espectáculo de la naturaleza. Una vez se emprende el regreso, por la misma Cueva de los Vientos, se puede recorrer el parque y estar relativamente cerca de las otras cataratas americanas. También, hay varias tiendas que venden camisetas, gorras y otros recuerdos de la visita. En la noche, a las 10 aproximadamente, hay un espectáculo de juegos pirotécnicos. Ahora bien, aunque hasta aquí se trata de un viaje sin igual, falta lo más importante.

Doncella de la Niebla

En esta oportunidad los administradores del parque suministran otra capa, pero no es amarilla, sino azul. Y las pantuflas ya no son obligatorias.

En esta entrada, a escasos minutos del Seneca Niágara, hay otro ascensor. Al descender aguarda la Maid of the Mist (Doncella de la Niebla), una embarcación blanca que durante años ha trasladado a los turistas a la catarata estadounidense con forma de herradura.

Decenas de personas se montan en ella y lo primero que se ve es que lleva consigo la bandera de Canadá. Desde allí se observan muchas gaviotas que, según un habitante de la zona, permanecen a la espera de que los peces caigan al vacío de las cataratas para, una vez muertos, poder consumirlos.

La Doncella avanza por espacio de cinco minutos y luego queda lo más cerca posible de las cataratas. La gente estalla en júbilo, algunos gritan de miedo, otros simplemente contemplan la nebulosa de agua y el fragor del viento. Es una sensación que genera múltiples sentimientos y que dura unos 10 minutos.

Al regresar hay que pasar obligatoriamente, pues es la única vía de salida, por una tienda llena de todo tipo de accesorios. Luego, la alternativa es conocer otros puntos de Niágara Falls, bien sea en Estados Unidos o en Canadá, siempre con las visas a mano.

En cuanto al acceso a la ciudad, múltiples son las opciones. Si está en Nueva York, hay buses que en nueve horas lo llevan hasta allí. Es bastante interesante el viaje, teniendo en cuenta que implica pasar por Nueva Jersey, Filadelfia, el estado de Pennsylvania, Washington y otros puntos turísticos. También está la opción aérea desde los países de destino. Al respecto, los aeropuertos internacionales más cercanos a las Cataratas están ubicados en Toronto, del lado canadiense, y en Buffalo, del lado estadounidense.

Sin duda una maravilla natural que hay que conocer alguna vez en la vida.

arico@elespectador.com

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