25 Sep 2012 - 9:09 p. m.

Como en los cuentos de hadas

Los castillos, iglesias y plazas de la capital checa cautivan con su espíritu medieval. Recorrerla es viajar en el tiempo.

Mariana Suárez Rueda / Praga

La opulencia de la que fue la capital de la región de Bohemia se siente tan pronto se llega al centro. Las torres de las iglesias y castillos, que parecen tocar el cielo, las calles peatonales atiborradas de almacenes en los que cuelgan marionetas, carteras y lámparas de cristal Swarovski y el reloj medieval más conocido del mundo hacen sentir a los turistas en un lugar mágico.

Las estatuas del Puente de Carlos también son prueba de la riqueza de Praga, aunque hoy pongan en evidencia que no hay dinero para invertir en su mantenimiento. Solamente en un par brilla todavía el bronce con el que están hechas. Las demás están ennegrecidas y con algunas telarañas.

Durante el recorrido por las calles de la capital checa es imposible no fijarse en lo atractivas que son sus mujeres, lo provocativo de sus atuendos y el exceso de maquillaje y perfume. Los empleados de los hoteles, de algunos restaurantes y almacenes cuentan con gracia que en la ciudad hay tres mujeres por cada hombre, y esto las obliga a esmerarse para salir victoriosas en el juego de la seducción. Así que uno de los planes imperdibles para los solteros que se animen a visitar este destino es enfiestarse en los clubes y bares nocturnos que están abiertos hasta el amanecer.

Los más concurridos se encuentran a la orilla del río Moldavia, junto al Puente de Carlos, en la Plaza de Wenceslao y a los alrededores de la ciudad vieja. En casi todos se cobra la entrada. La bebida típica es la cerveza; un litro cuesta un poco más de un euro, aunque vale la pena probar algunos cocteles propios de cada establecimiento.

En realidad, un fin de semana basta para conocer Praga. Sus principales atractivos están concentrados en el centro y lo recomendable es programar el recorrido caminando para disfrutar de la arquitectura y el ambiente, que a veces sorprende con una comparsa de músicos, un desfile de teatro callejero o alguna instalación espontánea como la de unas pistolas gigantes que parecen suspendidas en el aire y le dan vida a una pequeña plaza.

No deje de subir hasta el Castillo de Praga, considerado el más grande del mundo y el más importante de los monumentos de la República Checa. Construido en el siglo IX, fue durante años residencia de los reyes de Bohemia y, desde comienzos del siglo XX, el lugar desde donde despacha el presidente del país. Uno de sus atractivos es el Callejón de Oro y sus casitas de colores, que en otros tiempos albergaron a los orfebres y exhibieron sus extraordinarias creaciones.

El cementerio judío también resulta impactante. Desde 1439 y durante 300 años fue el único lugar donde estuvo permitido enterrar a los judíos que residían en la ciudad. Hay más de 12.000 lápidas y se calcula que allí pueden haber sido sepultados cerca de 100.000 cadáveres, pues por la falta de espacio terminaban enterrados unos encima de otros.

Praga es un destino sorprendente. En cada una de sus edificaciones, iglesias y calles está impresa la huella de sus épocas doradas, de un esplendor que la detuvo en el tiempo y la convirtió en una de las ciudades más hermosas de Europa.

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