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¿Cómo saber si una ruta de senderismo es muy difícil para usted?

Sea novato o un caminante con cierta experiencia, la pregunta sobre la dificultad de la travesía siempre es clave parala preparación de la caminata.

Entre Montañas
19 de septiembre de 2026 – 11:00 a. m.
Hay variables clave que vale la pena entender para saber qué tan difícil es una caminata.
Considerar variables como la distancia, altitud, desnivel y terreno, le ayudará a tener una mejor experiencia en su caminata.
Foto: freepick

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Empecemos con una idea: muchos de los rescates en montaña no son de gente que se metió en una vía técnica. Son de gente que subestimó algo que parecía fácil.

Eso pasa porque la dificultad no es una propiedad de la montaña, sino la relación entre la ruta y quien la camina. Una misma caminata puede ser un paseo o una emergencia según quién la haga, a qué hora salga e incluso cómo esté el clima ese día.

Y para entender esa relación es necesario revisar unas cuantas variables. Que el término no lo espante, ninguna es complicada, pero casi todas son frecuentemente mal interpretadas.

Las variables que importan

Kilómetros: Todo el mundo habla de la distancia, pero puede ser la variable que menos información entrega sobre el nivel de dificultad de una caminata. No nos mal entienda, claro que la distancia es importante, pero diez kilómetros planos y diez kilómetros de subida no son lo mismo, en común solo tienen el número. El kilometraje se volvió la medida oficial del senderismo porque es la más fácil de calcular, pero no necesariamente porque sea la que mejor describe el esfuerzo.

Desnivel acumulado: La variable reina y la peor explicada. Subir 1.000 metros en ocho kilómetros no se parece en nada a subir 200 metros en esos mismos ocho.

Terreno y exposición: Son la clave para entender si el cansancio es incómodo o peligroso. Sobre pasto firme, agotarse significa llegar tarde y con las piernas molidas; sobre roca suelta, filo o barro inclinado, significa aumentar la probabilidad de una caída.

Duración real y hora de salida: Ojo a esto, no estamos hablando de la duración que sale en el letrero, acá la que importa es la de verdad, con pausas, fotos y el ritmo del grupo más lento. Y la hora en que se arranca, porque de eso depende si el tramo difícil se hace con luz o sin ella.

Altitud. Puede cambiar por completo una ruta que sobre el papel se ve moderada.

El desnivel, ¿eso qué es?

El desnivel es la diferencia de altura entre los distintos puntos de una ruta: cuánto se sube y cuánto se baja durante el recorrido. Si una caminata empieza a 200 metros sobre el nivel del mar y llega a un punto de 600, se ganaron 400 metros de altura.

Pero las rutas de montaña rara vez son una subida continua. Casi siempre combinan ascensos, descensos y tramos planos, y por eso el dato se reporta de dos maneras.

El desnivel positivo (+) suma todos los metros que se ascienden en el recorrido. Si una caminata tiene 500 metros de desnivel positivo, habrá que subir 500 metros en total, sin importar cuántas bajadas o planos haya entre una cuesta y otra. Es el mejor indicador del esfuerzo que van a hacer las piernas y el sistema cardiovascular, y el que permite saber si la ruta se ajusta a su nivel.

El desnivel negativo (–) suma los metros que se descienden. Una ruta puede tener 500 metros positivos y 500 negativos si termina más o menos a la altura en que empezó. Y aunque bajar parezca más fácil, el descenso también cobra: las bajadas largas cargan rodillas, tobillos y muslos, sobre todo cuando el terreno está inclinado, irregular o resbaloso. Buena parte de las lesiones ocurre de regreso, cuando ya nadie está pendiente.

Haga este cálculo para aterrizar los números

Con la distancia y el desnivel positivo en la mano, ya se puede estimar cuánto va a durar la salida. El método clásico es la regla de Naismith, usada desde hace más de un siglo en senderismo y montañismo:

  • Una hora por cada cinco kilómetros en terreno llano.
  • Un minuto adicional por cada diez metros de ascenso.

Pongámonos matemáticos para ejemplificar la regla: Una ruta de diez kilómetros con 500 metros de desnivel positivo daría entonces dos horas por distancia (10 ÷ 5) más 50 minutos por desnivel (500 ÷ 10), es decir, dos horas y cincuenta minutos.

Es un buen punto de partida, pero tenga en cuenta que la regla no sabe si el piso es barro o piedra, tampoco conoce su estado físico, ni el peso de su mochila y mucho menos contempla las pausas. Tómela como el piso del cálculo, no como el techo.

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La altitud cambia las reglas

En Colombia hay que subirle un escalón a todo. El páramo arranca donde en otras cordilleras ya se habla de alta montaña, y el soroche aparece antes de lo que la gente cree.

También cambia según quién camine: un bogotano que vive a 2.600 metros llega aclimatado a una ruta que puede golpear fuerte a alguien que salió del nivel del mar esa misma mañana.

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Vamos con ejemplos:

Chingaza: en altitud se encuentra entre los 3.000 y los 4.020. Las rutas son moderadas en desnivel, pero el frío y la humedad permanentes hacen que el cuerpo gaste más de lo que sugiere el perfil.

Sumapaz: está por encima de los 3.800 y cerca de los 4.000 en varios sectores. La altitud empieza a cobrarle a gente que camina bien a menor altura, y el clima cambia en minutos.

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Parque Nacional Los Nevados: van desde los 4.500 o 5.000 metros, con aproximaciones largas y noches de aclimatación que no son opcionales.

La regla que se desprende de esa escala es simple: la altitud no se salta por tramos. Quien nunca ha pasado de los 3.500 metros no debería estrenarse en los 5.000.

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Y usted, ¿en qué nivel está?

La última variable es la más importante: usted.

La experiencia no se mide en años ni en fotos de cumbres. La pregunta útil es otra: ¿Qué fue lo más duro que caminé en los últimos tres meses? Ese es su punto de referencia real. De ahí sale una regla práctica sencilla: no subir más de un 20 o 30 % sobre esa marca por salida.

Ninguna de estas variables es una constante, pero ayudan a entender por qué hay datos a los que sí vale la pena ponerle cuidado. En la montaña nada se puede dar por sentado, y cosas tan elementales como el clima, terminan definiendo el éxito o fracaso de una experiencia: la lluvia convierte un terreno fácil en uno resbaloso, la niebla vuelve crítica la orientación y en las tormentas de la tarde castigan al que salió tarde.

 

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