26 Feb 2013 - 8:59 p. m.

Conservar la identidad

Tras varios siglos de preservar sus calles y de ofrecer planes de ecoturismo, este pueblo sigue siendo unos de los más admirables de Colombia.

Redacción Buen Viaje

Sí, es cierto. Barichara es uno de los pueblos más lindos de Colombia. O por lo menos así lo certificó el Gobierno cuando lo declaró Monumento Nacional en 1978. Pero sí, también es cierto: ¿Quién podría darle validez a un documento firmado hace más de treinta años? ¿Quién podría certificar los argumentos de aquellos funcionarios?

En realidad, sólo existe una manera de verificar si esas conjeturas aún resultan vigentes después de tres décadas: observando, sintiendo el ineludible calor que reina durante el día mientras se suben esas calles empinadas con más de 300 años de historia. Todas están cubiertas por rocas redondas y lisas. Todas tienen a lado y lado las casas coloniales que se repiten en tantos pueblos y barrios del país. Solo que allí, en ese lugar que es casi en el centro de Santander, han optado por cuidarlas, por preservarlas con tal interés que casi se logran sentir días de épocas pasadas.

A veces el sol resulta agobiante. En ocasiones es tan cruel que cada dos cuadras hay que parar, recostarse en las grandes puertas de madera y tomar un respiro. Eso sucede, por lo general, cuando hay que trepar por esas largas cuestas que, de no ser por la curiosidad que causan las calles que ocultan a sus espaldas, muy pocos osarían caminarlas durante horas enteras.

Barichara, como todo pueblo que tuvo la fortuna de resistirse a los embrujos de la modernidad, a las altas construcciones que auguraban riqueza y progreso, ha sabido explotar su encanto y conservar su identidad. Entre esas largas hileras de muros blancos se pueden hallar lugares que, si bien no mantienen los interiores como los de hace siglos, sí han logrado una decoración precisa que oscila entre instrumentos contemporáneos y adoquines coloniales.

Más allá de toda esa riqueza histórica que, es sin duda, muy atractiva, Barichara es ideal para dos cosas más: descansar, por supuesto, y practicar deportes extremos. Estar rodeado por unas inmensas montañas por las que serpentea un feroz río que a simple vista parece manso, le ha permitido ofrecer desde caminatas y cabalgatas, hasta raftin y parapentismo. Luego de disfrutarlos y ver desde las alturas el solemne paisaje, nadie puede cuestionar la lucidez que en 1978 tuvieron aquellos funcionarios.

Comparte: