28 Mar 2012 - 11:52 a. m.

De travesía por el extremo sur del continente

Los paisajes, la comodidad y la infraestructura turística son algunas características de los remotos parajes en la zona más austral de América.

Felipe Morales / Ushuaia y Punta Arenas

El viento sopla helado y con fuerza. Es medio día y logro vislumbrar, al fondo, una mezcla de océano Atlántico y Pacífico, en medio de dos montañas que parecen nacer desde el mar azul intenso y llegan hasta el blanco resplandeciente de sus cumbres que se juntan con el cielo. Hasta hace pocos días esta imagen existía sólo en mi imaginación, generada por las reseñas de grandes viajeros que se atrevieron a llegar a América por uno de los lugares más agrestes del continente: la Tierra del Fuego. En esta región comienza el relato de un viaje que inició en Buenos Aires, Argentina, y culminó en Punta Arenas, Chile.

La llegada es más fácil de lo que creería cualquier viajero, y lo más importante es que aunque podría calificarse como una travesía, no es un sinónimo de incomodidades. Ushuaia, ciudad porteña ubicada a pocos minutos de Tierra del Fuego, cuenta con toda la infraestructura para recibir a los viajeros.

El camino hasta Ushuaia comenzó en Bogotá, en una ruta trazada por Aerolíneas LAN que me llevó a Buenos Aires y, luego de una corta escala, suficiente para conocer las calles principales de la capital Argentina, partí hacia Ushuai, ciudad que desde el primer momento le da al viajero una bienvenida fría por su clima, pero cálida por la amabilidad de sus habitantes. Y es precisamente el clima y la posibilidad de practicar deportes de invierno lo que la convierte un atractivo destino turístico.

Pero no siempre fue así. Ushuaia en un principio fue el puerto de embarque de reclusos que eran enviados en tren hasta Tierra del Fuego. Después el Gobierno argentino, ante la necesidad de sentar soberanía en esta región, lo convirtió en una especie de fuerte militar a donde eran enviados los miembros de la fuerza pública a cambio de beneficios pensionales, vivienda y educación. Ahora parece haber descubierto su verdadera vocación: el turismo.

De Ushuaia me dirijo a la Tierra del Fuego, en donde concluyo mi paso por el Sur de Argentina y me dispongo a tomar la ruta hacia Chile, esta vez en un recorrido por mar a través de un crucero de expedición de Cruceros Australis, que cuentan con dos barcos en los que recorren el Sur del continente, permitiendo a los viajeros conocer la belleza del entorno con todas las comodidades de un hotel cinco estrellas.

Ningún detalle de esta nave fue dejado a la ligera: la amabilidad de la tripulación, la exquisitez de la comida, los vinos cuidadosamente elegidos y la tranquilidad de las habitaciones por cuyas ventanas se puede observar un cuadro natural que va cambiando conforme a las frías bondades de la naturaleza; todos son parte del menú diario.

Los colores del Sur de Chile

Cuatro días dura la ruta y el primer punto de desembarco, al asomar la mañana, es el Cabo de Hornos. Esta isla está en la zona más austral de Chile y allí hace acto de soberanía un miembro de la Armada acompañado de su esposa y su pequeño hijo. Ellos son los únicos habitantes de esta isla en donde, en su parte sur, hay un imponente monumento con la silueta de un albatros en pleno vuelo, que parece un fiel vigilante de este trozo de tierra.

Pararse en el lugar donde se ubica este monumento construido por la Cofradía de Capitanes de Cabo de Hornos y mirar al horizonte sólo se puede comparar con la imagen que podría observar el albatros en sus vuelos entre los dos océanos.

El siguiente destino al que nos llevan las naves de Cruceros Australis es el glaciar del Águila. El desembarco se realiza en una playa detrás de la cual se esconde un paisaje irrepetible: a pocos metros de camino nos encontramos con una impresionante mole de hielo, toneladas de agua congeladas en el tiempo esperando que los visitantes se sorprendan con su belleza.

El último día en el crucero llega con una nueva sorpresa: la Isla Magdalena, en el estrecho de Magallanes, hogar de una colonia de cerca de 60 mil pingüinos que no paran de hacer un ruido que más podría parecer al de una desentonada banda a la que poco le interesa el resultado en sus tonalidades. Y es así. En esta isla las pequeñas y elegantes aves se dedican a empollar y es poco lo que les importan los turistas, aunque no sucede de igual forma con los visitantes que, como yo, no dejan de sorprenderse con los exóticos animales.

El contacto con la naturaleza está presente en cada uno de estos lugares, pero también la seguridad y comodidad en las expediciones. La llegada a cada punto se da con todas las garantías y son los mismos miembros de la tripulación del barco quienes cumplen las funciones de guías sin que eso implique el desconocimiento de las zonas. Incluso, antes de cada una de las travesías, miembros de la tripulación brindan charlas para que los viajeros sepan los pormenores de los sitios de desembarco.

Luego de tres días conociendo los paisajes, la historia, la biodiversidad y la zona más austral del continente donde se unen Argentina y Chile, el punto de arribo es Punta Arenas, una urbe con una historia similar a la de Ushuaia pues también fue una colonia penal, fuerte militar y puerto comercial que por coincidencias o avatares de la historia se reencontró con una vocación turística.

Esta es una travesía recomendada para quienes quieran unas vacaciones poco convencionales, pero en las que gocen de las mejores comodidades. La riqueza de los paisajes y la geografía, la puntualidad de Aerolíneas LAN y la calidez de ciudades como Ushuaia y Punta Arenas hacen que el viaje valga la pena.

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