12 Aug 2015 - 3:44 a. m.

El carnaval del perdón

Con un acto de reconciliación y una fiesta gastronómica, los indígenas Kamëntsá e Ingas le dan la bienvenida a cada año. Un festejo que ha puesto a Putumayo en los ojos del mundo.

Redacción Buen Viaje

La llegada de un nuevo año motiva la práctica de un sinnúmero de rituales alrededor del mundo, ligados a la cultura e inspirados en las creencias para atraer la buena suerte y recibir bendiciones. Son famosas las doce uvas, saltar por encima de las olas y echar flores al mar pidiendo un deseo en Brasil, quemar un muñeco y disfrutar de los juegos pirotécnicos, especialmente en Argentina y Uruguay, e incluso las celebraciones en fechas diferentes a la occidental, como el Año Nuevo Chino, el Inca o el etíope.

En Sibundoy, un pueblo de Colombia ubicado a unos 80 kilómetros de Mocoa, la capital del departamento de Putumayo, el mes de febrero marca el inicio de un nuevo ciclo para las etnias Inga y Kamëntsá (Camsá), y se recibe con el Bëtsknaté, también conocido como el Carnaval del Perdón, el Día Grande o la Fiesta del Maíz. Un ritual de reconciliación con el prójimo y un acto de agradecimiento a la madre tierra por los frutos brindados durante el año anterior, que se realiza por medio de ofrendas, bailes, cantos, gritos y un llamativo desfile en el que se utilizan prendas coloridas y coronas de plumas elaboradas por la comunidad.

El festejo inicia con una caminata multitudinaria en la que participan tanto los miembros de la comunidad como grupos de foráneos, acompañada de danzas y el sonido de tambores, flautas, armónicas y collares de semillas que retumban hasta llegar al parque principal de Sibundoy, en donde se bendicen las varas de mando de las autoridades indígenas.

Como parte de esta celebración también se lleva a cabo la Ceremonia de las Flores, un acto en el que se rinde un homenaje a los dirigentes y personas destacadas de la comunidad con adornos florales que se consideran símbolos de la renovación de los votos para la convivencia entre los dos pueblos.

Uno de los momentos más llamativos y con mayor simbolismo es el San Juan, en el que un gallo –colgado de cabeza sobre una estructura gigantesca hecha en madera y palma, parecida a un castillo– es sacrificado por los sanjuanes, personas seleccionadas por la misma comunidad. Con este ritual se busca evitar futuros enfrentamientos entre los miembros de las etnias que participan.

La celebración, que llena las calles de este pueblo de un poco más de 14 mil habitantes y que coincide con el Miércoles de Ceniza, va más allá de los rituales y se convierte en un colorido festival gastronómico en el que la chicha y el mute con papa se reparten entre los asistentes como si nunca se fueran a acabar, y los alimentos se comen en recipientes tradicionales, como las totumas.

¿Por qué un ritual para perdonar y dar gracias? Además de la nobleza y humildad que representa el acto, la importancia de este agradecimiento a la madre tierra por parte de los indígenas que habitan la zona reside en que, históricamente, los suelos del Valle de Sibundoy han tenido una saturación de agua y una insuficiente circulación de oxígeno, que afectan la fertilidad del suelo.

A pesar de estas limitaciones, la agricultura ha sido la base de la economía y de la alimentación de los indígenas que siembran el maíz, cultivo principal de la región, entre los meses de abril, mayo y junio para que esté listo para el Día de los Muertos, en noviembre; el Carnaval del Perdón y la Semana Santa.

Este pueblo, que se resiste a las influencias del nuevo mundo, se está posicionando como un auténtico atractivo cultural representado en un carnaval de tanto contenido folclórico y autóctono que ya es agendado por cientos de turistas que en febrero eligen como destino este maravilloso rincón de Colombia.

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