15 Dec 2011 - 9:34 p. m.

El despertar llanero

En el Casanare, los planes ecoturísticos protagonizan la agenda de los turistas y las fiestas y la mamona se adueñan de los días.

Lorena Machado Fiorillo / Alejandra Vanegas Cabrera / Casanare

Todo comenzó con el llanero tentando a la boa. Patrañas, eran dos. Medían casi cinco metros. Tomaban el sol en una esquina mientras una gallina se pavoneaba como alimento. Había tensión.

Los turistas se agolpaban alrededor de la jaula y veían al hombre de los pies descalzos coger por la cola al par de bestias, que se sacudían fuertemente en señal de que nadie era bienvenido.

Un parque, El Mararay, once de la mañana. Para el novato, llegar hasta ahí requiere un guía, ya que los caminos, a veces destapados, pueden confundir. Desde Yopal el viaje dura casi 20 minutos.

En el parque El Mararay es posible pasar un día al estilo llanero. Varios caballos de paso fino bajo la sombra de la caballeriza están disponibles para dar paseos por la sabana y dejarse cautivar por un panorama en el que las garzas se apoderan de las aguas para luego emprender vuelo hacia el infinito.

También está un minizoológico, donde el protagonista del sendero es un mico carablanca que juguetea entre las ramas e interfiere en las fotografías de los visitantes, con picardía. Quizá, que esté tan cerca es el mayor placer que existe, por la ausencia de barreras.

Zarigüeyas, dos guacamayas que se juraron amor eterno, siete serpientes enredadas en un tronco, tortugas que parecen nadadores profesionales, tigrillos que atemorizan a los más pequeños, loros, chimpancés que beben gaseosa, un cusumbo solo, preso, por supuesto, de la soledad, y dos enormes boas constrictor hacen parte de este santuario, en donde además se pueden practicar deportes náuticos o conocer el prototipo de casa rural de la región.

La cita fija en Yopal es ir a comer. En cada restaurante el menú principal es la carne. Trozos de mamona y cerdo, clavados en varillas de metal, son el retrato de la rutina que se acompaña preferiblemente con cervezas heladas en esas horas de sol. El turista queda satisfecho en casi todos los casos. ¿La próxima prueba? Pasar los siguientes minutos al lado de una piscina con una jarra de naranjada.

Otro de los planes recomendados es visitar el taller de los artesanos, ubicado a 30 minutos de Yopal, y adentrarse en el mundo de las hamacas de cuero o, como dice el local, campechanas, elaboradas en su mayoría por madres cabezas de familia, quienes exhiben su trabajo bajo una temperatura inclemente.

El sonido del arpa, las maracas, el tiple y la guitarra se inmiscuye en cada rincón de la ciudad para amenizar las tertulias de quienes, dentro de un futuro cercano, no pararán de mover sus pies al son del joropo.

Ir a Yopal sin asistir al espectáculo de coleo sería una barbaridad. Esas tierras están atadas a los campanazos del toro: vueltas y vueltas en la arena que merecen el aplauso. Jinetes que cruzan los dedos por tumbarlo antes de pasar a la siguiente zona. Gente con sombrero, botas y jeans que fija la mirada en el punto de caída. Un narrador emocionado, un minuto de suspenso.

El fin del festejo es el sol. El cómplice perfecto de la rumba es la noche. El parejo ideal es aquel que no se detiene y carga en sus manos una botella de aguardiente. El olvido siempre será la hora.

El alboroto es la constante. Todos los meses en Casanare hay una fiesta, no importa si se visita Sabanalarga, Monterrey, Aguazul, Hato Corozal o algún otro de los 15 municipios restantes. Finalmente, el itinerario, téngalo por seguro, implicará bailar.

Las fiestas de Yopal son las más famosas. Cada año, el escenario de la plaza principal recibe a miles de danzantes que, con frascos de espuma, desordenan, en el buen sentido de la palabra, al más apático. Todos, léase bien, están sumidos en la algarabía.

¿Cómo llegar?

Desde Bogotá se puede ir por tierra. Hasta Villavicencio el viaje dura aproximadamente dos horas y de ahí a Yopal cinco horas. Otra opción es por la vía Sogamoso, que es un poco más larga pero en algunas épocas del año menos congestionada. Lo cierto es que se deben recorrer alrededor de 353 kilómetros, por lo que es conveniente salir en horas de la mañana.

En avión, las aerolíneas que viajan hacia Yopal son Easyfly, Lan y Satena. Los tiquetes oscilan entre los $200.000 y $300.000, dependiendo de la temporada.

Se aconseja llevar repelente, gorra, agua y bloqueador solar para las largas caminatas. Además de ropa ligera.

Tenga en cuenta que, si se hospeda en cabañas, es preciso cargar con objetos de aseo.

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