11 Sep 2012 - 9:30 p. m.

El ingenio de Copenhague

No en vano esta ciudad, que no supera los dos millones de habitantes, se ha convertido en un lugar soñado. Calidad de vida y geniales desarrollos ambientales la hacen única.

Mariana Suárez Rueda / Copenhague, Dinamarca

Nació como un pueblo de pescadores y poco a poco se fue convirtiendo en una extraordinaria capital europea, calificada como el mejor lugar del mundo para vivir, aunque para muchos pueda ser aburrida. Este título se debe en parte a las costumbres que todavía mantienen sus habitantes y que se han respetado de generación en generación.

La jornada comienza muy temprano, al mediodía se hace una pausa para un almuerzo ligero que generalmente consiste en algunas variedades de quesos, jamones, salmón y pan. Hacia las tres de la tarde es permitido que los padres hagan un alto en su trabajo para recoger a sus hijos del colegio y quienes lo deseen, y puedan hacerlo, se queden trabajando desde casa el resto de la tarde. La comida es a las seis, y los viernes la mayoría de empleados laboran sólo medio tiempo.

Los trancones no son muy usuales. En Copenhague un carro cuesta casi tres veces más que en el resto de Europa. La razón: desestimular su uso para contribuir con el medio ambiente y la movilidad de la ciudad. La mayoría de personas se desplazan en bicicleta. Todas las calles tienen un carril especial para los ciclistas. Son decenas. Estudiantes, hombres de corbata, adultos mayores y mamás con sus pequeños. Claro, al igual que con los carros, las pautas de comportamiento son muy estrictas. A tal punto que muchos desisten y terminan optando por el transporte público. El metro es automático y funciona 24 horas.

Los inviernos son largos y oscuros, por eso en el verano nadie desperdicia un segundo del día. Desde que amanece y hasta que desaparece el último rayo de luz, se ve gente trotando alrededor de los canales, paseando sus perros o disfrutando del aire fresco de camino a la tienda más cercana para comprar el pan del desayuno. Es tan dura la temporada de frío, que muchos se deprimen y enferman. Así que se optó por instalar en los hospitales centros de sol a los que puedan acudir quienes comiencen a sufrir por su ausencia.

Otro de los aspectos que llaman la atención de la capital danesa es su ingenio para propender por la sostenibilidad del planeta. Antes de que aterrice el avión, sorprende ver en la costa y en gran parte del territorio inmensos parques eólicos, con aerogeneradores gigantescos de color blanco y rojo que constantemente mueven sus hélices. El 30% de la energía eléctrica de la ciudad es producida por estas máquinas.

Y la basura. En su manejo también dan muestra de la genialidad que los caracteriza. En vez de reciclarla, la incineran en una serie de plantas especiales y este calor se utiliza para que haya agua caliente en los hogares y para alimentar la calefacción durante el invierno.

A diferencia del resto de ciudades europeas, en Copenhague el multiculturalismo no es una constante. Sus habitantes más bien parecen sacados de un molde. Rubios o pelirrojos, de ojos claros y piel muy blanca. La mayoría delgados y bastante simpáticos y abiertos a los turistas. Aunque cada vez que se habla de este destino es imposible no mencionar la famosa Sirenita, hay tanto que conocer que esta escultura termina pasando inadvertida. Empezando por Tívoli, el parque de diversiones más antiguo de Europa, siguiendo con sus castillos, monumentales iglesias, calles peatonales en piedra, plazas y jardines.

Recorrerla es sentirse en un lugar mágico, perfecto. Casi como en los cuentos de hadas.

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