25 Dec 2010 - 1:49 a. m.

El intento de golpe de estado a correa

El presidente de ecuador permaneció atrapado 12 horas en el hospital de la policía en quito, rodeado por oficiales descontentos. Fuerzas élites lo sacaron en una espectacular operación.

Francisco Latorre S.* / Especial para El Espectador

Las agitaciones comenzaron muy temprano en la mañana, pero incluso, desde la noche anterior, sabíamos que algo no andaba bien con la Policía. Decían que una nueva ley les disminuía sus ingresos y en los noticieros ya se comenzaban a ver la agresividad en los discursos. Por eso, hacia las 7:00 a.m. del 30 de septiembre, cuando me informaron que el presidente Rafael Correa se encontraba en camino hacia el Regimiento Quito, donde una revuelta de uniformados tenía lugar, decidí ir a su encuentro para acompañarlo.

Tuve que entrar por la parte de atrás al Regimiento, todo estaba cerrado y en los alrededores sólo se veía gente y más gente. Me encontré con Rafael, y perdón que lo nombre así, pero nos une una amistad de infancia, y supe que su entrada había sido más complicada que la mía, rodeada de insultos y tumulto. Entonces salió a un ventanal y pronunció un discurso exaltado por la agresividad extrema de los policías que comenzaban a hacer de la manifestación una absoluta sublevación. Esperamos un corto rato y el Presidente expresó su intención de salir del edificio.

Afuera, nos encontramos con una horda de policías que comenzaron a tirarnos bombas lacrimógenas. En medio de cientos de ellos, los miembros del equipo de seguridad de Rafael, otros asesores y yo intentamos protegernos. Al Presidente le pusimos una máscara, aunque casi de inmediato los uniformados se la retiraron a la fuerza. Nos insultaron, nos empujaron, era imposible continuar y junto al jefe de seguridad comenzamos a buscar un camino para escapar. Resultó muy duro desplazarnos, entre otras cosas porque Rafael acababa de ser operado de una pierna y caminaba lento, ayudado de un bastón.

Nos dirigimos hacia una explanada porque un helicóptero vendría por nosotros, pero una vez llegó, los policías se plantaron debajo para impedir su aterrizaje. Vimos a unos metros una puerta que comunicaba con el hospital de la Policía. Uno de nuestros guardias la abrió y después de un breve forcejeo logramos entrar. Tuvimos que cargar a Rafael para bajar unos 40 escalones que nos comunicaban con el hospital. Una enfermera nos llevó a la sala de urgencias, donde el Presidente recibió atención médica. De nuevo analizamos la posibilidad de salir. Era improbable, estábamos cercados.

Sentamos a Rafael en una silla de ruedas para llevarlo al tercer piso del hospital. Tuvimos que ir al fondo de la planta para refugiarnos, porque empezamos a ver que varios policías habían entrado al hospital para buscarnos. Encontramos una habitación a la que entramos con el Presidente y la asesora Mariana Pico. Allí permanecimos el resto del día y fue gracias a su teléfono que Rafael pudo comunicarse con otros presidentes de América Latina, asambleístas y el comando de las Fuerzas Armadas.

Rafael estuvo tranquilo, dio órdenes y se preocupó porque las noticias hablaban de seguidores que habían salido hacia el Regimiento Quito y estaban siendo recibidos con gases lacrimógenos.

En la noche la fuerza élite del Ejército y de la Policía —aclaro que no todos los policías se sublevaron— llegaron para sacarnos del hospital. Fueron recibidos a tiros y con gases lacrimógenos. Consiguieron llegar a donde nosotros estábamos y comenzaron a bajarnos. Una camioneta con grado 7 de blindaje esperaba al Presidente en la entrada principal. Sin embargo, el cuerpo de seguridad decidió cambiar de ruta previendo la presencia de policías armados. Buscamos otra salida y la diputada Irina Cabezas ofreció prestar su carro, una Nissan Patrol, que finalmente nos serviría de huida.

No estábamos haciendo melodrama ni nada por el estilo, estábamos en peligro y cuando subimos a la camioneta nos dispararon. Me tiré encima de Rafael y el jefe de seguridad se lanzó sobre nosotros. Apenas podía ver al teniente de apellido Ordóñez manejando el carro, íbamos muy rápido, qué se yo, 180, 160 ó 150 kilómetros por hora. Lo más importante era que ya estábamos por fuera del Regimiento Quito y Rafael estaba bien.

 * Asesor del presidente Rafael Correa.

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