2 Apr 2014 - 2:16 a. m.

El orgullo de ser montañero

Un destino para quienes en vez de playa, brisa y mar prefieren la montaña, el café y la buena charla campesina. Una población que transformó sus valores históricos, culturales y naturales en un producto turístico.

Daniel Salgar Antolínez *

Descalzos o en alpargatas, los arrieros llevaban a punta de madrazo y zurriago recuas de mulas por las montañas de lo que hoy es el departamento del Quindío. Llevaban café, plátano, yuca... pero también noticias y encargos que venían de lejos. A lomo de mula llegaron al Quindío los primeros tornamesas y a lomo de arriero los primeros pianos. Así se forjó la historia del país durante 500 años.

Con esos arrieros que llegaron de Antioquia a colonizar intrincados terrenos, también arribaron las costumbres paisas, la gastronomía, los mitos y leyendas del Quindío. Hacia 1905 empezaron las primeras siembras de café a escala comercial y fueron los arrieros con sus mulas quienes cargaron el producto hasta el puerto de Ambalema (Tolima) o al de Buenaventura. Jornadas eternas por caminos reales y trochas casi inexistentes, entre caseríos, fondas y trapiches, eso sí con descansos, para pedir en alguna hacienda la bandeja paisa original, hecha de mazamorra, carne, fríjoles y arepa, o para cantar con su tiple algún bambuco o pasillo, géneros autóctonos que retratan los pormenores de aquellos periplos.

La demanda del café en el exterior y en otras regiones del país exigió una modernización del transporte. Aterrizaron los teleféricos, el ferrocarril, y después de la Segunda Guerra Mundial llegó el Jeep Willis, que agilizó la movilización de insumos agrícolas y trasteos. Al campero repleto de corotos se le llamó yipao, se convirtió en una de las expresiones más auténticas de la tradición quindiana y en una unidad de medida: “tráigame un yipao de café, tráigame un yipao de plátano”. Desde 1988, los desfiles de yipaos cargados con los enseres propios de una finca colombiana hacen parte de la Fiesta Nacional del Café.

El yipao impulsó el desarrollo por las épocas en que el Quindío se convirtió en un departamento autónomo (1966), después de hacer parte del Cauca y del Viejo Caldas. En esos años llegaron la industria y el capitalismo, pero los quindianos no se desligaron de su identidad. Al contrario, convirtieron sus valores históricos, culturales y naturales en un producto turístico. Los arrieros se volvieron un ícono del país y en honor a ellos, por ejemplo, en el municipio de Quimbaya se hizo el Parque de los Arrieros. Los dueños de las haciendas cafeteras fueron anfitriones de miles de viajeros, aunque últimamente la capacidad hotelera se ha completado con cadenas como Decameron y Best Western. El café se convirtió en esencia del turismo y siguió siendo la razón de la economía departamental; el Parque Nacional del Café es un monumento a la importancia del grano.

En La Morelia, entre otras haciendas, se puede ver la rutina del caficultor desde la siembra, la recolección, el despulpado, el secado, la trilla, hasta la demostración de los más acreditados catadores y baristas, que sirven un café que sólo se encuentra en algunos aeropuertos de Colombia y se exporta a países de Asia. Canela, chocolate, vainilla, caramelo, durazno, frutos rojos, moras secas... cuántos aromas comienza uno a intuir en un tinto después de una tarde en La Morelia.

Los pródigos paisajes de la geografía quindiana sobrevivieron también a las industrias, por eso dicen que el Quindío se convirtió en una fábrica, pero de paisajes. Ese equilibrio entre el desarrollo económico y la preservación de la tradición y la naturaleza llevó a que el 25 de junio de 2011 el paisaje cultural cafetero fuera declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. Hoy, el segundo departamento más pequeño del país, que ocupa menos del 1% del territorio nacional, es una tierra infinita en reservas naturales, como el Parque Nacional de los Nevados, de ríos y quebradas cristalinas, de más de 500 especies de aves y una diversidad de flora y fauna que se puede encontrar en el Jardín Botánico o en Panaca.

El Quindío, en buena medida, parece hoy el mismo de los tiempos de la mula, gracias a su conservación arquitectónica, cultural y natural. Por eso, recorrerlo es, inevitablemente, repasar la historia.

El valle de Cocora, en el municipio de Salento, aparece habitado por infinitas palmas de cera —el árbol nacional— que se pierden entre las nubes. Sobre las tranquilas trochas del Valle, declarado una de las 20 maravillas naturales de Colombia y la primera del Quindío, como una reminiscencia surge entre la niebla Marco Fidel Torres, miembro de la última generación de arrieros puros de alpargatas, machete, poncho y sombrero aguadeño. Hace más de 20 años llegó al Quindío tras recorrer caminos reales entre Medellín, Pereira y Cartago. Marco Fidel deleita, en el restaurante Donde Juan B, con su demostración del cargue y descargue de la mula en tiempo récord, procedimiento ancestral con el que ha ganado varios premios y se ha hecho una celebridad.

Lo dice él: “Ya estoy fuera de concurso. Ahora soy juez de arriería en todo el país y me dedico a contar una historia que casi no se cuenta, que los jóvenes hoy casi no conocen, pero que traemos todos adentro, sobre lo que significaron para el progreso esos hombres rasos y anónimos que fueron los arrieros de nuestras montañas”.

dsalgar@elespectador.com

@DanielSalgar1

 

* Invitación de Fontur

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