8 Jan 2012 - 9:00 p. m.

El palacio del exceso

Después de 224 años, la casa de playa que Jorge IV edificó para sus fiestas personales y escapadas con amantes de turno es la única construcción de estilo indio-gótico que se conserva en el sur de Inglaterra.

SANDRA DEL CASTILLO / sdelcastillo@elespectador.com

La noticia del poder medicinal de las aguas marinas de Brighton pronto llegaría a los oídos del príncipe Jorge IV, quien no tardó mucho tiempo en visitar la ciudad y seguir la recomendación de su médico, Richard Russell, que le garantizaba que si se sumergía en ellas, quedaría curado de la gota, mal que padecía hacía largo tiempo. La vida desordenada del monarca, amante de la buena mesa, el licor, la música, las mujeres y las apuestas con caballos, pronto empezaría a tener las primeras secuelas, que se vieron reflejadas en una temprana enfermedad.

Cuando visitó Brighton en 1783 quedó impresionado por la villa. El clima era ideal, un balneario realmente hermoso, y su mal de gota era la excusa perfecta para liberarse un poco del yugo de su padre, Jorge III, con quien no mantenía buenas relaciones, ya que lo acusaba de ser un derrochador, mujeriego empedernido y buena vida en una época en la que sus finanzas no pasaban por buen momento.

Tan pronto como llegó al pequeño poblado, lo primero que hizo Jorge IV fue comprar una granja con el propósito de construir allí su propio palacio y tomar cada vez mayor distancia de su padre. Brighton pasó de ser un pequeño y modesto pueblo de pescadores a un centro de gran atractivo turístico para la clase alta londinense.

La incipiente aproximación de lo que en la actualidad se conoce como The Royal Pavilion fue obra del arquitecto Henry Holland en 1787, quien hizo un modesto diseño neoclásico, denominado Marine Pavilion. Pero Jorge IV quería algo diferente, imponente, recargado y lujoso, que rayara con lo extravagante, rasgo característico de su personalidad.

En 1811 Jorge III, después de un largo deterioro de su salud, fue declarado loco por sufrir una extraña enfermedad conocida como porfiria, que lo dejaría inhabilitado para ocuparse de sus funciones como rey. Su hijo Jorge IV asumió sus labores como príncipe regente hasta 1820, fecha en la que su padre murió, y fue proclamado rey de Inglaterra.

Es el momento de mayor resplandor del Pavilion, pues el príncipe contaba con más recursos para embellecer y modificar el palacio a su antojo. Contrató al arquitecto John Nash, quien transformó en 1815 la antigua villa en un palacio estilo indio-gótico, que transportaba a los visitantes a la legendaria Las mil y una noches. Las obras comenzaron con las alteraciones a la fachada central, la construcción de la cocina y los salones de música y banquetes.

Así iba tomando forma el palacio de descanso de Jorge IV. Una compleja composición de cúpulas, torres y minaretes en el exterior. Con su mencionada pasión por el arte, y la decoración de Oriente, engalanó la casa, escogiendo objetos y muebles importados de China, e hizo tapizar las paredes con papel pintado a mano.

Mientras estos cambios se iban sucediendo en el interior del palacio, Jorge IV se casaba a escondidas con quien sería el amor de su vida, María Ana Fitzherbert, una dama inglesa católica y viuda dos veces. La pareja contrajo nupcias a escondidas en Londres, pero el matrimonio nunca tuvo validez porque debía contar con la aprobación de la familia real. Sin embargo, ellos se seguirían viendo a escondidas en su casa de descanso en Brighton.

Años más tarde el rey se casó con su prima Carolina de Brunswick, con quien no duraría mucho tiempo, pues fue un matrimonio por conveniencia, de cuya unión nació Carlota Augusta, única hija reconocida por la familia real, pero que pronto murió al dar a luz a su primogénito. Por lo tanto, Jorge IV terminó sin herederos directos.

Ya para 1822, The Royal Pavilion era una realidad, centro de eventos por excelencia donde Jorge tejía los delicados hilos de la vida política inglesa. Lugar de banquetes, fiestas que duraban cuatro días seguidos, encuentro con uno que otro lord de la corte y escenario propicio donde el rey se escapaba por largas temporadas en compañía de su amante de turno.

Hoy, la primera impresión de los invitados al entrar al palacio es como si de repente se transportaran a una casa china de la época. La imponente galería de ingreso ostenta una colección de jarrones chinos, porcelanas, estatuillas, muebles, y una enorme lámpara de cristal que imita la flor de loto se desprende del techo principal. Las diminutas campanas que cuelgan del cielo raso se utilizaban, según tradiciones orientales, para espantar los malos espíritus que pudieran entrar.

El salón de banquetes es uno de los más famosos del Pavilion. Durante el reinado de Jorge IV, a cada fiesta eran invitados no más de 30 comensales a cenar, y el chef francés Marie- Antoine Careme elaboraba hasta 60 platos de entrada. A lo largo de las paredes del salón se observan los murales pintados por algunos de los artistas chinos más renombrados de la época. El techo está enchapado en esmalte satinado con piezas intercaladas de pintura, recubiertas de oro. Sobresale la inmensa lámpara del centro, que pesa una tonelada y está sujetada por las enormes garras de un dragón que asoma por encima de una docena de hojas de cobre. Alrededor hay seis dragones sosteniendo unas pequeñas lámparas en forma de loto, que en las noches de esplendor se encendían con aceite y creaban el efecto como si los dragones estuvieran echando bocanadas de fuego por la boca.

Enseguida se encuentra la sala de galería, el lugar donde las damas se reunían a tomar el té después de la cena y se retocaban el maquillaje. Llegando al área central, donde se ubica la cúpula más alta del palacio, está el gran salón, que fue el centro de la construcción, donde se realizaban las afamadas reuniones. Siguiendo la misma línea se encuentran la galería y el salón de música, que ostenta un inmenso piano. En este lugar tocó el famoso compositor italiano Giacomo Rossini.

La zona donde dormía el rey era un pequeño apartamento que se encuentra en la parte oriental de la fachada de la construcción. Pocas personas tenían acceso a él y fue su último lugar de morada. Tres años antes de morir, la salud del rey se vio muy deteriorada, se volvió obeso y eso hizo que se mantuviera alejado de los eventos sociales. Cada vez se aisló más y uno de sus sitios de refugio predilecto fue este palacio.

A su muerte, al no tener hijos herederos, le siguió en el trono su hermano Guillermo IV y después la hija de éste, la reina Victoria, quien decidió vender el palacio a la alcaldía de Brighton, pues consideraba que era un espacio desperdiciado, con un estilo recargado y un gasto innecesario, teniendo en cuenta que tenía nueve hijos y la construcción no había sido creada para una gran familia.

Así finaliza el cuento de hadas que Jorge IV inmortalizó para futuras generaciones. Sus caprichos, lujos y excentricidades quedaron registrados en los rincones de este monumental palacio de 4,5 hectáreas, que tuvo su época de resplandor, pero que aún sigue maravillando a los miles de turistas que llegan de todas partes del mundo a visitarlo.

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