17 Jun 2010 - 3:26 a. m.

El valle de los habanos

Son 741 kilómetros de montañas, cavernas, piscinas naturales y, claro, cultivos de tabaco. Allí se producen quizás unos de los mejores puros del planeta, según los conocedores, que llevan el sello de Cohiba o Romeo y Julieta, y son comercializados en las tiendas top del mundo.

Carolina Gutiérrez Torres / Enviada especial Cuba

El hombre blanco, de ojos verdes y sombrero vaquero, toma una hoja seca entre sus manos, la apoya en una mesita de madera y empieza a enrollarla. Una, dos, tres, cuatro, diez vueltas. En cada giro hace presión para que quede compacta. En la última punta libre esparce un poco de miel y la sella. La toma entre el dedo índice y el del corazón. Se la lleva a la boca. La enciende por el otro extremo. Aspira. Saborea el humo. Luego lo deja salir a bocanadas. Ese habano que tiene en la mano bien podría llevar el sello Cohiba, Montecristo o Romeo y Julieta, los mejores del mundo según dicen los conocedores.

Su nombre es Ómar. Está ahora en una pequeña finca en el Valle de Viñales, en la provincia cubana de Pinar de Río, la cuna del tabaco. Su trabajo es cultivar la hoja que se convertirá en el puro. De la producción que saldrá de las decenas de hectáreas que rodean su casa de madera, el 90% –las plantas de mayor calidad– será para el Gobierno. El restante podrán conservarlo él y su familia, dueños de los terrenos. Luego esas hojas serán llevadas a las fábricas de las grandes ciudades –La Habana o Santiago de Cuba– donde otros obreros se encargarán de envolver la hoja, de sellarla, de ponerle la marca, de empacarla en cajas de lujo que luego viajarán hacia las tiendas más prestigiosas del mundo. El habano es un vicio exclusivo.

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Para llegar a Viñales hay que tomar un bus desde La Habana. Tres horas hacia el occidente de la isla atravesando una carretera en perfecto estado. Con las horas el verde comienza a tapizar el paisaje y unas formaciones montañosas únicas en Cuba, llamadas mogotes, anuncian la llegada al Valle. Unas horas más tarde don Jesús, habitante del pueblo y apasionado por la literatura, dirá que aquellas montañas son comparables con la joroba de un dromedario, y explicará que en el mundo sólo se encuentran en China y allí, en Viñales. La analogía es exacta.

Ve uno las montañas y sabe que ya está en el Valle. Luego ve las casas de colores, de un solo piso, de mecedoras en los patios delanteros, de jardines, de letreros anunciando “se alquila habitación”, y sabe uno que llegó al centro del pueblo. Es pequeñito. Una avenida principal, una iglesia de fachada gastada, una discoteca de prestigio, cuatro hoteles de primera categoría y cerca de 250 “casas particulares”; así llaman en Cuba a las viviendas de los mismos habitantes de la isla que tienen el permiso del castrismo para arrendar una o dos habitaciones y alimentación a los turistas. Una noche: entre 15 y 25 dólares.

En unas horas se recorre el pueblo. En tres días se conoce el Valle, la ruta del tabaco, las cuevas, las piscinas naturales, las playas más cercanas que son tan bellas y tan singulares como las montañas de dromedario. Las calles de Viñales se caminan o se pasean en bicicleta. El Valle se rodea a caballo. Así, luego de una hora de camino se llega a la finca de Ómar, el cultivador, el hombre alto de ojos verdes que tiene un habano en sus manos.

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El tabaco se siembra en temporada de sequía. Religiosamente en noviembre, luego de que la tierra se ha humedecido con las lluvias de mayo a octubre. Así lo explica Ómar, y dice además que en febrero las hojas ya están listas para la cosecha. Para ese momento la planta medirá unos 20 centímetros. Luego viene la recolecta. El proceso es lento. Los campesinos deben separar del tallo hoja por hoja. Durante 40 días el Valle, que es tan silencioso y desolado, se llena de manos trabajando.

Las hojas, de un verde intenso para ese momento, deben pasar por un proceso de curación o secado. Duran 50 días resguardadas en unos ranchos que ellos llaman las casas del tabaco, una especie de granjas cubiertas de paja. Allí debe permanecer el campesino vigilando la planta. La humedad, el viento, la temperatura. Y hasta allí llega el turista para adentrarse entre cientos y cientos de hojas. El olor es intenso. Las plantas, de color marrón, ya están a punto de convertirse en tabaco. Ómar toma una. La envuelve, la prende y la rota entre los visitantes. “Este es el habano puro, virgen –dice–. El mejor del mundo”.

En el Valle de Viñales se encuentran incontables fincas solitarias en las que un campesino, como Ómar, vigila las plantaciones. El paisaje está hecho de aquellas granjas de tabaco. De hombres arando la tierra ayudados por bueyes. De caballos pastando. De vacas parsimoniosas.

Los caminos llevan hasta las montañas. En las entrañas de los mogotes se abren profundas cavernas. Un hombre espera a la entrada para guiar al visitante. “Esta es la Cueva del Silencio”, dice. No más de una hora de camino para avistar el final. Ni un sonido allí adentro. Sólo formaciones rocosas y una piscina natural, helada. Aciertan las guías que advierten que Viñales “es ideal para el turismo de naturaleza y de aventura, para los amantes del montañismo”.


Tres horas de travesía. En la mitad de las montañas empieza a escucharse una algarabía incomprensible. “Es domingo de gallos –explica un joven que lidera la cabalgata–. Es ilegal aquí en Cuba, por eso hay que hacerlo a escondidas”. Hay una gallera improvisada en cualquier lugar. Hombres y mujeres rodean a los animales. Gritan que le van al colorado, o al pechiamarillo. Apuestan desmesuradamente. “Vamos papi, vamos”, grita un hombre. Pasan sólo segundos para dar como ganador al colorado. El dueño lo levanta como a un trofeo. Luego de cinco horas de camino, de regreso al pueblo de Viñales.

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El mar está a cerca de una hora en carro. En tres direcciones diferentes se encuentran Cayo Jutías, Cayo Levisa y María la Gorda, tres playas de arena blanca y aguas claras. En Jutías, la más virgen, la más silenciosa, el mar se adentra hasta la selva; un recorrido por la orilla del mar termina en una arboleda solitaria y tranquila. María la Gorda es quizá la más turística; al visitante lo recibe un complejo hotelero y un centro de buceo famoso. A Cayo Levisa se llega en barco: una travesía de 30 minutos sobre aguas azules y verdes. A la llegada, se encuentra uno con tres kilómetros de arena blanca y mar color zafiro. También hay buceo y snorkeling.

Las guías de turismo dicen que Viñales “es uno de los enclaves naturales más maravillosos de Cuba”. La Unesco lo ratificó en 1999, cuando la declaró Patrimonio Mundial. El Valle es verde, es agua, es mitología (los lugareños aseguran que en una de las montañas está plasmado el rostro de José Martí, “El apóstol” de los cubanos, fundador del Partido Revolucionario). El Valle es tierra, es cultivos, es Ómar en su finca envolviendo una hoja seca, diciendo que allí, en Viñales, se produce el mejor tabaco del mundo.

¿Cómo llegar a Viñales?

Para viajar a Cuba es indispensable el pasaporte y una tarjeta de turismo que se compra en agencias de viaje (US$20) o en el aeropuerto (US$25). También es requisito llevar un seguro médico que cuesta entre US$2 y US$3,5 por día.

Para llegar a Viñales se toma un vuelo hacia La Habana (el único directo Bogotá-La Habana es a través de Cubana de Aviación, que viaja sólo los sábados. Copa también tiene este destino pero con conexión),y desde allí un bus hacia Viñales.

Es recomendable llevar euros para hacer el cambio al peso cubano. Los dólares tienen una penalización en la transacción.

Alojamiento de lujo

Hotel La Ermita: está situado a 2 kilómetros al este de Viñales. Es una especie de mirador al Valle. Los amaneceres desde sus balcones son deslumbrantes,y el mojito, famoso. Ofrece servicio de guía.

Hotel Los Jazmines: la panorámica desde este hotel al Valle de Viñales lo ha hecho merecedor de miles de postales. Está ubicado a 4 kilómetros al sur del pueblo. Ofrece circuitos a pie y travesías a caballo.

Hotel Cayo Levisa: es el principal hotel de este islote, con cerca de 40 cabañas.

Está justo frente al mar. Es ideal para los amantes de los deportes acuáticos.

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