6 Jan 2010 - 3:58 a. m.

En la fiesta de los colores

Carnaval de Negros y Blancos, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Christian Quiroga Sánchez / Enviado Especial Pasto, Nariño

“¡Que viva Pasto, carajo!”. Gritan bailarines, músicos, actores y artistas, mientras desfilan por las calles de la capital de Nariño. Arenga a la que no hay un turista, pastuso u observador desprevenido que no responda con un “¡Viva!”. Una frase dicha desde el corazón que es sólo una pequeña muestra de lo orgullosos que los pobladores de esta ciudad del sur de Colombia se sienten de su cultura centenaria y que comparten por estos días gracias a la celebración del Carnaval de Negros y Blancos: la fiesta de unión, juego y tolerancia más destacada del país.

Desde el 2 de enero y hasta el jueves, Pasto se convierte en el centro cultural del país, y basta sólo estar unas horas en sus avenidas y tablados populares para descubrir por qué hoy esta fiesta es considerada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, título que en esta versión del carnaval se está celebrando y por el cual Pasto se está luciendo.

Por lo menos 300.000 visitantes itinerantes recibe la ciudad en esta época, en la que pobladores de todas las clases sociales, religiones y creencias se mezclan con un solo propósito: disfrutar rememorando las costumbres que forjaron la idiosincrasia pastusa, en la cual música, danza, pintura y vestuarios se vuelven los grandes protagonistas.

Todo empezó el sábado con una ofrenda a la Virgen de las Mercedes, patrona del municipio, en la que los pobladores ofrecieron flores y productos de la región al son de plegarias y bandas musicales. Luego vino un encuentro de colonias provenientes de diferentes ciudades, países del mundo y zonas rurales, que en un acto de orgullo llegan hasta Pasto para mostrar la riqueza cultural de sus lugares de origen. Este día terminó con un evento de música joven y alternativa en el que, como símbolo de integración, el Carnaval abrió un espacio a los nuevos ritmos.

La tradición se hizo presente

Días soleados, llenos de miles de personas lanzándose harina y carioca (espuma) con la única intención de manifestar la alegría que invade al pueblo cuando llega su carnaval son característicos desde el 3 de enero, cuando a primeras horas de la mañana los niños se toman este Patrimonio de la Humanidad con el fin de que desde ya conozcan y amen su cultura para que nunca la dejen morir. Esta es una buena forma de salvaguardar las tradiciones y dejar en los futuros adultos la responsabilidad de no olvidar un pasado que hoy sus padres, tíos y abuelos viven con orgullo.

En la tarde, las calles de Pasto se llenaron de aproximadamente 2.000 bailarines y músicos, que al ritmo de bombos, redoblantes, quenas, zampoñas, rondadores, chequeres y guasas, instrumentos cuya fabricación proviene de materiales que da la tierra, le mostraron a miles de observadores en qué consisten las expresiones tradicionales y artísticas que le dan la importancia a esta fiesta. El desfile de 10 colectivos coreográficos, grupos de danza y música compuestos cada uno por más de 150 artistas, que representan con sus trajes, movimientos y sonidos el sentimiento andino, rinde homenaje a la pacha mama (madre tierra) y a la memoria ancestral. Son tres horas de verdadero colorido e identidad que invaden de emoción hasta el visitante más lejano que llegue a estas tierras.

El lunes, desde las 9:00 a.m., en la senda del Carnaval (recorrido de 7 kilómetros por donde pasan los desfiles), se celebró la llegada de la Familia Castañeda, uno de los eventos más simbólicos por ser la muestra de la hospitalidad del pueblo pastuso, pues se rememora el día en que llegó a la ciudad un grupo familiar con su trasteo, al parecer proveniente del Putumayo, y varias personas los invitaron a conocer la ciudad. Al año siguiente este momento se quiso recordar por medio de representaciones dentro de la celebración y así se quedó en la tradición carnavalesca.

Este año, en el desfile se hizo un homenaje al Bicentenario de la Independencia mediante manifestaciones teatrales que mostraron el rechazo a Simón Bolívar cuando llegó a esta zona, la evangelización católica y el gusto por las costumbres españolas que respetaban las tradiciones indígenas.

El 5 de enero fue para celebrar el Día de Negros, que con un juego de abrazos y pintura en la cara hace manifiesto el afecto de unos hacia otros. La rumba empezó en las diferentes comunas de la ciudad y llegó hasta la Plaza del Carnaval, donde la unión en medio de una animada fiesta se hizo realidad.

Hoy es el día magno, en el que se celebra el Desfile de Blancos, una fiesta que nació para buscar el sentido del equilibrio. Aquí, el talento e ingenio de los artesanos de Nariño se muestra al pueblo por medio de majestuosas carrozas que llevan inmensas esculturas de papel, en cuyo alrededor bailan los fiesteros con los acordes de las murgas. Todas las manifestaciones artísticas del Carnaval se reúnen en este recorrido que los pastusos esperan por un año y consideran como su momento más importante de euforia carnavalesca.

Es impresionante. Con su Carnaval de Negros y Blancos, los pastusos entregan al mundo una preciada joya cultural que deja claro que a pesar de los cambios culturales globales, aquí las tradiciones se respetan sin importar el color. En Pasto se prohíbe la tristeza.

Oficializan reconocimiento al Carnaval

El pueblo pastuso, en cabeza de su alcalde, Eduardo Alvarado Santander, y en medio de la Fiesta de Negros celebrada ayer, recibió la placa que simboliza el reconocimiento que la Unesco le hizo al Carnaval de Negros y Blancos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La ministra de Cultura, Paula Moreno, fue la encargada de entregar este importante título, que como ella misma afirmó: “Compromete a Pasto y al país en su preservación”. Por eso, explicó la funcionaria, ya fue presentado al Consejo Nacional de Patrimonio el Plan de Salvaguardia del Carnaval, el cual será todo un esquema de gestión y acompañamiento que involucrará a entidades públicas y privadas alrededor de lo que significa esta tradición, no solamente como una expresión cultural, sino como todo un esquema de desarrollo. Con esta distinción, Pasto y su gran fiesta, entran al mapa mundial del turismo cultural.

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