18 Sep 2012 - 11:15 p. m.

En la mitad del mundo

Un viaje por las carreteras de Ecuador para conocer la capital, cruzar sus picos más altos y visitar una comunidad indígena en la Amazonia.

Lorena Machado Fiorillo / Ecuador /

Una línea gruesa de color rojo, algo desdibujada y empolvada, atraviesa tímidamente un terreno que tiempo atrás estaba poblado por indígenas y que hoy en día funciona como un museo que encierra los misterios de Ecuador.

En lo que se conoce como la Ciudad Mitad del Mundo, a casi dos horas en bus de Quito, hay guías repitiendo experimentos ante los muchos ojos de turistas llenos de dudas.

Aunque en la primera parte del recorrido hay sorpresa cuando se exhiben las cabezas reducidas de un niño, un anciano y un oso perezoso, que con las bocas cosidas fueron amuletos de nativos, el verdadero asombro lo produce una pequeña porción de tierra.

La línea ecuatorial, aparentemente sin gracia, ha sido fotografiada varias veces por visitantes que posan con un pie en cada hemisferio.

Sin embargo, la imagen no condensa ese momento en el que una guía local, con un recipiente, algunas hojas y un balde lleno de agua muestra cómo el líquido corre justo en ese punto del planeta en forma vertical cuando en el hemisferio sur lo hace en el sentido de las manecillas del reloj y en el norte, al contrario. Tampoco prueba cómo se pierde la resistencia ni la manera en que el cuerpo se hace liviano y no es capaz de mantener el equilibrio.

Quito, que podría ser fácilmente una ciudad colombiana por sus caminos empinados, las numerosas iglesias y ese velo de antaño que la recubre, es el primer punto de parada de un viaje circular que incluyó a la Amazonia y a la Reina del Páramo en el itinerario.

La capital se ha hecho famosa por un centro colonial que, si se quiere conocer bien, hay que caminarlo un par de días y sucumbir al encanto de la iglesia Compañía de Jesús, revestida de láminas de oro, de las colinas empedradas y de las plazas que en la noche se iluminan, donde los niños cargan al hombro cajas para limpiar los zapatos y las mujeres a sus bebés en la espalda.

La Ronda, uno de los barrios coloniales y cita obligatoria de intelectuales que debatían el futuro de la música y las letras del país mientras disfrutaban de cervezas y canelazos, es perfecto para sentarse en las mesas de madera a mitad de la tarde y tomarse un jugo que mezcla la mora con la guanábana.

Allí también se puede entrar a la escuela taller de Huberto Santacruz y observar cómo este hombre de abrigo largo, sombrero tejido y bufanda se encarga de reparar pianos antiguos. Quizá, si tiene suerte, escuchará a alguno de sus alumnos tocar una pieza.

La noche, en cambio, es para subir a las faldas del Panecillo, el lugar donde se encuentra la estatua de la Virgen Alada y el restaurante Pim’s, que funciona como mirador. Pero quienes buscan más movimiento se desplazan a la zona rosa para comer en la Boca del Lobo e irse de fiesta después.

Eran las ocho de la mañana y el cielo se había despejado para que, imponente, el Corredor de los Volcanes se apreciara desde cualquier ángulo.

Partíamos hacia el Parque Nacional Cotopaxi, a dos horas de Quito, y su volcán (del mismo nombre) se apropiaba del paisaje. A la entrada, un mercado de tejidos era señal de que más arriba, a 4.500 metros, donde la gente regularmente empieza a ascender a pie, el viento podría derrumbar a cualquiera.

El camino, por su parte, con vestigios de un instante en el que todo se llenó de lava, lo ocupaba un sinfín de rocas volcánicas y deportistas desafiantes que bajaban en bicicleta y sin camisa. Un horizonte opaco, varios grados bajo cero.

En el Parque Nacional Cotopaxi los andinistas aguardan hasta la medianoche para escalar los 5.897 metros y observar el amanecer en el pico más alto. Las familias prefieren cabalgar por el terreno rocoso y hospedarse en haciendas que ofrecen sopa de zapallo como entrada.

Quien prefiera algo más selvático puede desplazarse vía Papallacta a la provincia de Napo. La apuesta de Ecuador por el turismo consciente y sostenible ha hecho que las comunidades indígenas abran sus puertas a turistas ansiosos de probar siquiera parte de su rutina.

Tal es el caso de la comunidad de Shandia, a 20 minutos de la ciudad de Tena, integrada por indígenas kwichuas, que se han puesto en la tarea de administrar en medio de la Amazonia un pequeño espacio con cabañas con una capacidad máxima de 24 personas.

El recibimiento, cargado de ese sopor intolerable del calor que no se desprende de la ropa, incluye un almuerzo que tiene como plato principal el ayampaco, un pescado envuelto en una hoja de bijau y relleno de palmitos, más un baile típico de los jóvenes que, pasados unos minutos, sacan a probar las habilidades de franceses impávidos.

Tal vez el azar lo haga víctima de una lluvia incesante cuando transite por la selva y le imprima un sello de aventura al tratar de cruzar un puente colgante. Terminará, de pronto, en una casita con unos niños que llevan animales en su cabeza y no sabrá en qué momento Ecuador dejó de ser turismo y se convirtió en experiencia.

Temas relacionados

Buen viaje
Comparte: