26 Dec 2010 - 2:36 a. m.

"En medio de la tragedia invernal.... y fui madre"

Dayanis Domínguez, damnificada de Manatí, Atlántico, que dio a luz pocas horas después de dejar su pueblo inundado.

Manuel Dueñas / Especial para El Espectador

Barranquilla

Nosotros no lo imaginábamos. Pensábamos que el agua iba a pasar bajita, rasita: que nunca iba a llegar al techo de la casa. Que iba a ser como la inundación del 84, cuando (como me contaron mis abuelos) la corriente apenas llegó a las calles. Pero estábamos equivocados. El agua entró, y entró tal vez para quedarse. Y mi familia y yo tuvimos que salir de Manatí, nuestro pueblo al sur del Atlántico, con lo poco que pudimos coger.

Y yo estaba embarazada: embarazada y a punto de parir.

La tarde de ese domingo buscábamos un lugar para quedarnos. Por mi condición, no podía seguir en el pueblo, pues con las aguas, me dijeron, venían las enfermedades y las epidemias. Gracias a Dios, la familia Villalba, que es de Sabanalarga y conocía a un tío político, me acogió. Llegué por la noche y ya en la madrugada tenía dolores de parto. Fui de urgencias a la Clínica San Rafael y allí, en medio de la tragedia y después de muchas horas, tuve a Moisés, mi hijo.

Allí también conocí a Patricia, la hija de Antonio Cervantes, un periodista del pueblo que contó mi historia. Gracias a él llegaron los medios, que me hicieron muchas entrevistas, además de darme varias ayudas. Mientras tanto, mi esposo volvió en su moto a Manatí, a trabajar y a ayudar a sacar el agua del pueblo. A hacer trincheras. Aunque no pudo hacer nada más.

El niño me dio nueva vida y esperanza para seguir adelante. Nunca en mi vida (tengo 20 años) había visto algo como eso. Sólo en la televisión. Pero vivir la inundación en carne propia fue impresionante. Y Moisés fue una voz de aliento para vivir, para levantarme. A pesar de los sentimientos encontrados (la felicidad por tener mi bebé aquí y la tristeza por dejarlo casi todo), él es una gran razón para luchar. Aunque a veces medito y pienso y nunca imaginé estar aquí con él ni conocer a una amiga como Tatiana, la hija de los Villalba (a quien, por cierto, algún día tendré que llevar a Manatí, un pueblo que ella inexplicablemente no conoce).

Esa familia, no sobra decirlo, me acogió con mucho gusto. Y estoy muy agradecida con ellos. Los gestos siempre fueron muy valiosos. Y hoy Tatiana, por ejemplo, es casi una tía de Moisés. De alguna manera, esta tragedia ha sido una forma de encontrar nuevas y bellas personas que han estado ahí en los momentos más duros sin hacer muchas preguntas, casi como si nos conociéramos de toda una vida.

Y eso me hace sentir esperanza por el mañana. Y creer en Dios, que todo lo puede. Tengo fe en que nuestro futuro (el mío, el de mi bebé, el de mi esposo y el de todos los míos) va a ser mejor. Además de eso, tengo la convicción de que algún día volveré al pueblo, aunque parezca difícil. Yo hubiera preferido que mi bebé naciera en Manatí. Pero todo esto nunca pasó por mi cabeza. Nunca esperamos esto.

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